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La senda de la degradación

POLÍTICA

La senda de la degradación

Antes del asesinato de París, ETA dio otros saltos cualitativos como Hipercor o el crimen de 'Yoyes'

18.03.10 - 02:01 -
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La historia de ETA está llena de saltos cualitativos, un término ya desgastado y que simboliza la espiral de violencia en la que vive sumergida la organización terrorista. El asesinato el martes en la localidad francesa de Dammarie-les-Lys del brigada de la Policía local Jean-Serge Nérin se enmarca en esa descripción de los puntos de inflexión, acciones que ETA no se había atrevido a realizar por un cálculo estratégico pero a la que conduce de forma inexorable su militarismo. Y cada vuelta de tuerca implica, a largo plazo, una mayor condena al abismo, sin posibilidad de vuelta atrás.
La propia debilidad actual de ETA tiene su origen en la cadena de saltos cualitativos que han convertido a la organización terrorista en un grupo radicalizado y sectario, con nulas expectativas políticas y en una situación en la que cada atentado se vuelve en contra suya. Muchos de estos límites rotos -en ocasiones de forma fortuita y no por estrategias definidas- no han tenido efectos a corto plazo pero su alcance en el tiempo es evidente. No son olas que destrozan el barco pero sí una lenta podredumbre del casco que conduce al inevitable naufragio. Y además, sus consecuencias han sido externas e internas. Externas, al acentuar el aislamiento y la precariedad de la organización. Internas, al forjar una organización con la violencia como eje central y sin debate ideológico.
El asesinato de Jean-Serge Nérin implicará, según todas los analistas, un cambio en Francia. Pero no por la implicación de las fuerzas de seguridad galas, cuya colaboración con España se encuentra en uno de los momentos más altos de su historia, sino por lo que supone con respecto a la opinión pública francesa. Los ciudadanos galos se han despertado con un asesinato en París que hasta ahora sólo se cometía en España. En este sentido, distintas fuentes han señalado que la muerte del policía empujará a la sociedad francesa a mostrar una mayor sensibilidad a la hora de perseguir a ETA y al exigir a las fuerzas de seguridad galas -y a los responsables políticos- más eficacia.
Es significativo en este sentido que el anterior salto cualitativo de ETA fuera matar en Capbreton a los guardias civiles Raúl Centeno y Fernando Trapero, el 1 de diciembre de 2007. Este crimen, precisamente, tuvo el efecto de aumentar todavía más la colaboración entre las fuerzas de seguridad galas y las españolas.
Para muchos analistas, sin embargo, el verdadero punto de inflexión de los últimos años fue la voladura de la T-4 con una furgoneta bomba, atentado en el que murieron los ciudadanos ecuatorianos Carlos Alonso Palate y a Diego Armando Estacio. Los terroristas cometieron un brutal atentado en medio de un proceso de diálogo con el Gobierno Zapatero, con una tregua en vigor y sin haber realizado ningún anuncio previo de que el alto el fuego dejaba de ser válido. La explosión destrozó la credibilidad de ETA de cara a futuros procesos al dejar claro que no se trataba de una organización fiable y que su incapacidad de respetar unas mínimas normas a la hora de establecer un diálogo le inhabilitaba para el futuro. El propio fundador de Aralar y ex dirigente de HB dejó claras las implicaciones del atentado: «Cualquier otra tregua deja de tener virtualidad (..) a partir de ahora se requiere un cese definitivo, incondicional y, desde luego, sin contraprestación política, de la violencia».
La propia crisis actual de la izquierda abertzale es heredera, en cierta forma, de ese punto de inflexión. Los históricos paradigmas de una salida negociada ya no existen. La discusión entre posibilistas y duros está envenenada por una situación en la que ha quedado claro que sólo la desaparición de ETA permitirá la supervivencia de la izquierda abertzale ilegalizada. Y eso obliga a que ETA se suicide para salvar a su brazo político. Un círculo vicioso.
'Oldartzen'
A esta situación se llega tras la ilegalización de Batasuna y sus marcas, una decisión que no sería entendible sin saltos cualitativos como el secuestro y asesinato del edil del PP Miguel Angel Blanco, en 1997 o la muerte del histórico socialista guipuzcoano Fernando Múgica Herzog -hermano del ex ministro de Justicia Enrique Múgica- o el atentado contra el magistrado del Constitucional Francisco Tomás y Valiente, cometidos ambos en 1996. Esta cadena había comenzado en 1995, con el asesinato del concejal popular de San Sebastián Gregorio Ordóñez. ETA traspasó la barrera de atentar contra cargos políticos tras el debate 'Oldartzen', una doctrina de extensión del sufrimiento que suponía romper una barrera tácita que había existido durante años y en la que los principales objetivos eran las fuerzas de seguridad. La nueva estrategia tenía un objetivo: romper la dinámica creada en 1988 por el Pacto de Ajuria Enea, que además de trazar una hoja de ruta clara sobre la normalización en Euskadi, creaba un escenario sin precedentes que instauraba la unidad de partidos contra el terrorismo y separaba nítidamente la política entre «demócratas» y Herri Batasuna. Oldartzen buscaba poner fin a ese escenario por la vía de la violencia máxima.
¿Cómo se llegó hasta aquí? Otros dos saltos cualitativos -las matanzas de Zaragoza e Hipercor-, dieron el último empujón a los partidos vascos para formalizar el Pacto de Ajuria Enea. El 21 de junio de 1987, ETA asesinó a 21 personas e hirió a 45 con un coche bomba que estalló en el centro comercial de Barcelona sin previo avisó. El 11 de diciembre de ese mismo año, los terroristas asesinaron a once personas -entre ellos cinco niñas- y provocaron 88 heridos. El uso indiscriminado de coches bombas en los atentados que cometía ETA fuera de Euskadi forzó a los partidos políticos vascos a cambiar el 'status quo' que se había mantenido hasta ese momento.
Otro salto cualitativo de ETA ayuda a descifrar la brutalidad de ambas acciones y del abismo por el que ya se precipitaba ETA. El 10 de septiembre de 1986, la organización mataba en Ordizia a Dolores González Katarain, 'Yoyes'. La primera mujer en acceder a la dirección de ETA y una militante que se había acogido a las medidas de reinserción. Su muerte sirvió para cerrar la vía de agua que suponía el que los presos de la banda rompieran la disciplina y se acogieran a beneficios penitenciarios.
Además, 'Yoyes' había pronunciado algunas de las críticas más duras a la estrategia de los terroristas. En su diario privado, ella escribió: «¿Cómo voy a apoyar a una HB convertida en payaso de un militarismo de corte fascista? ¿Cómo me voy a identificar con dirigentes que lo único que saben hacer es aplaudir los atentados de ETA y pedir más muertos?».
La muerte de 'Yoyes', como antes la de 'Pertur', cerró cualquier vía dentro de ETA que hiciera pensar en una evolución política. Las decisiones de la cúpula militar ya se imponían desde la banda al resto de la organización, sin discusiones y sin asomo de disidencia. Un antiguo mando de la lucha antiterrorista resume la evolución de ETA que reflejan estos «saltos cualitativos» con una frase: «El hombre ya no empuñaba la pistola sino que la pistola empuñaba al hombre».
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