Wolfgang Statt renunció a la orden de los jesuitas en 1992 tras haber realizado una larga y, aparentemente, exitosa carrera de maestro de deportes en varios colegios alemanes. Ese año, emigró a Chile y su nombre desapareció de la memoria de sus ex colegas, pero no de la de los ex alumnos que tuvieron la mala suerte de tenerlo como profesor en el colegio jesuita Canisius de Berlín. Gracias a una interesada filtración a la prensa, el país se enteró a fines de enero pasado que el colegio, uno de los centros de enseñanza media más prestigiosos de Alemania, había sido escenario de múltiples casos de abusos sexuales.
Uno de los protagonistas del escándalo fue Statt, quien admitió haber abusado de sus alumnos. «Siento mucho lo que hice y pido a todos que me perdonen», dijo el ex cura en una carta que llegó a manos del rector del colegio Canisius a fines de enero. También confesó sus pecados a las autoridades de la orden en Alemania en 1991, un año antes de emigrar a Chile, donde aún vive. Al parecer, está casado y tiene una hija de 12 años.
Pero lo que nadie sabía era que el ex cura había estudiado en la Facultad de Filosofía y Letras de Loyola entre 1966 y 1968. «Todo el mundo se acuerda de él porque aprendió euskera y porque salía todas las mañanas a hacer footing», relató ayer José María Echevarria, superior del Santuario de Loyola, a quien la noticia le había llegado «por varias personas en un día de mucho ajetreo» en la basílica.
El testimonio de Mathias
La estancia en Azpeitia, al parecer, dejó una profunda huella en Statt, quien regresó a Loyola varias veces para pasar sus vacaciones de verano. Pero el cura no llegaba solo al santuario guipuzcoano. Según desveló ayer Televisión Española, Statt tenía la costumbre de hacerse acompañar de jóvenes alumnos del colegio Canisius, como Mathias B., que sólo tenía 12 años cuando viajó a España en 1976 junto a otros tres niños.
Mathias, que ahora tiene 45 años, declaró ante las cámaras de RTVE que el padre Wolfgang Statt era un sádico que castigaba a sus alumnos con azotes. «Los castigos consistían siempre en azotarnos con un palo en el culo. Nos daba a elegir, 40 golpes si eran con el pantalón y 20 sin él», dice Mathias, quien también denuncia que el ex cura jesuita abusó de niños españoles durante sus vacaciones en Azpeitia. «Después de la paliza, el padre Statt nos ponía crema antiinflamatoria en el trasero y un supositorio para la fiebre».