Javier Sagarzazu vuelve a Barrena

El artista hondarribiarra.

El galardonado artista regresa a Ordizia con una muestra individual de sus últimos trabajos

DVORDIZIA.

Javier Sagarzazu (Hondarribia 1946) había expuesto en Barrena en varias convocatorias colectivas, espacio y sala que, en su caso, a pesar de acreditar un centenar de muestras individuales y conocer, prácticamente, otras tantas estancias propicias para la ocasión, desde el primer momento le encantó por lo que hacía tiempo que su decisión no era otra que volver y hacerlo con lo último que ha salido de su caballete.

Reseña el hondarribiarra que su padre tenía un bar en la localidad costera en el que se daban cita y concurrían buen número de artistas del Bidasoa, entre ellos el escultor Remigio Mendiburu. Un ambiente que sin duda algo tuvo que ver y quizá despertó, siendo muy niño, su inclinación por los lápices de colores. Determinación, en la que como él mismo reconoce, tuvo la suerte de encontrar el apoyo de la familia.

De salida autodidacta, pronto aprende la técnica y descubre el paisaje de la mano de artistas locales como Montes Iturrioz, Gracenea y Menchu Gal. En los años 60, una beca le llevó a Madrid. Y desde aquellos primeros momentos, hasta hoy, la pintura; quintaesencia que le hace feliz, ha sido y es su vida. Actividad plástica que le ha reportado destacados reconocimientos.

Y ese discurrir vital en el universo de los pinceles y la paleta de colores, con importantes incursiones en facetas como la de cartelista o ilustrador de libros, le ha llevado a encontrar su sendero en un camino que no se detiene, y en el que no faltan los vericuetos, andadura que de manera persistente y cierta dosis de ansiedad, siempre reclama explorar.

Peregrinaje que al día de hoy, a la hora de alumbrar un lienzo o una lámina le sitúa en el terreno del aceite y la aguada; el óleo y la acuarela, como principio general, con el paisaje como pretexto. Sagarzazu reconoce, que, cuando corresponde, homenajea a los artistas que admira.

El autor y sus circunstancias; paisajes del Bidasoa, como inspiración y excusa, a menudo el mar, desde la costa, desde la playa, con el entorno urbano insinuado al fondo.

Con la luz y el color como dos variables con las que juega, Sagarzazu parte de una vista o imagen real, eso sí, sugerida o esbozada, pero reconocible para ir a su encuentro con su yo artístico. Grandes trazos, bandas de color a manera de superposiciones del horizonte, a veces ensambladas con otras verticales construyendo geometrías pictóricas, o bien, auténticas manchas, casi monocromas, como mucho recurriendo a dos pigmentos.

«Estoy en un momento -apunta el hondarribiarra-, en el que dejo atrás tonos grises para centrarme en colores más vivos y cálidos. Disoluciones cromáticas que aplico con el pincel, la espátula, o con la mano; todo vale».

Inconformista y exigente consigo mismo, sufre al considerar que cada uno de sus cuadros supone una obra inacabada. «Pinto. Cuando creo que la lámina está acabada, la guardo, y al tiempo la retomo». Insufrible perfeccionismo y espiral de angustia y ansiedad plástica, que llegado el momento preclaro le lleva, por supervivencia creativa a zanjar la tarea.

«Muchas veces -explica-, al retomar una obra, borro, corrijo o llegado el caso la rompo. En más de una ocasión me han pedido esas láminas que he decidido no vean la luz, a lo que siempre me he negado. No regalo nada que no me guste, me parece, emocionalmente, una estafa».

«Para mí el mundo creativo representa un reto permanente, nivel que no te permite estancarte. El arte, en mi caso la pintura, me sitúa ante un camino que no tiene fin. Un parto, en este caso plástico, a menudo doloroso, pero que como a todo alumbramiento le aguarda un final feliz».

«Por término medio, una vez al año me gusta exponer. Presentarme ante el público, escuchar, y ponerme frente a mi obra. Un reto y una prueba personal. En el estudio las obras llegan a amontonarse, en la sala estás tu frente a frente y en esa correlación te inquieren y obligan a evolucionar».

Dicho así puede parecer todo muy serio, sesudo e incluso transmitir cierto desasosiego. Pues no, Javier Sagarzazu llega a Ordizia, en su encuentro personal, con 20 obras, puro y auténtico lirismo. Cabría preguntarse si con más de 70 primaveras se puede ser un romántico. La respuesta hasta el 6 de octubre en Barrena.

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