Un pueblo sin monedas

Suances, un pueblo cántabro de 8.500 vecinos, vivirá un mes sin dinero en efectivo. El pan, el café, el periódico... se compran desde la semana pasada con tarjeta, móvil y pulsera digital. Nada de billetes ni monedas

Un pueblo sin monedas
IRMA CUESTA

Son las doce de la mañana y Cristina entra en la panadería que tiene a la vuelta de su casa. - Por favor, una barra de pan...

- Aquí tiene. Son 0,50.

Cristina saca el teléfono y paga lo que debe. Dice que le resulta complicado explicar a sus abuelos que un gesto como ese es suficiente para saldar una deuda, pero que ella es de las que hace tiempo que aparcó el monedero. Miembro de esa generación que no recuerda haber hecho jamás cola ante la ventanilla de un banco, solo tira de efectivo cuando no le queda más remedio.

Poco después entra Rosa. Pide su pan y pregunta por qué hay tanto revuelo. Cámaras de televisión, fotógrafos y gente entrajetada armada con pulseras digitales que al fondo, en la zona donde se sirven desayunos, charlan y toman café mientras una cohorte de periodistas inmortaliza el momento. «Es que hoy comienza el mes sin dinero», le contesta una amable señorita acercándole la barra. Rosa abre el bolso, saca la cartera y le da un euro. Mientras espera el cambio le preguntamos si estaría dispuesta a pagar su pan con tarjeta y contesta airada que no. «Me parece una auténtica tontería. La realidad es que creo que, con todo este asunto del pago digital, los únicos que ganan son los bancos».

Cristina y Rosa son vecinas de Suances, un municipio costero de Cantabria con 8.600 vecinos y 260 establecimientos que, desde hace algo más de una semana, ha decidido vivir en el futuro. Al menos, eso es lo que explicó su alcalde, el socialista Andrés Ruiz Moya, cuando le tocó presentar una iniciativa que durará un mes y que ha convertido al pueblo en el centro de operaciones de una experiencia única en España. Durante cuatro semanas, los suancinos deberán afrontar el reto de vivir sin efectivo. Cada día, cuando salgan de casa para comprar el pan, el periódico, o tomar un café, les bastará con llevar el teléfono o meter la tarjeta en el bolsillo.

Esa es la idea, porque la realidad es que, hasta ahora, un 30% de los comercios del municipio no aceptaba el pago electrónico o digital y algunos vecinos no parecían muy dispuestos a colaborar, por más que los promotores de la iniciativa se lo hayan puesto en bandeja.

Estos días, la única sucursal de Banco Santander en el municipio es el centro de operaciones de este proyecto gestado bajo el manto del Gobierno regional. La idea, desarrollada con el apoyo de Banco Santander, Mastercard y la consultora Analistas Financieros Internacionales (AFI), surgió en el Foro por la Modernización de Cantabria, una iniciativa concebida como un espacio para la reflexión estratégica y el debate. Fue allí dónde se gestó el plan de invitar a los vecinos de Suances a olvidarse del monedero y poner los dos pies en un futuro que, si uno escucha a los representantes de todos los organismos y empresas involucradas en el proyecto, llama a la puerta con insistencia.

Para que las cosas funcionen durante estas cuatro semanas, el terreno se empezó a preparar días antes. Para empezar, los 'embajadores' de lo que se ha bautizado como 'Cantabria pago digital' han visitado todos los establecimientos explicándoles de qué se trata. En un lugar en el que tres de cada diez negocios no acepta el pago con tarjeta, y el efectivo es el medio más utilizado en compras cotidianas por siete de cada diez personas, ha sido un trabajo en ocasiones complicado.

De momento, Banco Santander y Mastercard han dotado con datáfonos a más de medio centenar de establecimientos de esos que hasta ahora no aceptaban el cobro con tarjeta. «Sus propietarios tienen tres meses para utilizar estos dispositivos gratis. Después, si en el futuro no quieren volver a utilizarlos, pueden devolverlos sin ningún tipo de coste», explicaba ayer Diego Vizcaíno, socio de AFI.

Además, han puesto a disposición de los vecinos mayores que aún no tengan, de forma gratuita, tarjetas de prepago; tarjetas no nominativas, que se cargan con un importe de hasta 20 euros, y que no tienen que estar asociadas a ninguna cuenta bancaria.

Los más afortunados, sin embargo, son los diez elegidos a los que se ha llamado 'embajadores sin efectivo' y que durante todo el mes podrán usar unas pulseras de prepago con chips que permiten la lectura en datáfonos. Cargadas con 150 euros cada una, ese pequeño ejército de 'soldados digitales', entre los que hay personas de todas las edades y condición, deberá hacer uso de su nueva arma durante las cuatro semanas y luego analizar su experiencia.

Un asunto complicado

Ese empeño por anticiparles el futuro ha sido recibido en el municipio de formas bien diferentes. Están los que, como Juan, un ingeniero informático de 27 años, hace tiempo que tiene los dos pies en la era digital; y quienes, como Fernando, jubilado de 78 años, no está dispuesto a dejarse el monedero en casa. «¿A santo de qué voy a pagar de otro modo? La peseta era la peseta y ahora el euro es el euro. Conmigo que no cuenten. Yo no sé ni como se usa el cajero», asegura mientras junta monedas para pagar el periódico.

Tampoco el barbero del pueblo, Pedro Tresgallo, parece dispuesto a subirse al tren de la modernidad. Él tiene su opinión del asunto: «Por un lado, por ese servicio el banco me cobra un dinero quedándose con un porcentaje de lo que me pagan los clientes que, aunque no sea mucho, terminan siendo muchos pocos; por otro, las estadísticas hablan: a lo largo del año, solo una media de tres personas me pregunta si puede pagar con tarjeta». Y es que, muchos de esos comercios decididos a no poner un datáfono en su vida, tienen muy claro que no los necesitan. «Si un cliente viene y dice de pagar con tarjeta o con el teléfono, le digo que no hay problema. Si ahora no tiene dinero a mano, puede llevarse lo que quiera y venir mañana», cuenta Aurora, propietaria de una tiendita de ultramarinos. Los hay que incluso ven otro problema: teniendo en cuenta que toda transacción que se realiza por medios digitales queda registrada, algunos prefieren el dinero contante y sonante. «No te lo va a decir nadie, pero es que a los comerciantes nos fríen a impuestos. Una manera de compensar e ir tirando es ir declarando los beneficios a nuestro modo y eso, si todas las ventas se han hecho con tarjeta, es imposible», nos dice otro industrial que, como cabía esperar, no quiere que aparezca su nombre.

Sin embargo, los reticentes son los menos: el 85% de los 260 establecimientos están encantados con la idea y muchos vecinos utilizaran estos días, por primera vez en su vida, una tarjeta.

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