Las tumbas de la duda

En el viejo cementerio gaditano de San José ha comenzado la mayor exhumación de restos de recién nacidos realizada hasta ahora en España. Los familiares de 46 supuestos bebés robados quieren saber si reposan allí o están vivos en alguna parte

Las tumbas de la duda
JAVIER GUILLENEA

Lo peor es la duda, no saber, haber pasado media vida en busca de algo sin estar muy seguro de qué. Es la angustia de buscar parecidos en los rostros, de intuir rescoldos familiares en los gestos de un desconocido con el que te acabas de cruzar en la calle. Quizá sea mi hijo, se preguntan. Y así todos los días.

Quizá esa mujer que acaba de cruzar la carretera sea Ana María, que el pasado día 16 habría cumplido 41 años, o quizás los cumplió, esa es la duda que alimenta a la vez el dolor y la ilusión de su madre. Conchi Castro fue el pasado viernes al cementerio de San José, en Cádiz, para asistir al comienzo del fin o también de un nuevo principio. «Es que no lo sé», dice ella. Dentro de poco abrirán el ataúd donde siempre le han dicho que está su hija y su madre comprobará si los restos de Ana María están dentro, como tanto teme, o ahí no hay nada, como tanto espera.

Es el mismo momento que aguardan, divididas entre el temor y la esperanza, las 44 familias que sospechan que sus hijos o hermanos les fueron arrebatados al poco de nacer y que allí, en los ataúdes del cementerio gaditano donde se supone que reposan los restos de 46 bebés fallecidos, no hay absolutamente nada. La espera será larga y dolorosa porque volver al pasado nunca ha sido fácil.

«Muchas veces pienso que igual acabo de pasar delante de mi hija y no la conozco»

Un grupo de arqueólogos comenzó el viernes la ardua tarea de llevar a cabo la mayor exhumación de tumbas de posibles bebés robados en España. Con estos trabajos se cumple uno de los objetivos de la asociación SOS Bebés Robados de Cádiz, que agrupa a centenares de familias que tienen fundadas sospechas para creer que los recién nacidos que en su día creyeron muertos están con vida en alguna parte.

El cementerio de San José fue clausurado hace veinte años. Sus nichos están vacíos pero quedan los restos de los cadáveres que fueron enterrados en los patios. Allí, en fosas comunes, aguardan apilados los pequeños ataúdes de los bebés que durante años fallecieron tras nacer en los hospitales de la ciudad. La ubicación de cada uno está perfectamente documentada, lo difícil es llegar hasta ellos y, cuando se consiga, habrá que cribar los restos que se hayan mezclado por el deterioro de las cajas y analizar el ADN de todos para evitar equivocaciones.

Conchi Castro tiene una dirección en mente. «Es la sepultura 33, segunda fila, lugar undécimo del patio de San Marcos». Es allí donde espera que no esté enterrada Ana María. «Yo creo que no hay nada», insiste, aunque sus palabras no suenan muy convincentes. El viernes fue al cementerio pero sufrió una crisis de ansiedad y tuvo que irse. «Se mueven cosas dentro, muchos recuerdos, ¿sabe?, no me encuentro bien».

Sepultura 42

Chary Herrera, presidenta de SOS Bebés Robados, vive pendiente de otra dirección. «Sepultura 42, patio de San Juan, lugar nueve», explica. Es el sitio donde no quiere encontrar a su hermana, que nació y murió oficialmente en 1975 en la residencia Fernando de Zamacola, el actual Hospital Puerta del Mar de Cádiz. «Llevamos años pidiendo permiso para exhumar los restos y ahora que hemos empezado a hacerlo nos sentimos mal. Es una situación muy emotiva que ha afectado a todas las madres», afirma.

La responsable de la asociación calcula que los arqueólogos no tardarán mucho en llegar a los primeros ataúdes. Puede ser cuestión de horas o de unos pocos días, pero eso solo será el principio. «Yo creo que a mí me tocará dentro de unos dos meses y después hay que hacer las pruebas de ADN», asegura Chary Herrera. Es un proceso muy largo que puede durar un par de años.

