LA VICTORIA PÓSTUMA DE NIKOLA TESLA

75 años después de su muerte, aún se reivindican la figura, los inventos y las cenizas del científico

LA VICTORIA PÓSTUMA DE NIKOLA TESLA
OSKAR ORTIZ DE GUINEA

A punto de cumplirse 75 años de su fallecimiento en Nueva York el 7 de enero de 1943, el científico de origen serbio Nikola Tesla vería con perplejidad la reivindicación que hoy en día aún se hace de su figura y sus cenizas, habida cuenta de que le fue hurtado parte del reconocimiento que merecía en vida. En parte, debido a la ambición de otros colegas como Thomas Edison y Guillermo Marconi, tradicionalmente más reconocidos en los libros de historia y en el conocimiento popular como padres de la electricidad y la radio, respectivamente. La justicia con Tesla, quien sin embargo acreditó cerca de 300 patentes, fue póstuma.

La figura de este científico entraña un alto grado de simbolismo en Serbia, en especial en Belgrado, donde hasta el aeropuerto recibe su nombre. Además de un tributo póstumo, conlleva también una cierta dosis de reivindicación patria. Porque el científico de origen serbio en realidad nació en 1856 en Smiljan, un pequeño pueblo (muy cerca de la ciudad croata de Gospić) que entonces pertenecía al Imperio Austríaco pero que hoy pertenece a Croacia. Por supuesto, también los croatas reclaman sus orígenes y en la diminuta Smiljan (hoy apenas supera los 400 habitantes) también se levanta una estatua de Tesla junto a la casa en la que nació. Sin embargo, sus cenizas reposan en Belgrado. Y no lo han hecho en paz, precisamente.

De hecho, en 2014 los medios de comunicación internacionales se hicieron eco de una manifestación en Belgrado en la que cientos de ciudadanos serbios mostraban su rechazo a las intenciones de las autoridades políticas y de la Iglesia ortodoxa de trasladar las cenizas del científico Nikola Tesla del museo que lleva su nombre en la capital serbia, donde permanecía desde su llegada, hace seis décadas. No se planteaba una mudanza a un lugar cualquiera: la propuesta incluía rendir ‘honores de Estado’ a Tesla en el templo de San Sava, una imponente construcción de mármol blanco identificada como la iglesia ortodoxa más grande de Europa.

Pero los manifestantes, muchos de ellos jóvenes, físicos, jubilados o historiadores de arte, que portaban pancartas en las que se reclamaba que dejaran “tranquilo” a Tesla, lo tenían claro. “Tesla no es un santo para ser enterrado en una iglesia. Era científico. Tenemos un mensaje para los políticos: ¡Tengan cuidado con lo que hacen!”, señalaban quienes protestaban en declaraciones al periódico argentino La Nación. De hecho, acabaron constituyendo un grupo llamado ‘Leave Tesla alone’ (‘Dejen en paz a Tesla’) y aunque hoy continúan los intentos por parte de la Iglesia, los restos no se han movido del museo.

La historia pública de Nikola Tesla comienza en Nueva York, en 1884, adonde se desplaza tras destacar en Europa por sus conocimientos y capacidad investigadora. Como equipaje lleva una de las cartas de recomendación más famosas del universo científico, la que uno de sus jefes le escribió para que se la entregara al ya entonces famoso Thomas Alva Edison, para cuya empresa Continental Edison Company Tesla ya había trabajado en París. La misiva rezaba así: “Conozco a dos grandes hombres, usted es uno de ellos; el otro es este joven”.

Ambos empezaron a trabajar juntos inmediatamente. Pero pese a este buen punto de partida, la admiración que Tesla sentía por Edison se convirtió en decepción cuando percibió que el científico y empresario estadounidense abusaba de su trabajo sin reconocimiento (ni moral ni económico). Sus biografías aseguran que Tesla, cuando estaba absorto desarrollando alguno de sus inventos, era capaz de trabajar más de tres días seguidos sin dormir.

