Diario Vasco
Julio Villar en el puerto de Donostia.
Julio Villar en el puerto de Donostia. / LUSA

«A veces me pregunto si aquel que dio la vuelta al mundo fui realmente yo»

  • Julio Villar fue la primera persona en dar la vuelta al mundo en solitario a bordo de un pequeño velero

Julio Villar (Donostia, 1943) fue, hace más de cuarenta años, la primera persona en dar la vuelta al mundo en solitario a bordo de un pequeño velero. Durante los cuatro años y medio que duró su aventura, Villar fue llenando libretas con anécdotas, vivencias y recuerdos. Lo que no sabía entonces es que aquel material le serviría después para publicar '¡Eh, Petrel! Cuaderno de un navegante solitario', que tantos años después sigue siendo un referente entre los libros de viaje. Ahora, la compañía Astrolabium lo ha llevado a los escenarios, en una obra dirigida por Mikel Sarregi que llega hoy a Tolosa -20.30 horas en el Topic- como última cita de las jornadas Amalur, a la que también acudirá el propio Villar.

-¿Es la obra fiel a lo que vivió y sintió durante los cuatro años y medio que duró su viaje?

-Creo que cuando una persona escribe un libro deja de ser el dueño del mismo y pasa a serlo aquel que lo lee o quien desea hacer algo con él. Cuando escribí '¡Eh, Petrel!', estaba en alta mar y llenaba cuadernos de recuerdos, de tristezas y de pequeñas anécdotas del día a día. Jamás pensé que fuera a convertirse en un libro. Mikel Sarregi ha cogido extractos del mismo y de entrevistas que me han hecho, incluso del segundo libro que escribí. Y con eso ha construido una obra, que en realidad es suya, y que me gusta mucho. Aunque yo me quedo bastante cohibido cuando la veo, porque ya no sé si yo soy ese, si me parezco siquiera a él. Suelo preguntar a mis amigos a ver si el personaje de la obra se parece a mí y algunos me dicen que estoy clavado, mientras que otros me dicen que no. Pero lo que importa es que la obra está hecha con mucho cariño y respeto y es muy digna en el aspecto técnico, con unos actos poéticos y estéticos muy bonitos. Se ve con una sonrisa.

-Han pasado muchos años pero, ¿cómo recuerda aquel viaje?

-Lo recuerdo con mucha ternura pero también con mucha lejanía. Era un chaval joven y ahora ya me han caído las cenizas en el pelo y me duelen las rodillas. A veces tengo la sensación de haber vivido varias vidas y que el viaje fuera una de ellas. Después he hecho muchas cosas. A veces me pregunto si aquel chico que dio la vuelta al mundo y escalaba soy yo o no, es una sensación extraña.

-¿Volvería a vivir aquella vida?

-Posiblemente en este momento no. Ahora estoy muy cerca de la tierra, de los caminos, y volví de aquel viaje porque extrañaba mucho las estaciones. Durante mi aventura leía a Machado, que me hablaba de Soria, y yo pensaba en volver para caminar por aquellos paisajes. De hecho fue casi lo primero que hice al volver, coger la mochila e irme a recorrer las tierras de las que hablaba Machado y, por supuesto, volver a las cumbres del Pirineo.

-¿Qué fue lo mejor y lo peor de dar la vuelta al mundo?

-No podría quedarme con un momento ni un lugar concreto. A mí lo que me asombraba era estar allá. Pensaba todo el rato 'qué maravilla que yo esté aquí'. Porque podía haberme quedado en Donostia y haber trabajado en un taller, en un banco o en cualquier lado. Y de repente, con 25 años, estaba en una isla desierta del Pacífico o con un grupo de polinesios buceando. Todo eran descubrimientos. Pero ahora, cuando voy a caminar por Urbasa, por ejemplo, tengo los mismos sentimientos que hace más de cuarenta años, cuando hacía cosas mucho más extremas, valientes y exóticas.

