«El mundo vasco fue nuclear, central, en la vida de Gregorio Marañón, nunca una anécdota o episodio pasajero o circunstancial, fue una de las raíces profundas de su vida. Amó, sintió, admiró, viajó, convivió en el País Vasco».
Así comienza José María Urkia Etxabe la introducción de su libro 'El mundo vasco en Gregorio Marañón', que hoy se presenta en Donostia, en el salón de actos de la Kutxa en la calle Andía, y el miércoles de la próxima semana en Madrid, en la Fundación José Ortega y Gasset.
En 2010 se cumple el cincuentenario de la muerte del médico, historiador y humanista Gregorio Marañón. El deseo de «aportar algo original» a la conmemoración ha desembocado en la edición de un curioso volumen que recopila todas las vinculaciones de Marañón con nuestra tierra. El libro lo edita la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, con la colaboración de la Obra Social de Kutxa y el Colegio Oficial de Médicos de Gipuzkoa.
Ternura y melancolía
El autor, José María Urkia, historiador y médico además de presidente de la sección guipuzcoana de la Bascongada, partía de conocer la estrecha vinculación del madrileño con Euskadi pero no ha dejado de sorprenderse ante la densa madeja de relaciones que le ha resultado en sus tres años de investigación. El volumen es también una reivindicación del 'vasquismo' de un madrileño que, según escribe Urkia, atesoró «un sentimiento de ternura, dulce y suave, propio de los verdes valles y azules mares, de la bruma y de la melancolía de las tierras vascas, que tanto amó, identificándose con sus hombres y mujeres, con su manera de ser y estar, con su gastronomía, con sus fiestas y sus dolores, en fin, con su manera de ver la vida».
En ese sentimiento influyó el encuentro de Gregorio Marañón con muchos vascos, que Urkia logra resumir en tres: «El gipuzkoano Juan Madinaveitia marcó su modo de ser y practicar la medicina, el vizcaíno Miguel de Unamuno modeló, en parte, el hilo de su pensamiento y el eibarrés Ignacio de Zuloaga el sentir de la amistad profunda y los momentos más gratos de una vida».
Marañón fue mucho más que un veraneante asiduo a San Sebastián (en Villa Araoz, de Aiete) y Fuenterrabía, y también a San Juan de Luz y Biarritz desde su exilio en París. «Sus estancias, si no muy largas, siempre fueron intensas -nos cuenta Urkia-. Admiraba los paisajes y la personalidad de los vascos, tenía muy buena relación con sus compañeros médicos, se relacionó con los grandes intelectuales y artistas vascos de su tiempo y también sucumbió ante nuestra gastronomía».
De su admiración por lo vasco da muestra un texto escrito por el médico en 1948, que recoge el nuevo libro: «El País Vasco es prototipo de todo lo que es un país. Lo que le caracteriza es la unidad estricta de lo que vive en él, es decir, algo que está por encima de lo puramente geográfico o de los artificios humanos que crean o deshacen las provincias o los reinos. En el país hay una unidad milenaria en el hombre que lo habita, una historia que se puede sumar a otras historias o desgajarse de ellas, pero nunca confundirse con las demás».
Uno a uno
«Su vida se gastó yendo a buscar a los hombres, uno a uno, en un santo afán de hacerlos mejores». Esto lo escribió Marañón en 'Notas sobre la vida y la muerte de San Ignacio de Loyola'. El humanista se sintió fascinado por el heroísmo y la búsqueda de perfección del vasco universal.
Si Ignacio de Loiola sintetizó de alguna manera las virtudes de los vascos, el autor sostiene que «no es desencaminado pensar que Marañón preparara una biografía sobre él, que no llegó a escribir».
Es uno de los datos de un libro, 'El mundo vasco en Gregorio Marañón', -dedicado a Luis Sánchez Granjel, de Segura, autor de la primera biografía de Marañón- que repasa la relación del madrileño con todos los nombres mencionados en estas páginas y con otros muchos, como el gastrónomo José María Busca Isusi, el escritor José de Arteche o el historiador José Ignacio Tellechea Idígoras.
El volumen también recorre los paisajes vascos de Marañón, de palabra y también mediante imágenes. La invitación de Urkia al ilustrador Javier Sagarzazu de preparar algún apunte para el libro ha ido creciendo hasta convertirse en una serie de 33 acuarelas realizadas expresamente para dar color al volumen.