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¿Conciliar no es cosa de hombres?

FAMILIA

¿Conciliar no es cosa de hombres?

En Euskadi, sólo el 6% de las solicitudes de ayuda para compaginar trabajo y familia las piden los varones

07.02.10 - 02:42 -
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La foto de Jaime Iborra recogiendo la comida de un mediodía cualquiera, observado de cerca por su hijo Iker, que remolonea tirado sobre el parqué de casa, es tan curiosa, por lo inhabitual y ejemplar, como la del político sueco Tobias Billström, que saltó a las portadas de los periódicos de media Europa hace varias semanas cuando acudió al Consejo de Ministros de Justicia de la UE con su hija de ocho meses en brazos. Ambos son hombres y concilian, una combinación todavía minoritaria dentro de esa nueva cultura de trabajo protagonizada en su inmensa mayoría por mujeres.
En Euskadi, sólo el 6% de las solicitudes de ayuda para compaginar familia y empleo las piden los varones, frente al 94% de féminas. La acentuada desigualdad de género no ha podido ser contrarrestada con la política de discriminación positiva que puso en marcha el anterior Ejecutivo de Ibarretxe. Hasta el momento, las ayudas económicas para una reducción de jornada por el cuidado de un menor benefician más a los hombres que a las mujeres. Por un año de excedencia, por ejemplo, ellos cobran 3.000 euros de subvención, mientras que ellas reciben 2.400, un 20% menos. Estos incentivos, sin embargo, se han demostrado ineficaces y hoy es el día en que el nuevo gabinete ha decidido igualar las cuantías económicas entre ambos sexos.
¿Por qué los hombres no concilian? ¿Es una cuestión de género o simplemente la consecuencia práctica de que ellos suelen tener unas nóminas más altas y, por lo tanto, son las mujeres las que reducen su salario para estar más horas en casa?
En casa de los Iborra Torre fue la calculadora la que decantó la balanza. Cuando nació su primer hijo Iker, que ahora tiene ocho años, tanto Jaime como su mujer, Miren, trabajaban fuera de casa. Fue el nacimiento de Aitor lo que obligó a cambiar las tornas. «Simplemente miramos quién de los dos cobraba más dinero. Y fui yo a quien le tocó quedarse en casa», resume este vitoriano. Solicitó una reducción de jornada al 33%, el mínimo de lo permitido, y, aunque en su empresa aceptaron, pusieron más pegas a la hora de configurar el horario «a la carta» que necesitaba.
Al final, lo logró y hoy Jaime es un amo de casa en toda regla. Trabaja cinco horas y diez minutos al día, un tercio menos de lo que marca en el papel su jornada laboral. De lunes a viernes ficha a las ocho de la mañana, sale a las 11.10; vuelve a la oficina después de comer, pasadas las tres y media de la tarde, y termina a las 18.00 horas. Entre turno y turno, hace la compra, prepara la comida del día, va a recoger a sus críos a la ikastola, les da de comer, charla un rato con ellos y en los pocos minutos que le quedan de ese calendario sincronizado al segundo intenta poner algo de orden en casa. Su mujer se encarga de llevar a los niños al mediodía al cole y tienen contratada a una tercera persona para la entrada a primera hora de la mañana, porque los dos cónyuges están en ese momento en el trabajo. «Lo de conciliar no es ningún chollo», sentencia Jaime a mitad de conversación, acostumbrado a que muchos de sus interlocutores le reprochen su «buena vida», probablemente porque siguen siendo muy pocos los padres que pueden hacer realidad ese sueño de compartir más tiempo con su prole atrapados por la vorágine de lo cotidiano.
El nuevo decreto
A Loli García, directora de Familia del Departamento de Trabajo y Asuntos Sociales, le gusta citar una frase que un día le leyó al psicólogo Javier Urra para intentar explicar las diferencias de género en materia de conciliación. «Lo que ocurre es que las mujeres han salido de casa y los hombres aún no han entrado», sostiene. Un reciente estudio de la Fundación Cajas de ahorros (Funcas) concluye que a mayor nivel de ingresos de la mujer, el reparto de tareas caseras, incluido el cuidado de los hijos, se hace más igualitario en la pareja.
García cree que la receta para igualar los roles sociales es sólo cuestión de tiempo, pero admite que el Ejecutivo «no puede estar esperando eternamente a que esto cambie» por lo que ha movido ficha y redactado un nuevo decreto. El documento, que el Ejecutivo está a punto de aprobar, extiende la cobertura de las ayudas a más casos y aumenta las cuantías que se podrán solicitar hasta que el hijo cumpla los ocho años, frente a los seis actuales. «Las ayudas no son el detonante para que las personas concilien, pero también somos conscientes de que lo público debe ser el motor del cambio», argumenta esta antigua trabajadora del Ayuntamiento de Vitoria.
Los 1.800 euros que se reciben en casa de los Iborra caen como una gota de agua en mitad del océano, pero guardan esa paga extra para cualquier gasto imprevisto, que suelen ser muchos en un hogar con dos hijos pequeños. «La reducción del salario se nota mucho, pero siempre tuvimos claro que si teníamos hijos los queríamos tener bien: jugar, comer con ellos, educarles más allá del beso de buenas noches», cuenta Jaime, con cinco años de experiencia conciliadora. El único inconveniente, además de las diferencias con colectivos como los funcionarios -cobran dos años más de ayudas, hasta que sus hijos cumplen 10 años-, es el sacrificio forzoso a la carrera laboral, denuncia. «Es incompatible conciliar y luego recuperar el estatus en el trabajo», se queja.
