«Tiran botellas de cristal, caca de perro, orinan cerca...»

Rocío recibe la ayuda de la ONG Invisibles Coslada. / VIRGINIA CARRASCO
Rocío recibe la ayuda de la ONG Invisibles Coslada. / VIRGINIA CARRASCO

Tener una infancia y juventud complicadas, muy complicadas, no ayuda a generar una buena base para el futuro. No todos partimos con las mismas oportunidades. Y aunque esa es otra historia, para Rocío Roldán -30 años y dos hijos de 6 y 4- fue la raíz de que acabara viviendo en las calles de Madrid cuatro años. En 2006, la residencia de ancianos donde trabajaba cerró y se quedó con una mano delante y otra detrás. La primera noche se fue a un parque de Alcalá de Henares y no pegó ojo. Luego llegaron muchas más... «Me tiraban bolsas de basura, cacas de perro, orinaban cerca... Vendí mi móvil y me fui a Madrid, a pasar el día en la estación de autobuses de Avenida América para asearme. Pedía comida por ahí y por la noche me iba a las escaleras de una estación de metro poco concurrida. O a un parque».

Un año sola -«aprendí mucho, a defenderme, a valorar las cosas»-, hasta que conoció al legionario Manolo. Le llamaban Lolo, 60 años. «Por el día estábamos juntos, hablábamos de nuestras cosas, de las ilusiones, de dejar la calle». Y por la noche cada uno se iba a su sitio, hasta que descubrieron un teatro que había sido hotel y que estaba abandonado. Ahí empezó una buena etapa, porque en la calle, en medio de las penurias, también hay momentos felices. «Invitábamos a otros a dormir en nuestro 'hotel'. Una mujer a la que ayudaba a hacer la compra nos regaló un camping gas y un día cocinamos una pierna de cordero...». Claro que también sufrieron ataques. Una noche dormían en un cajero y unos chicos atrancaron la puerta, la rociaron con alcohol y la prendieron fuego. «Tuvieron que venir los bomberos a sacarnos».

Recuerda ver pasar a la gente y pensar que una vez fue como ellos, que qué le había pasado para acabar así... En una ocasión intentaron violarla en un callejón... «Le rompí la mandíbula con un hierro que encontré, ese no volverá a intentarlo». Y sufrió la pérdida de amigos, incluido Lolo: «Estaba muy mayor, le costaba respirar, llamamos al Samur y se lo llevó. Murió ese día». Empezó una relación amorosa con otro hombre de la calle con el que consiguió ir a una habitación de alquiler. Tuvieron un hijo, pero les quitaron la tutela por los malos tratos que él le daba y que le llevaron a la cárcel, donde hoy sigue. La otra hija que tuvo con él, Esmeralda, le ayuda a levantarse cada día.

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