Tres días de recreación histórica

La compañía de tambores Anaka, de Irun, en un desfile por el Boulevard donostiarra. /
La compañía de tambores Anaka, de Irun, en un desfile por el Boulevard donostiarra.

Catorce asociaciones participan desde hoy al domingo en la reedición del sitio de 1835

DV ORDIZIA.

Como ahora, mayo, además triste y lluvioso, pero en el caso que nos ocupa de 1835, día 25 del mes de las flores, que dio paso a siete días de asedio por parte de las tropas carlistas, a los que siguió el asalto llevado a cabo el 1 de junio, siendo rechazadas. El día 3, consciente de que no iba a recibir refuerzos, ni ayuda, Ordizia capitulaba. Un episodio que de hoy al domingo, la localidad recrea.

Mayo de 1835, han pasado casi dos años de la muerte de Fernando VII y de la consiguiente proclamación, como reina, de su hija Isabel, y de la consecuente reclamación al trono de Don Carlos, hermano de Fernando VII. Para finales de ese año, ya se ha producido en el valle de la Berrueza, en la merindad de Estella, la considerada primera batalla de la primera guerra carlista. Un conflicto, que, sin duda alguna a la cuestión dinástica, suma, una vez más, dos visiones tan distintas de la vida y de las cosas.

Villafranca, urbana, aparece, al igual que en su esencia fundacional, contrapunto de modernidad frente al poder feudal, como un bastión liberal. Al corriente de las circunstancias, y de lo que se le avecina, ha reforzado su defensa. El oficial de caballería, posiblemente inglés, C.F. Henningsen, enrolado en el ejército carlista describe así su primera impresión una vez llegado a Ordizia. «Las casas son altas y las calles estrechas, de tal manera que la población ocupa poco terreno. El conjunto fortificado se halla rodeado de un muro alto, macizo, alrededor del cual se ha cavado un foso, y las puertas estaban cerradas con planchas colocadas de canto, con el espacio libre de barro, además de tener una doble zanja».

Alusión al barro y a la lluvia, a la que vuelve a aludir; condiciones meteorológicas que complicaron la labor de las fuerzas asaltantes, sobre todo a la hora de desplazar las piezas de artillería.

Tras el que resultó un paseo militar, en su avance desde tierra Estella, en el que apenas encontró resistencia, y además se incautó de numerosas armas (dos piezas de artillería en Etxarri Aranaz), el 25 de mayo de 1835, Tomás Zumalakarregi se presenta a las puertas de Ordizia con un ejército, que los historiadores calculan de entre 2.500 y 3.000 soldados, que sitían la localidad y establecen su potencial artillero en el entorno de Garagarza.

En la villa murada, reseñan los historiadores, se habían refugiado todos los cristinos (isabelinos o liberales) de la comarca, «mientras que aquellos que eran sospechosos de cierta tendencia carlista habían sido expulsados del recinto y sus casas ocupadas sin procedimiento legal ni miramiento alguno». En armas, 600 fusiles y el cañón Maribaratza.

Un avance carlista espectacular y sin oposición, del que eran conscientes los ordiziarras, y una fuerza asaltante muy superior en número de combatientes y capacidad de fuego que lejos de disuadir a nuestros predecesores les animó a presentar batalla. Cabe pensar que con la vista puesta en que, en algún momento recibirían refuerzos.

Los historiadores Nerea Iraola y David Cano señalan a José Manuel Usabiaga (alcalde de Villafranca), Manuel José de Zavala (señor de la casa Zavala) y a José María de Linzuain (jefe de la milicia urbana), como los líderes de aquella aguerrida resistencia.

Tras siete días de asedio con continuos ataques e incesante fuego de artillería, «por fin se abrió brecha en el muro lindante con Garagarza», relata C.F. Henningsen, por lo que en la madrugada del 1 de junio el general ordenó el asalto, que fue repelido. Ni qué decir, cómo se lo tomó Zumalakarregi. A partir de ahí se suceden los acontecimientos que concluyen con una capitulación honrosa, incruenta, para la localidad.

El cineasta y fotógrafo tolosarra, Jose María Tuduri, un experto en las carlistadas a propósito de la recreación del asedio que la localidad va a vivir desde hoy al domingo expone que «son reconstrucciones de eventos históricos realizadas con la mayor exactitud posible, dejando completa libertad para los que las presencien en cuanto a la lectura de los mismos».

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