«Yo no veía los porros como una droga y acabé enganchado»

«Yo no veía los porros como una droga y acabé enganchado»

Pedro y Gorka empezaron a fumar siendo adolescentes y ahora intentan recomponer sus vidas en Proyecto Hombre

Arantxa Aldaz
ARANTXA ALDAZHernani

«Sabiendo lo que sé ahora, no habría probado las drogas ni hubiera fumado el primer porro. Es que yo a los porros no les llamaba droga pero he terminado enganchado». Xabier Sainz, director de la comunidad terapéutica de Proyecto Hombre en Hernani, escucha la confesión de Gorka, un guipuzcoano de 38 años que fumó su último canuto de marihuana hace cuatro meses. «A todas las personas que entran les preguntamos qué drogas consumen y es curioso que en algunos casos no mencionan el cannabis. Y cuando les preguntamos: '¿No fumas porros?', entonces responden, 'Ah claro, pero eso...'». La percepción del bajo riesgo del cannabis es común a la mayoría de personas que inician un tratamiento por esta droga -muchas veces asociada a otros consumos, como el alcohol o la cocaína-, expone el terapeuta. «No hay que demonizar el cannabis, pero hay una tendencia a banalizar su consumo. Fumar unos porros no tiene por qué derivar en una adicción, pero el riesgo está ahí. Hay que tener muy en cuenta las consecuencias que pueden traer», añade.

La comunidad de Proyecto Hombre en Hernani, un edificio con un centenar de usuarios entre los que duermen allí y los que acuden a terapia durante el día, está llena de historias de consumos que empezaron como un divertimento y acabaron con vidas y familias rotas. Gorka, un nombre ficticio para preservar su anonimato, lleva cuatro meses peleando para superar su adicción a la marihuana. Ha consumido drogas desde los 12 años. Primero cannabis, como muchos chavales que se inician en la edad preadolescente, luego prácticamente de todo, «menos por aquí», se señala a las venas. «Pero de todas pude quitarme. Veía que me sentaba mal y decía 'hasta aquí'. Trabajé muchos años en un bar y lo dejé para dejar de consumir coca. Con los porros, imposible. Regalaba el costo a un colega y a las dos horas ya estaba buscando a alguien». Vivía, como él dice, «en los mundos de yupi, todo el día tirado en el sofá, enganchado, siempre fumando». Ha mejorado. La abstinencia le ha permitido recuperar, por ejemplo, la memoria. «Yo es que o lo apuntaba en un papel o se me olvidaba todo».

La pérdida de concentración o los fallos de memoria son unas de las huellas habituales que deja el consumo abusivo de cannabis. «Es curioso porque al principio los porros te causan una sensación de relajación, de echarte risas, me daba cierta paz interior, cierta tranquilidad. Pero al final acabé encerrado en mí mismo, aislado, prácticamente solo». También ha logrado recomponer la relación con su familia. No tiene padres y cobra una pensión de orfandad. Su hermano, con el que vive, le mantenía. «Siempre ha estado por detrás para sacarme de los apuros. Me fiaban y al final acabas con malos rollos con todo el mundo». Hasta que dijo basta. Buscó en internet el número de Proyecto Hombre y llamó con ciertas reticencias por lo que allí se podría encontrar.

La imagen de la comunidad asociada a los heroinómanos de los años 80 y 90 todavía pesa entre muchos usuarios y sus familias, aunque la realidad diste mucho de aquellos inicios y hoy sean alcohólicos y cocainómanos quienes proliferan en los programas de rehabilitación. «Tuve que engañar a mi hermano. No le dije a dónde veníamos. Pero en el coche se puso tan pesado que se lo conté. El viaje de ida fue horrible. Hasta que hablamos con Germán -uno de los terapeutas-. Nos explicó cómo funcionaba y después del fin de semana empecé». Hasta hoy.

Pedro, que también prefiere preservar su identidad bajo otro nombre, llegó hace nueve meses a Hernani «arrastrado» por su madre. Tiene 20 años y empezó a fumar con doce. El consumo de fin de semana con los amigos pasó a hacerse diario -«ni sé cuánto fumaba, todo lo que quería»- y después empezaron los «trapicheos con chocolate -hachís-». «Mi madre estaba ya cansada. Se encontraba en casa tabletas, bellotas... Me dijo que no lo permitía». En los últimos años, además, se volvió agresivo. «Mi mayor cambio ha sido volver a recuperar mi personalidad. Lo veía todo negro, y ahora estoy más alegre y he recuperado a la familia». Le pesa «un sentimiento de culpa» hacia su hermano pequeño. «Ha visto cosas que nunca habría tenido que ver», reconoce sin entrar en detalle.

Sabe que el consumo de cannabis está al alcance de la mano. «Yo lo veo como el alcohol, muy socializado, con la diferencia de que no es una droga legal. Es fácil de encontrar, no como la coca o las pastillas». Pero no teme una recaída. Va a empezar a estudiar y ha recuperado su pasión por el deporte, que le ayuda a canalizar su energía negativa. «Tengo claro que voy a encauzar mi vida, me siento fuerte», se aferra.

Xabier, su terapeuta, sabe que ya se ha desencadenado el cambio, primero con la abstinencia y la motivación, y después con el trabajo para recuperar su conocimiento personal. «Cuando reciben el alta -normalmente a los dos años de terapia-, tienen que disponer de los recursos para no volver a recurrir a las drogas. Porque las sustancias, por todo lo endemoniadas que estén, aportan no sentir, no pensar... Es un bastón que tienen que aprender a dejar y descubrir su bastón personal».

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