Diario Vasco
Mari Camen Ansorena se ha despedido del bar Olano.
Mari Camen Ansorena se ha despedido del bar Olano. / MARÍN

El adiós del emblemático bar Olano

  • A punto de cumplir 100 años cierra por jubilación un establecimiento que ha sido más que un bar

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Hay despedidas a la actividad laboral, que cabe pensar que en la mayoría de los casos deben reportar una inmensa alegría. En otros, quizá incertidumbre.

El pasado 30 de octubre, al mediodía, Mari Carmen Ansorena, a la que como en tantos otros casos el apellido no le identifica sino el oficio o el local; Mari Carmen, la del Olano, echaba la llave, en su adiós, a un establecimiento que en Ordizia ha sido mucho más que un bar, momento en el que se le entremezclaron los sentimientos. Casa de comidas (cenas) y bebidas, de acreditada solera popular, que atendiendo a la transmisión oral hubiera cumplido 100 años en el 2018.

Mari Carmen reconoce que en el momento de echar el cerrojo se le juntó un poco de todo pero que a sus 63 años recién cumplidos, el cuerpo le pedía ir mimándole un poquito, después de décadas de una actividad de seis días a la semana, de más de ocho horas por jornada, nunca una baja, y fechas duras como fiestas, navidades, etc.

«Ha sido, además -apunta-, una despedida bonita, la gente me ha ido pidiendo las fotos, objetos como por ejemplo la copa en la que aparece rotulado el nombre del bar, cuadros, etc». Y Barrendero, la cabeza de toro disecada que presidía, altiva, la entrada del local, emblema de gancho y atracción, promoción, tras promoción, para los más pequeños. «Además -ubraya Mari Carmen-, el día de la despedida la gente estaba contenta. Para mí tuvo también su momento de liberación porque llevaba todo el año dándole vueltas y me había acabado de agobiar un poco».

Sede popular

Y es que el Olano, cuatro generaciones, ha sido, sobre todo, sede para muchos. No oficial, para el Villafranca UC-Ordizia KE, y para buen número de cuadrillas, empezando por el 'Txantxi' a la que pertenecía Ignacio Olano, su marido. Bar que abrió el bisabuelo, Ignacio, que abanderado por su hijo y abuelo Paco, guardó y recogió la esencia de la afición taurina de la localidad. Punto de encuentro, de manera especial, para la afición al fútbol, sobre todo de la Real, club del que no faltaba la foto del equipo que logró el ascenso en Gijón, y del baloncesto, la afición de Patxi, la cuarta generación. Depósito además de trofeos, txapelas, etc. Y si hablasen las paredes del comedor, apunta Mari Carmen, se ha hecho reuniones de todo tipo.

Y por si fuera poco, estafeta de apuestas, en especial quinielas.

Echar la vista atrás le lleva a la de Zumarraga a recodar que al casarse con Ignacio, en aquel 1979, se planteó seguir con su trabajo en Mondragón o bien incorporarse al bar y aunque le daba respeto ponerse detrás de la barra, salió echar mano del delantal.

«En aquellos días de la década de los 70 de la pasada centuria, aunque la mujer empezaba a alternar, el bar todavía era territorio masculino. Al quedarme viuda en 1986 me volví a plantearme el futuro y decidí quedarme. Una decisión de la que no me he arrepentido», destaca.

Casi 40 años en la casa, testigo además de grandes cambios. «Ha cambiado todo, hasta la forma de alternar. Cuando yo llegué era más trabajo de barra. En fiestas qué consumiciones», enfatiza.

En estos últimos años, dicho sea de paso, buena cocinera, hemos asistido a mucha actividad en el comedor, en especial cenas, y la infraestructura de la cocina no daba.

«El tipo de consumo, no tiene nada que ver. No queda nada de todo aquello que fue el café, copa y puro. Y del champán, que durante años fue algo exagerado, no queda nada. Y del txikiteo; sin duda era bonito ver a todas aquellas cuadrillas, queda lo que queda. Hoy un blanco bueno es lo que predomina. Y en esta casa el café, que tiene su público. Y con el café en algún caso, un chupito. Café -insiste- que no tiene más secreto que mimarlo un poco; el molido, la medida, y finalmente querer sacarlo bien».

Los jóvenes de ahora tienen otras costumbres y solo salen el fin de semana.

La terraza de la casa, esa acera que recoge, si sale, el mínimo rayo de sol, sigue teniendo su gancho.

«Me quedo con el trato de la clientela, me ha resultado gratificante. Además ha sido un bar en el que nunca ha habido problemas. Trato que también ha cambiado, yo diría que hoy nos hemos hecho todos un poco más exigentes», explica.

«Me han hecho hasta una despedida, y cuando les decía que yo no tenía mayor mérito porque lo único que había hecho mi trabajo me contestaban que estaban agradecidas», añade.

Como en todos los negocios familiares, los de casa, como ya saben lo que hay procuran encauzar sus pasos por otros derroteros. «Mi hijo Patxi tenía claro que no quería quedarse y enseguida enfocó su futuro laboral hacia la empresa. Eso sí, hasta el último día le hemos tenido, a la hora de cuadrar horarios, de comodín», reconoce.

«Ha sido un trabajo muy absorbente. No tengo grandes proyectos para mi jubilación, eso sí, pienso hacer esas cosas habituales, como ir al cine, etc, que apenas he podido hacer hasta ahora. Alguna salida, dar una pequeña vuelta a diario y sobre todo, no mirar el reloj», dice.

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