-Cuando zarpó no sabía que terminaría dando la vuelta al mundo. ¿Con qué idea emprendió el viaje?

-Había tenido un accidente de montaña y de momento no podía volver a escalar. Así que decidí coger un barco y marcharme. En principio no pensaba dar la vuelta al mundo, me instalé en el barco y pensé en ir a América y volver. Pero según pasaba el tiempo me fui animando. No había navegado nunca y no sabía ni cómo era, ni de técnicas. Pero fui aprendiendo y cuando llegué al Caribe pensé en seguir a Panamá. Y así, poco a poco, di la vuelta al mundo.

-¿Por qué lugares le llevó la aventura?

-Salí de Barcelona y bajé hasta Marruecos, luego fui a Canarias y de ahí al Caribe. Más tarde estuve en las islas Galápago, Marquesas, Cook, Fiji y mucha otras del Pacífico, para pasar después por Nueva Zelanda, Nueva Guinea, el estrecho de Torres, Madagascar, el Cabo de Buena Esperanza, Santa Elena y Brasil. De allí volví a Lekeitio y luego a Donostia.

-Cuando volvió de su viaje declaró que durante aquellos años tuvo 'la impresión de que el hombre está loco'. ¿Lo sigue pensando?

-Sí, sentí eso y lo sigo pensando. No la gente de a pie, los que ves por la calle, sino la humanidad, que está muy despistada, siempre dando tumbos sin saber cómo arreglar sus problemas. Vamos hacia una catástrofe ecológica y no nos damos cuenta. Por ejemplo, la situación de Europa, que nos ha decepcionado a todos, es casi una repetición de los campos de concentración. No pensamos en los pobres refugiados sirios ni en la gente de África, a la cual hemos robado todo y ahora pretendemos que no vengan aquí a poder sobrevivir. La humanidad no está para echar cohetes ni para presumir de nada.

-¿Qué queda de aquel Julio Villar que volvió a Donostia en 1972?

-No lo sé. Me han cambiado las circunstancias. He tenido tres hijas y ahora también tengo nietos. Eso en cierto modo me ata, pero no me desagrada. Me ha gustado ser padre. Son cosas de la vida, pasar de ser absolutamente libre a serlo un poquito menos. Aunque sigo llevando la misma vida y con las mismas ganas. Solo que estoy un poco más arrugado, claro.

-¿Sigue navegando?

-Poco. Hace un par de años fui hasta Canarias con un amigo pero no he vuelto a navegar desde entonces. Tampoco lo añoro, porque mi vida es muy intensa ahora también. Hago todo con el mismo fervor y las mismas ilusiones que hace cincuenta años.

-¿A qué se ha dedicado durante estos cuarenta años?

-Escribí dos libros, he vivido en una masía, he sido agricultor, he llevado barcos al Caribe, a Tahití y a Indonesia, además de haber cruzado muchas veces el Atlántico, a veces solo y otras veces con amigos. Ahora vivo a caballo entre San Sebastián y Tarragona, donde soy una especie de guía-caminante de montaña. Como tengo 73 años ya no puedo hacer ninguna connotación deportiva en lo que hago, simplemente busco la esencia de la tierra. Es lo que más me gusta ahora mismo y lo que espero seguir haciendo el resto de mi vida.

-Su libro '¡Eh, Petrel! Cuaderno de un navegante solitario' sigue siendo un referente y ha animado a mucha gente a comenzar a navegar. ¿A qué cree que se debe tanto éxito?

-Nunca pensé que podría tener tanto éxito. No sé a qué achacarlo. Está escrito de una forma muy sencilla, no pretendo ser nadie en particular, sino simplemente una persona como otra cualquiera que se encuentra en unas circunstancias un poco distintas. No es un libro nada ético, solo cuento cosas pequeñitas del día a día, pequeñas fragilidades, relaciones humanas, tristezas y también alegrías... No era ningún súper hombre que estaba en un barco luchando, yo me sentía muy poca cosa en medio de un océano. La verdad es que considero amigos a todos los que leen el libro.