Juan Antonio Flecha es argentino de nacimiento, catalán de adopción y su corazón ciclista se mueve entre el pavés y las cotas belgas, entre la Omloop-Het Nieuwsblad -antigua Het Volk-, que ganó ayer, en Bélgica, y la París-Roubaix, una vez más su gran objetivo de la temporada, en la que ha sido segundo, tercero y cuarto.
Su nacimiento en la localidad argentina de Junin, en el Gran Buenos Aires, resultó premonitorio. Su casa se encontraba en el número 248 de la calle Lebensohn, llena de adoquines. La habitación en la que dormía junto a su hermana Emilia daba a dicha calle y él oía desde su cama el ruido de los vehículos a motor al pasar por los adoquines. Muchos años después recuerda aquel sonido cuando rueda encima de una bicicleta.
Hasta llegar a convertirse en uno de los mejores corredores de clásicas del mundo, la vida deportiva de Juan Antonio Flecha dio muchas vueltas. De hecho, sus primeros pasos en el mundo profesional no hacían presagiar, ni de lejos, dónde acabaría. Busca ganar una París-Roubaix, una prueba que conoce al milímetro.
De momento, ayer se conformó con imponerse en la Omloop-Het Nieuwsblad, que tenía 204 kilómetros, siete tramos de pavés y diecisiete cotas (pequeñas subidas), un buen entrenamiento para la Vuelta a Flandes y la París-Roubaix. Fue el único corredor español en la línea de salida.
Ya había sido segundo en esta carrera en 2007, detrás de Pozzato, y tercero el año pasado. Atacó desde lejos para evitar una llegada en grupo en la que tenía todas las de perder. Y le salió bien. Su victoria adquiere más valor si se observa quiénes le precedieron en la clasificación.
Dedicó el triunfo a Frank Vandenbroucke: «Le había prometido a su amigo Nico Mattan que lo haría si conseguía el triunfo».
Desde que probó con el equipo Fuenlabrada en 1999 para ver si le fichaban hasta la victoria de ayer han transcurrido doce años. Fue quemando etapas -Relax y Banesto, con el que ganó una etapa del Tour de Francia en 2003- hasta llegar al Fassa Bortolo de Giancarlo Ferreti. Allí, en 2004, comenzó a conocer el mundo de las pruebas de un día, de los pavés, de las clásicas del norte.
Su escalada hacia la cima ha sido lenta, pero segura. El Giro del Lazio, el Gran Premio de Zurich, el Circuito Franco-Belga, el segundo puesto en la Gante-Wevelgen de 2005 en la que al vencedor, Nico Mattan, le acusaron de ir al abrgio del coche de un amigo para vencer.
Luego llegaría al Rabobank, donde profundizaría más en ese tipo de pruebas hasta dominarlas, para meterse en la piel de un belga, vivir como ellos, sentir lo que significan esas pruebas. La antigua Het-Volk es un buen augurio de cara a Roubaix.