Diario Vasco

Patxi Epelde regresa a Barrena

Patxi Epelde, ante dos de sus obras.
Patxi Epelde, ante dos de sus obras. / MARIN

El artista Patxi Epelde, ordiziarra de adopción, regresa a Barrena, 16 años después de su última concurrencia pública en el lugar, a ofrecer una exposición en solitario. Casa de Cultura, que, lo que son las cosas, representa, junto a su colindante estudio, su segunda morada. Edificio palaciego en el que, por si fuera poco, desde hace tres décadas tiene su taller de pintura y dibujo.

Y queda claro que, por lo que fuera, el tolosarra de cuna no es muy dado a la puesta en escena de su creación plástica, que además, en su mundo, dado a la numerología, en especial por afinidad al 13 (Ez dok 13), en este caso, casi completa la serie de nueve años, tanda y franja temporal con la que desde 1991 ha comparecido, desde un punto de vista artístico, públicamente.

Expuso en Barrena en 1991, a donde regresó a comienzos del año 2000, volvió a escena en el 2009 para responder al encargo del Comité de empresa de CAF que le solicitaba levantar y erigir una obra en recuerdo y homenaje a los trabajadores afectados y fallecidos a causa del amianto, y ahora, a finales del 2016, sin llegar a cumplir un nuevo ciclo y secuencia de nueve calendarios, vuelve a Barrena, eso sí, de alguna forma de manera sobrevenida, digamos que inducido.

Más próximo a la Institución Libre de Enseñanza que al academicismo, considera que en su labor docente está bien impartir y que los alumnos conozcan y dominen las reglas y normas básica del dibujo y la pintura, pero llegado el momento, considera que debe existir la opción de poder romperlas. «En clase, los chavales, los más pequeños son los que más soltura de trazo tienen. Los que menos dudan. Cuando quieren hacer algo, supuestamente en serio, se obsesionan con el academicismo y pierden esa naturalidad», afirma. «Yo valoro la espontaneidad».

Hace 16 años el plumilla y el autor se dieron cita en el bar 'La Jero', un templo del pueblo llano, ya historia de la localidad. Tres lustros cumplidos después, la cita tenía lugar en su estudio, ubicado en un edificio de no menos abolengo que Barrena, como corresponde al palacio Zabala, paredes del local que en cualquier caso no enmarcan un espacio señorial, emblemático, ni especialmente propicio para conjurar a la inspiración. Muros que, eso sí, delimitan un entorno, en su día almacén-tienda de venta de grano, mudado y reconvertido en receptáculo canalla del sortilegio creativo, cual trujal, tolare, lagar de un personal y propio espectro creativo.

Y aunque puedan parecer líneas literarias ampulosas, Patxi Epelde prosigue por un camino de expresión plástica que ha recorrido acompasado a los tiempos y a las circunstancias. «No soy el de hace 16 años, pero queda algo de lo de entonces, si no, no me reconocería», apunta.

A Barrena vuelve con 17 cuadros y una decena de esculturas. Obras impregnadas de simbología, cabalísticas y esotéricas, en las que traslada y expresa sus sentires, sus sueños, sus pesadillas, sus convicciones, sus dudas, sus preguntas sin respuesta, sus obsesiones, sus anhelos, en definitiva su mundo interior.

Cuadros que resuelve recurriendo a menudo a la geometría y en los que la línea del horizonte, quizá la del abismo intrínseco, y el triángulo de la probable traslación cosmológica, vuelven de manera recurrente. Trazos cortantes, que en la misma secuencia, tempestad calma, alterna con torbellinos cromáticos, en pura zozobra anímica.

Líneas, formas, planos, remolinos que encuentran en el rojo de la paleta de colores su primera opción, su pigmento preferido, que a la hora del contraste y necesaria compensación le lleva a recurrir a las tonalidades verdes. Alusión implícita, a su vez, a la naturaleza que refuerza con la incrustación de arena. «Pido a todos los que van a salir por ahí y tengo arena de casi todas las partes del mundo», asegura. Cabría preguntarse si se trata de una sutil marina, o una referencia al páramo. Evidentemente no. Sin duda, evocación y huella de la orilla de la vida.

Y las esculturas, todas en madera, afianzan esa hilazón del autor con la naturaleza. «El concepto es el árbol y el empeño ir a su esencia, a sus vetas, al corazón, incluso a sus circunstancias». Fenomenal las quemadas.

Un autor que en este devenir y trayectoria vital, en el múltiplo de nueve, sigue siendo fiel a sí mismo.

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