Donde la piedra y el roble se resisten a caer

Si Vegamián tiene a Julio Llamazares, Mansilla de la Sierra puede presumir de otro nombre célebre también vinculado a las letras, el de Ana María Matute. La escritora barcelonesa pasó los veranos de su niñez y primera juventud en la casa de sus abuelos en la localidad riojana, de donde era su madre. Su cariño por este pueblo era tal que le dedicó un libro autobiográfico, 'El río', así como su discurso de ingreso en la Real Academia. Tras su muerte en 2014, la familia de la Premio Cervantes de 2010 decidió esparcir parte de sus cenizas en los bosques de Mansilla. «El pantano me robó el paraíso», escribió la novelista.

El recorrido por las ruinas, hoy completamente a la vista, se retrasa un tanto este domingo de septiembre. El lobo ha hecho aparición de madrugada y ha dado muerte al menos a dos ovejas de un vecino del nuevo Mansilla, el núcleo erigido en 1959 a apenas medio kilómetro del viejo. Aquí -«el pueblo de arriba»- solo viven ya, y en temporada de verano, tres de los habitantes del Mansilla inundado en 1960. Uno es Luis Medel Medel; otro, José Luis Ballesteros Medel. Tienen 76 años y son «primos carnales». Ballesteros es el padre del actual alcalde, José Manuel. Les acompañan Asunción Arroyo, esposa del primero, y la del segundo, Purificación Pablo, más la hermana de esta, Soledad. Ninguna ha nacido en Mansilla.

«Unos querían marchar y otros no. Había dos bandos, pero el que se rebelaba tenía problemas», relata José Luis. En pleno régimen totalitario franquista las cosas funcionaban así. Los más rebeldes, de hecho, fueron sacados a punta de mosquetón por la Guardia Civil. «Había un ingeniero en la confederación que todo lo que pedía el pueblo lo hacía al revés», se queja también Luis. «No tuvo valor para volver más por aquí. Y Franco tampoco vino a inaugurar este pantano». ¿Y las indemnizaciones? Casi mejor no hablar. «A los dueños de la mejor casa les dieron 70.000 pesetas. Al resto, menos», explican. «Y por una casa en el pueblo nuevo cobraban 315.000 pesetas, cuando en el centro de Logroño no llegaban a las 100.000», tercia Purificación.

Basta de lamentos. Luis y José Luis recuerdan los bailes junto a la iglesia en verano, que se trasladaban en invierno al salón cubierto, El Cabildo. «A peseta la entrada para nosotros. Las mujeres no pagaban». Después de 57 años sometidos a la erosión del agua, entre el monocromo de arcilla seca destaca y provoca asombro el estado de conservación de muchos de los muros de casas y edificios. Dinteles y jambas de algunas puertas y ventanas parecen casi nuevos. Construcciones robustas, de pedernal y de roble cortado en luna menguante de enero, más resistente. Debía ser así. En Mansilla, a más de 900 metros de altitud, «muchos inviernos íbamos a la escuela con nieve hasta la rodilla». ¿Este pueblo era rico, no? «Sí», admite José Luis. Llegó a ser cabecera de la comarca de las Siete Villas, tenía tres plazas y nueve puentes sobre los ríos Gatón, Najerilla y Portilla.

Es domingo, es fiesta, lo que ha traído hasta aquí a bastantes curiosos. Algunos interrogan interesados a Luis y José Luis. Los observan como a ejemplares admirables. Lo son.

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