Miramar, un museo de la Belle Epoque

Miramar, un museo de la Belle Epoque

La idea de convertir el 40% del palacio en zona expositiva rivaliza con el posible uso hotelero. Los impulsores del proyecto creen que poner en valor el monumento con mobiliario original sería una actividad rentable que aportaría atractivo turístico y cultural a la ciudad

Aingeru Munguía
AINGERU MUNGUÍA

Cuatro décadas de estancia de la familia real en San Sebastián han dejado como herencia un monumento histórico-artístico de gran valor que hoy busca usos sostenibles. El Palacio de Miramar, en su inigualable ubicación sobre la bahía de La Concha, debate sobre su futuro y en este marco un grupo de donostiarras, con los historiadores Lola Horcajo y Juan José Fernández Beobide a la cabeza, ha levantado la mano para que se materialice su idea de convertir una parte de estas singulares dependencias en un museo de la Belle Epoque que explique la historia del edificio y de la propia ciudad en su momento de mayor esplendor. Sus argumentos son culturales, pero también económicos y turísticos. «Buena parte de los muebles originales se guardan, los donostiarras y sus visitantes estarían encantados de poder acceder a estas dependencias mediante visitas guiadas para conocer su historia, una actividad que con una cafetería-restaurante y una tienda-museo no solo no sería costosa sino que daría dinero y ayudaría a descentralizar y a ofrecer una alternativa al turismo de pintxos de la Parte Vieja», indica Horcajo, autora junto a su compañero de diversas publicaciones sobre el Palacio de Miramar, la villas donostiarras o los comercios de la ciudad.

El palacio fue construido (arquitecto: Selden Wornum, director de obre: José Goikoa) entre 1889 y 1893 por encargo de la reina regente María Cristina para ser la casa de campo durante los veranos. Las estancias de la familia real en San Sebastián no se interrumpieron desde entonces y hasta su fallecimiento, en 1929. Por allí pasaron personalidades como Eduardo VII de Inglaterra, la reina Amelia de Portugal, el príncipe de Mónaco o los reyes de Serbia, Suecia y Bélgica, además de las más renombradas figuras de la música y del canto. Tras la muerte de María Cristina se inició un periodo de letargo en el uso del palacio, aunque en septiembre de 1933 se empleó como alojamiento durante cinco días del presidente de la República, Nieto Alcalá Zamora. Juan Carlos I, padre del actual rey de España, vivió durante cuatro años en sus dependencias (1950-54), hasta finalizar el bachillerato. Y en su capilla, hoy perfectamente conservada, se convirtió en 1906 al catolicismo la princesa anglicana Ena de Battenberg, condición indispensable para poder casarse con el rey Alfonso XIII. En 1972 Juan de Borbón, abuelo del actual rey, vendió al Ayuntamiento el palacio y la finca de 3,4 hectáreas, salvo los muebles que fueron adquiridos por el Estado y buena parte de los mismos aún se guardan en el Palacio de la Cumbre (Aiete). En 1985 se constituyó por el Ayuntamiento, la Diputación y el Gobierno Vasco el consorcio que gestiona el Palacio Miramar. Al año siguiente se llevaron a cabo unas obras de remodelación en la zona Este del edificio (Pabellón del Príncipe y Casa de Oficios) para su uso por los Cursos de Verano de la UPV. En 2001 se realizaron importantes obras de remodelación en la planta primera y segunda para acoger las aulas de Musikene, un uso que finalizó en septiembre de 2016.

Ahora que las instituciones debaten sobre el destino futuro de este singular inmueble, Horcajo cree que ha llegado el momento de su puesta en valor como «equipamiento cultural, compatible con actividades como los cursos de verano, la sede de Eusko Ikaskuntza, congresos, conferencias y otros eventos que hoy se realizan». La núcleo de la zona museística que proponen comprendería algunas dependencias nobles de la planta baja (antecámara, Despacho de la Reina y Hall) y de la primera (dormitorios de la Reina y del Rey), que serían decoradas con mobiliario original, como también lo serían otras dependencias que podrían tener una doble función: ser visitables en la ruta del museo y también alquilables para eventos (con preferencia para este uso). Tendrían esta polivalencia dependencias como la sala de música, la sala de billar, la biblioteca, la capilla o el comedor. Además, el museo ocuparía la gambara o planta segunda para salas divulgativas (audiovisuales) que mostrasen la historia del palacio y la de la propia ciudad. Horcajo cree que algunas de las dependencias podrían utilizarse también para exposiciones temporales de cualquier temática que «permitieran renovar contenidos y mantener el interés y el flujo de visitantes».

Lo que no tienen claro es que el proyecto museístico pueda ser compatible con el del hotel -como apunta el estudio realizado por la sociedad Kursaal-, aunque éste se baraje ubicar en la zona del edificio opuesta a la del museo. «¿Qué aportaría un hotel que no esté ubicado en las zonas nobles?, ¿Seguro que sería de lujo con vistas a Pío Baroja?, Hotel, restaurante, eventos, reuniones, museo... ¿no son demasiadas cosas?», se preguntan los promotores. Su idea es apostar por Miramar como «un recurso cultural y turístico de primera magnitud» compatible con los actuales usos; convertir buena parte del palacio en «un aliciente para prolongar las estancias de los turistas en la ciudad»; y recuperar y mostrar para los donostiarras «un patrimonio histórico-artístico desconocido».

Unos 200.000 visitantes

El museo debía estar complementado con una cafetería-restaurante «en condiciones» y una tienda. En opinión de los promotores del proyecto, el museo no solo no costaría dinero a la ciudad sino que sería rentable económicamente, con una estimación de 200.000 visitantes al año y con un precio de la entrada de 6 euros. «Teniendo el cuenta que la Casa de la Historia de Urgull registró 200.000 visitantes en 2016, que el autobús y tren turístico tienen 150.000 y que el Aquarium llega a las 334.000, no me parece descabellado pensar en estas cifras para visitar un Monumento Histórico-Artístico de carácter nacional, testigo del desarrollo de la ciudad balnearia, y residencia de la familia real durante décadas», indica Horcajo. La historiadora cree que esta cifra de visitas podría aumentar con actividades escolares, exposiciones temporales y también incardinando Miramar en una ruta turística que incluyera el Palacio de Aiete y Cristina Enea. «Hay un turismo de parques y de palacios en todo Europa que está por explotar en nuestra ciudad. Otros con mucho menos sacan más partido a lo que tienen. Nosotros tenemos ahora una oportunidad magnífica con Miramar de explotar este filón cultural y turístico».

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