Símbolo de grandes valores

Simone Veil, en 2009. / EFE
OPINIÓN

Simone Veil, primera presidenta del Parlamento Europeo, sobrevivió al Holocausto y fue pionera en la legalización del aborto

DIEGO CARCEDO

Nadie como Simone Veil ha encarnado los tres grandes valores que Francia ha donado al mundo a perpetuidad. Su abigarrada biografía rebosa hechos y detalles que inmortalizan su talla intelectual, humana, política y ética. Muy joven, apenas una niña, superó con estoicismo la persecución nazi y su deportación e internamiento: siempre conservó en su brazo el tatuaje del número -el 78.651- de prisionera en el campo de exterminio de Auschwitz, y nunca se olvidó de que en la vida hay que luchar. Luchar por todo, por la fraternidad entre los pueblos, la igualdad entre las personas y la libertad esencial para que el ser humano pueda realizarse plenamente y la sociedad convivir a plena satisfacción de todos.

Fue la primera Presidenta del Parlamento Europeo, nombrada por elección general, ministra en varios gobiernos, académica, escritora y, en lo que nos toca más cerca, Premio Príncipe de Asturias de la Concordia, un reconocimiento entre tantos como ha recibido que recordaba con mayor orgullo en su modestia ajena a la ostentación. Ahora que nos ha dejado, bien podría decirse que era el principal exponente que nos quedaba de autoridad ética y ejemplo de dignidad humana. Ninguna batalla por la justicia social ni sus empeños por conseguir logros históricos para todos le salió gratis. Nadie con cierta edad en Francia olvidará los agravios públicos y hasta amenazas que sufrió cuando la defensa de derechos como el del aborto culminó con éxito.

No buscaba, como tuvo que escuchar injustamente entonces, ningún privilegio personal: ya había tenido cuatro hijos fruto de un matrimonio ejemplar, algo que la hacía feliz. Francia ocupó lógicamente su mayor actividad y dedicación. La Cultura Francesa, con mayúsculas, y el recuerdo de su dedicación a la actividad pública tendrán para ella un lugar destacado en la Historia, lo mismo que su contribución a la consolidación de los derechos sociales y la atención a los más desprotegidos. Pero su autoridad y la influencia de su ejemplo, traspasó todas las fronteras para convertirse en un símbolo mundial de dignidad y rigor en la batalla contra la opresión, la pobreza y, de manera muy especial, contra la discriminación de la mujer cuyos avances en el derecho a la igualdad tanto le deben.

Simone Veil ejerció su condición de ciudadana francesa desde una convicción europeísta cuyo optimismo contribuyó de manera decisiva a acelerar el proceso de integración continental en sus tempos más dinámicos. La Presidencia -entre 1979/1982- del Parlamento Europeo, una institución todavía con escasas funciones, fue decisiva para que la hoy UE, entonces Mercado Común, afianzase las bases democráticas que había inspirado a lo padres fundadores. Era una mujer de carácter fuerte -aunque de trato afable- y resolutivo y con las ideas claras, lo cual, como dijo su sucesor, el español Enrique Barón, marcaría la función y el estilo de las futuras presidencias del cada vez más importante Europarlamento.

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