No le falta razón. Un estudio del Ministerio de Política Social sobre el impacto de las nuevas formas de trabajo en las estructuras familiares destapó que un 34% de trabajadores no ejerce su profesión por incompatibilidad para conciliar la vida familiar con la laboral, una pérdida de talento que bien podría resolverse con una mejor gestión del tiempo, concluía el informe, elaborado por la Fundación Másfamilia.
De las buenas y malas prácticas empresariales sabe mucho Nuria Chinchilla, directora del Centro Internacional Trabajo y Familia del IESE Business School de la Universidad de Navarra. Acostumbrada desde hace años a meter el dedo en la llaga de las organizaciones, Chinchilla cree que a fuerza de repetir el mensaje a favor de la conciliación éste empezará a calar en la mente esquemática de muchos directivos. «El problema que tenemos en las empresas -destripa Chinchilla- es que no tienen un paradigma humano, sino industrial, que se resume en que las horas de presencia igualan a la productividad, como si estuviéramos trabajando con máquinas. Y lo que deberían entender es que se trabaja con personas, con corazones, con motivos de la gente y, a partir de ahí, lo que tienen que reforzar es la flexibilidad. Hay que pasar de la dirección por presentismo a la dirección por objetivos». Salvo excepciones, las compañías tienen todavía un largo camino que recorrer en este apartado. España es el segundo país europeo por la cola en productividad, un resultado sólo empeorado por Italia, recuerda la experta.
Aunque sobran motivos para ver la botella medio vacía, a Chinchilla también le gusta destacar el progreso logrado en la última década, con medidas como el certificado de Empresas Familiarmente Responsables (EFR), un título que ya acredita el correcto comportamiento de 168 empresas. Promovido por la Fundación Másfamilia, el certificado pretende incentivar a las empresas para que se impliquen en la generación de una nueva cultura del trabajo, «basado en el rendimiento y la eficacia al margen de la cantidad de horas trabajadas y de la presencia física del trabajador; reducir el absentismo y, en consecuencia, retener el talento, gracias a una mejor calidad de vida del trabajador», resume la entidad.
Aunque se ha logrado ese primer paso de materializar el discurso de la conciliación, la realidad, como siempre tozuda, se está empeñando en frenar ese esfuerzo. «El problema actual no es que la empresa no tenga una política de conciliación, sino que luego la política no se aplica porque en algunos departamentos la persona no reclama su derecho. Hay miedo a las malas reacciones y a las consecuencias para el futuro laboral, porque se sigue pensando que quien concilia no está tan comprometido con la empresa, una creencia totalmente errónea», asegura Chinchilla. En este desprecio suelen jugar con peores cartas los hombres. «Si una madre tiene tensiones en el trabajo cuando quiere conciliar, el padre las tiene dobles o triples. A los hombres no se les ve tan legitimados para esta labor».
El regalo de Blanca
En la fábrica de premontaje de electrodomésticos donde trabaja Blanca Martín, sus jefes se quedaron ojipláticos cuando un grupo de mujeres, entre las que se encontraba esta vitoriana de 36 años, solicitaron una reducción de jornada para cuidar a sus hijos. «Tuvimos que presionar mucho y no nos concedieron nuestro derecho hasta el último momento, cuando ya habíamos amenazado con una denuncia».
Blanca trabaja a media jornada, de siete a once de la mañana. El resto del día lo destina al cuidado de su hija Atteneri, de casi tres años, un regalo de vida para ella y su marido, Joseba Rodríguez, después de ocho años de tratamientos de fertilidad. A la tercera fue la vencida, pero de nuevo el destino les jugó una mala pasada en forma de cáncer de mama que Blanca acaba de superar. «He estado de baja y ahora estoy recuperando todo el tiempo perdido con mi hija», cuenta esta madre de 36 años. La decisión de que alguien de los dos miembros de la pareja conciliara la tomaron mucho antes de que le fuera detectada la maldita enfermedad. Hoy repetirían la fórmula a pies juntillas. «Nos compensa con creces cobrar menos dinero y cuidar de nuestra hija, verla crecer, no perdernos ni un minuto de su vida. Para nosotros, todo eso no tiene precio».
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Horario a la carta. «Fue una decisión conjunta entre mi mujer y yo. En nuestra caso, es ella la que tiene la nómina más alta, así que nos interesaba que fuese yo quien conciliase», cuenta Jaime, que exprime las horas que tiene libres a mediodía, de 11.10 a 15.30.

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«Lo primero, mi hija». Blanca y su marido tienen claro que la educación de su hija Atteneri es lo primero. Ella pidió una reducción de jornada al 50%. Él es autónomo. Tienen que hacer «muchos números» al mes, pero «vale la pena».

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Amo de casa. Iker, de ocho años, observa a su aita, Jaime Iborra, que recoge la cocina. :: FOTOS: DAVID APREA

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