Fruto de su desencuentro, Edison y Tesla separaron sus caminos y la corriente alterna, el modo en el que en la actualidad la electricidad llega a nuestras casas y empresas, una de las grandes aportaciones de Tesla, se impuso al sistema implantado por Edison en la incipiente iluminación de Nueva York, la corriente continua. Aliado con el empresario George Westinghouse, dueño de la compañía centenaria que continúa en activo, Tesla iluminó la Exposición Universal de Chicago de 1893 y dirigió la construcción de la primera central hidroeléctrica de las cataratas del Niagara. Su éxito en esta última intervención puso fin a la conocida como ‘guerra de las corrientes’. Tesla ganó a Edison.

Otro de los inventos que la posteridad le ha reconocido a Tesla es la radio, una creación de paternidad muy discutida, también hoy en día. No obstante, es un hecho que la creación presentada por Marconi contaba con 17 patentes de Tesla. Por tanto, cuando menos fue una ‘coproducción’. La Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos concedió finalmente al investigador serbio los derechos de invención en 1943, meses después de su muerte.

Los reconocimientos póstumos y que la cultura popular siga atribuyendo la concepción de la electricidad a Edison y la de la radio a Marconi han contribuido a la imagen de un pionero relegado al ostracismo. En la comunidad científica, sin embargo, nadie duda del valor de sus más de 270 patentes, entre las que figuran sus investigaciones sobre la transferencia inalámbrica de energía, es decir electricidad sin cables –imaginen una bombilla iluminada en una habitación, completamente ‘sola’, sin conductores ni enchufes alrededor–; el control remoto –en 1898 presentó la primera patente de un mando a distancia titulada ‘Método de un aparato para el mecanismo de control de vehículo o vehículos en movimiento’–; los principios teóricos del radar; estudios sobre los rayos X; o los tubos fluorescentes.

Es cierto que su extremada independencia y autonomía como investigador y sus excentricidades mermaron su reputación: las pruebas con un oscilador electromecánico que provocaron un pequeño terremoto en Manhattan; las especulaciones sobre un rayo de la muerte ideado por Tesla, con capacidad para destruir cualquier ser vivo u objeto en un radio de 300 kilómetros; o la creación del teslascopio para impulsar la comunicación interplanetaria.

Pasó los últimos diez años de su vida en la habitación 3327 del piso 33 del hotel New Yorker. Los detalles sobre sus enfermedades –durante un tiempo su dieta se compuso de leche y galletas saladas de la marca Nabisco– y el hecho de que muriera solo en esa habitación de hotel favorecieron el cliché del aislamiento. Pero del libro ‘Nikola Tesla. El genio al que le robaron la luz’, la biografía escrita por Margaret Cheney, se desprende que este genio obsesionado con los múltiplos del número 3, las palomas y el boxeo, insomne y soltero impenitente, tenía también grandes amigos, como el escritor y aventurero Mark Twain, y que su muerte fue lamentada no solo por colegas científicos sino por el matrimonio Roosevelt, por entonces presidente y primera dama de los Estados Unidos.

Tesla era también popular entre los periodistas, que lo incluyeron en sus quinielas para los premios Nobel. Los informadores quedaban fascinados con su laboratorio –el inglés Chauncey McGovern escribió en la influyente Pearson’s Magazine: “Si alguien pisa por primera vez el laboratorio de Tesla y no se le encoge el corazón, es que posee un aplomo mental fuera de lo común…”– y con sus predicciones, algunas de ellas extraordinariamente visionarias: “Cualquier persona, en mar o en tierra, con un aparato sencillo y barato que cabe en un bolsillo, podría recibir noticias de cualquier parte del mundo o mensajes particulares destinados solo al portador; la Tierra se asemejaría a un inconmensurable cerebro, capaz de emitir una respuesta desde cualquier punto”, expuso en la revista Century en ¡1900!.

Hoy, una conocida empresa de coches eléctricos, el aeropuerto de Belgrado, la unidad del Sistema Internacional para medir la inducción magnética y un cráter lunar llevan su nombre. Y productos de la cultura popular como la serie de televisión House y el videojuego de Tomb Raider lo reivindican. Y en 2018, cuando se cumplen 75 años de su muerte, hay otra oportunidad para alumbrar nuevos detalles sobre el progenitor de inventos que han cambiado para siempre nuestra vida cotidiana. Tal vez por eso no sea intrascendente dónde deba uno presentar respetos a sus cenizas.

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