Un mundo diferente gracias a los nanosatélites fotográficos

Klyuchevskaya. La actividad de este volcán ruso deja un manto de ceniza sobre la nieve que lo cubre. / P. L.
Klyuchevskaya. La actividad de este volcán ruso deja un manto de ceniza sobre la nieve que lo cubre. / P. L.

La mayor constelación de nanosatélites del mundo obtiene imágenes del planeta a una resolución sin precedentes y con volúmenes de su orografía nunca vistos hasta ahora

SUSANA ZAMORA

Hace 72 años que la humanidad empezó a tomar conciencia de sí misma, de cómo era el planeta que habitaba, a verlo con perspectiva gracias a la primera fotografía de la Tierra tomada desde el espacio exterior. «Así se les aparecería a unos visitantes de otro planeta que llegaran en una nave espacial», escribió Clyde Holliday, el ingeniero que desarrolló la cámara de 35 mm. con la que hizo historia el 24 de octubre de 1946 a bordo del cohete V-2 a más de 100 kilómetros de altitud. Nacía la era de la fotografía espacial.

Pero hubo que esperar una década hasta lograr que un satélite artificial, el 'Explorer 6', enviara una foto de una zona terrestre. Lo que se observaba, aunque mal y borroso, era un punto del océano Pacífico iluminado por el Sol y cubierto por las nubes.

Hoy, son más de 5.000 satélites artificiales los que, con distintas funciones, están en la órbita terrestre. Gracias a ellos se puede saber con exactitud cuántas casas hay en un país; detectar la deforestación; planificar el uso agrícola de una tierra o mapear desastres naturales. Las posibilidades son infinitas y la resolución de esas fotografías está a años luz de aquella primera que se tomó en el Pacífico. Las vistas actuales del espacio son espectaculares, pero siguen siendo planas, como si fueran mapas. Carecen de volúmenes y del relieve necesario para saber cómo es la orografía.

La solución al problema la ha encontrado Robert Simmon, uno de los tres extrabajadores de la Nasa que en 2010 fundaron Planet Labs. En apenas ocho años, esta compañía aeroespacial ha puesto en órbita la mayor constelación mundial de satélites (300, aunque solo operan 200), que capta imágenes multiespectrales de la Tierra de resolución media y alta a una escala y frecuencia sin precedentes para el mercado comercial.

Con sus nanosatélites o 'Dove' (palomas), del tamaño de una caja de zapatos y apenas cuatro kilos de peso, han podido abaratar costes y enviar un mayor número de aparatos al exterior. A diferencia de los satélites tradicionales, que captan solo una fracción de la superficie cada día, las constelaciones de Planet Labs cubren el 100% de la masa continental y pueden obtener casi un millón y medio de imágenes diarias: unas 440 de promedio de cada enclave.

Trece de ellos han retratado a la Tierra desde un ángulo distinto. Mejor dicho, con ángulo. El resultado son imágenes excepcionales, tomadas en una altísima resolución, de algunos de los rincones más asombrosos del planeta que, ahora sí, exhiben con detalle casi microscópico su complicada geografía. Rascacielos, valles, islas, picos aparecen en toda su dimensión.

En algunas de esas imágenes tomadas por Planet Labs puede comprobarse el fenómeno de la dispersión urbana con núcleos de edificios altos y emblemáticos y una vasta extensión de viviendas residenciales de baja altura rodeando el 'downtown'. Es el caso de la densa Osaka (Japón) y la árida Riad, capital de Arabia Saudí, en la que casi puede sentirse el aire seco que envuelve a sus rascacielos. También el relieve fotográfico evidencia la relación del ser humano con su entorno geográfico.

Bilbao es un ejemplo: una ciudad a medio camino entre los rigores de sus montañas y la riqueza de la ría del Nervión. Lo es también la Perla de Catar, un archipiélago tan artificial como exclusivo, solo al alcance de unos pocos y a la vista de todos gracias a la nitidez pasmosa de estas fotografías.

La imagen del satélite de Bora Bora constata la maravilla natural que es esta isla volcánica, donde el aire del Pacífico interactúa con ella surtiendo permanentemente de nubes el monte Otemanu. Las continuas emisiones de gas del volcán Klyuchevskaya (Rusia), obliga constantemente a desviar muchos vuelos hacia la península de Kamchatka, pero dibuja un excepcional manto de ceniza sobre la nieve que cubre permanentemente su ladera.

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