Un día en el albergue de San Esteban

Doce de los veintidós niños que han llegado a la comarca residirán en el albergue de Gipuzkoa situado este año en San Esteban durante dos meses. / IÑIGO ROYO

Doce menores saharauis vivirán acompañados por tres monitores en el albergue de Gipuzkoa

ELENE ARANDIA TOLOSA.

Han pasado tres semanas desde que llegaron. Se trata de un proyecto que se desarrolla por octavo año consecutivo en la comarca, y que funciona de forma paralela con la acogida de niños saharauis en familias.

Dentro del municipio, y con la tranquilidad de no contar con vecinos, este año el albergue de acogida de doce menores saharauis de Gipuzkoa se encuentra en el municipio, concretamente, en el barrio San Esteban de Tolosa. La casa, propiedad del Ayuntamiento, se encontraba cerrada desde hace tres años.

Nada más conseguir las llaves, la vivienda fue acondicionada con la ayuda de numerosos voluntarios que colaboraron con la asociación durante un mes. «Al haber permanecido cerrada tanto tiempo, tuvimos que limpiarla a fondo, no estaba en muy buenas condiciones para entrar a vivir con los niños, y tuvimos que reconstruir los aseos y amueblarla», explican desde la asociación. «Pintar y limpiar sabemos, pero para todo lo demás tuvimos que echar mano de albañiles, carpinteros y fontaneros. Pasamos un aviso y la verdad es que pasó mucha gente. Estamos eternamente agradecidos, sin la ayuda del Ayuntamiento y de todos los voluntarios hubiese sido imposible contar con esta casa y llegar a tiempo», explica Eli Eizagirre, portavoz de la Tolosaldea Sahararekin, quien convive con los menores del aterpetxe junto con otros dos monitores.

Durante la recogida de comida, la asociación Tolosaldea Sahararekin guarda una parte para crear una base de cara a verano. «Cáritas o el Banco de Alimentos nos ayudan con varios productos, Kaiku nos regala leche para dos meses, y el Eroski Center de la avenida de Navarra nos proporciona comida todos los días. Salir con dos bolsas llenas de comida para nosotros es muchísima ayuda», remarcan los monitores.

Nuestro encuentro comienza en casa, donde nos esperan vestidos y preparados tras tomar el desayuno. El plan para este día es salir a pasear por la calle e ir al parque infantil. «Por la tarde, estamos obligados a ir a la piscina o a la playa, el agua es lo que más les gusta a los niños. En los campamentos del desierto no hay agua potable, y se fijan mucho en las fuentes de la calle. Los niños que vienen por primera vez no saben nada, necesitan adaptarse y les ayuda contar con la presencia de una persona saharaui», cuenta Salah, otro de los monitores, también saharaui y vecino de Villabona, quien lleva un total de seis años viviendo en el País Vasco y tres trabajando como monitor en este proyecto.

Hasta finales de agosto, acudirán a clases de natación, realizarán distintas salidas y excursiones, conocerán las fiestas de los municipios vecinos, se sumergirán en el Oria con las piraguas y participarán en diversas actividades socioculturales de Tolosa.

El miércoles comenzaron con las revisiones médicas en el ambulatorio de Tolosa; un proceso «largo», pero a su vez, «necesario» que tienen que llevar a cabo prácticamente todos los años. «La sala de espera del ambulatorio es nuestro salón. En el caso de los menores que ya han repetido su estancia ya conocen cómo son las pruebas y meten miedo al resto», bromean los monitores.

El miedo a las batas blancas, dicen, es innegable. Una vez realizadas las consultas de pediatría y dentista, los niños que tienen patologías son llevados a los especialistas en el Hospital Donostia. «Los pediatras ya se saben el truco y nos atienden sin bata. Seguro que este año también tenemos que visitar a muchos especialistas. Anna, por ejemplo, tiene un problema en los ojos y necesita unas gafas sí o sí, es muy evidente. Hemos tenido casos en los que han tenido que realizarles una intervención quirúrgica, el año pasado le operaron a una niña del oído, y su estancia, en esos casos, se ha alargado. Los dentistas tienen bastante trabajo con nosotros; los niños aquí empiezan a relizar sus revisiones a los siete años, pero estos empiezan con diez, llevamos tres años de retraso, por lo que nos encontramos con verdaderas sorpresas», cuenta Eizagirre.

«Esperemos que este sea el último verano que tengan que venir los niños. Entre los miembros de la asociación, hemos barajado la posibilidad de darle seguimiento al proyecto pero esta vez en el Sahara», concluyen.

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