La asociación ha contratado a una psicóloga para que atienda a los familiares que lo necesiten durante el proceso de exhumación de restos. Para ellos no será fácil vivir el instante en el que surjan de la tierra pequeños féretros devastados por el tiempo con su carga de huesos menudos y quizá mezclados. Sueñan con que todo sea tan sencillo como abrir una caja y comprobar su interior aunque en el fondo sepan que a la hora de la verdad no será así.

Pero quieren estar para verlo, como Conchi Castro, que aguarda el momento de superar su ansiedad para regresar al cementerio, o Toñi Alcina, que desde el viernes pasa las horas junto a las sepulturas. En una de ellas está oficialmente enterrada su hermana o hermano, que nació hace 34 años. Durante el embarazo el ginecólogo le anunció a su madre que el bebé era una niña y pensaron para ella el nombre de Luisa, pero cuando nació le dijeron que era un varón y decidieron llamarle Isidro. «A mis padres les prohibieron ver al niño y les dijeron que había muerto a las tres horas y media de nacer, pero otro documento aseguraba que había fallecido en el vientre materno».

Toñi tenía nueve años cuando la tragedia cambió su vida y la de su familia. Desde entonces viven instalados en el dolor, la duda y la culpabilidad. Y también en una búsqueda constante. «Siempre estamos buscando algo», dice. «Cuando vamos por la calle miramos a la gente para buscar parecidos, te quedas observando fijamente a personas que te parecen familiares y no dejamos de mirar fotos en las redes sociales».

Todos los cumpleaños

«Muchas veces pienso que igual acabo de pasar por delante de mi hija y no la he reconocido. Es muy doloroso», se lamenta Conchi Castro. Cada 16 de octubre celebra, por decirlo de alguna forma, el cumpleaños de Ana María, a la que nunca ha dejado de recordar. «No hay ningún día que no lo haga, tengo tres hijos y un nieto, y a ellos siempre les digo el 16 de octubre que es el aniversario de su hermana. La llevé nueve meses dentro cuando yo tenía 22 años; nunca se me olvida».

Ana María murió poco después de nacer y la enterraron en el cementerio de San José sin que sus padres pudieran verla. «Si ves el cuerpo y después lo entierran, al final pasas el duelo, pero yo solo la vi un rato antes de que se la llevaran y estaba sana». Nació en ese instante la sombra de una sospecha que ha oscurecido su vida y que ahora, cuando parece haber llegado el momento de la verdad, la mantiene en un estado de ansiedad constante. «No sé lo que quiero, una no sabe qué va a ser peor, si encontrar los restos de mi hija o no», repite Conchi cuando se le pregunta qué es lo que espera en San José. «Lo peor es la duda, toda una vida con la duda. Si aparecen huesos, por un lado descansaría, pero yo creo que no van a estar y habrá que seguir buscando», recalca.

«Es muy duro. Lo ideal sería que no haya restos en las cajas, pero si se encuentran y coinciden con el ADN de una familia será un descanso para ella», explica Chary Herrera. «Es un sentimiento contradictorio», confirma Toñi Alcina, que se debate entre dos deseos opuestas. «Yo quiero que no estén sus restos y encontrarme algún día con mi hermano o hermana para decirle que su madre nunca le quiso abandonar», confiesa. Este sería un final feliz, pero no el único.

«Pensando en mis padres -reconoce Toñi- lo mejor es que los restos estén ahí porque ellos lo están pasando muy mal. Mi madre está en tratamiento psiquiátrico y podría cerrar el duelo. En cuanto a mi padre, arrastra desde hace 34 años un sentimiento de culpabilidad porque cuando nació el bebé pidió verlo y no le dejaron. Siempre se ha preguntado por qué no insistió y cómo habría sido su vida si lo hubiera hecho». La suya, la tumba que ha malogrado su vida, será la primera que se abra.

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