El regreso de Bruno, 14 años después

Bruno, el pasado miércoles, 21 de junio, en la 'calle de los pollos'.
Bruno, el pasado miércoles, 21 de junio, en la 'calle de los pollos'.

El mimo, que ha recorrido medio mundo con su espectáculo de calle, vuelve a Ordizia

ORDIZIA.

El mercado semanal, la feria, vuelve a demostrar cada semana que representa un gran encuentro social. No faltan quienes lo han calificado, y estudiado, como un hecho etnográfico. Cita que congrega y atrae a su alrededor a un número cambiante de personajes, que nada tienen que ver con las transacciones ni el sector agropecuario, propiamente dicho.

Antes el sacamuelas, y por supuesto a menudo el carterista, etc. eran quienes merodeaban por las ferias. Ahora en cambio, son turistas, curiosos, paseantes, y a su vez, como siempre, una minoría ciudadana que simplemente pide. Algunos hucha y pegatina en mano, o bien artistas en su mayoría, músicos por lo general, que provistos de diferentes instrumentos intentan llevarse algo al zurrón.

En todo este trajín, hace ahora 14 años, un buen día de enero del 2003, apareció en la 'calle de los pollos', Bruno. Un mimo, que desde el escenario y refugio en el que se convertía una caja de cartón, que como todo decorado contaba con un adhesivo con la palabra 'frágil', observaba el mundo exterior.

Tocaba conocer su historia. Contó que las circunstancias de la vida quisieron que un buen día prendiera en él lo que considera era algo larvado, latente en su interior: el deseo de convertirse en payaso y optar por aquel mundo que siempre le sedujo, el del nómada. Aderezado con cierta dosis de trotamundos, como sinónimo de deseo de conocer otras realidades, y sobre todo, la vida de aquel que de alguna manera, es dueño de su destino.

En adelante, las actuaciones en la calle fueron su escuela, aprendió observando a las personas. «Cualquier imagen, cualquier situación te puede aportar algo de mímica, algo de payaso. Personalmente, no me cabe la menor duda -afirmaba- de que la calle es el gran teatro del mundo. La calle lo percibe todo y te permite improvisar muchísimo. Quizá es el último reducto que recoge la parte de niño que guarda cada individuo, la parte de libertad que desea expresarse como quiere».

Y tras haber recorrido, con ese lenguaje universal que es la mímica, media Europa, Canadá, etcétera, recaló en Euskadi y un buen día de feria, en Ordiza. «En las sociedades occidentales, la sociedad de la abundancia -exponía- hay mucha tristeza y nostalgia. Se vive muy deprisa, muy agobiados. Todo es muy frenético. El ritmo de trabajo, las obligaciones no dejan tiempo para abrazar, para hablar de las cosas sencillas del día a día, para la ternura». En ese contexto, aquí en Euskadi, encontraba un público participativo, y una actitud de curiosidad y atrevimiento en los niños, que por ejemplo no había visto en Francia, Inglaterra o en los países escandinavos. «Aquí los niños son encantadores», afirmaba.

«En Francia he conectado con las personas mayores recurriendo a algo que les engancha, con lo que se identifican: la nostalgia. Me hace mucha ilusión cuando me dicen nos has alegrado el día. No se puede perder la sonrisa, ni en los mayores esa parte de niño que siempre debe existir».

Y así las cosas, nómada del mundo, seguidor de la máxima 'voy donde me lleva el viento' volvía a Ordizia el miércoles 21 de junio.

Poco cambio en el escenario, eso sí, una caja algo más robusta, el pequeño equipo de sonido, y un nuevo personaje: un Bruno a escala reducida, un Bruno txiki. Y como puesta en escena, una trabajo de expresión corporal que si antes ya era bueno, ahora lo borda con las herramientas y bagaje que aporta la veteranía.

Catorce años después, indicaba, que «el que tenía prisa sigue teniendo prisa. Y el que tiene un mínimo de curiosidad se para. Curiosidad que afortunadamente no les sigue faltando a los niños».

Y como en tantos otros sitios, ahora, «mucha gente enganchada al móvil, dependiente. Es como todo hay que saber utilizar, dosificar».

«Como espectáculo -prosigue- la calle, el trasiego, te permite improvisar, de alguna manera jugar con la gente y como el discurrir del personal es cambiante, el repertorio no se acaba. Además, a pie de asfalto se escuchan muchos comentarios, que inevitablemente te dan una pista».

«En los pueblos sigue habiendo humanidad. Hay gente que tiene detalles que te faltan palabras para agradecer y que a mí me llenan de felicidad». En Ordizia volvió a sentirse a gusto, y si la rosa de los vientos se muestra propicia, no descarta volver.

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