Del Miño a la Antártida con los juramentados del 47

Quizá fueran las ganas irrefrenables del adolescente Carrascal de echarse al mundo la razón de que, superada la reválida «a la primera», vislumbrara con nitidez en aquel verano del 47, en Lugo, el último de su niñez. A sus 16, olisqueaba el momento de echar a volar y «exprimí aquellos días hasta el final», a chapuzón limpio en las pozas secretas del Miño, con un intrépido viaje con todo el curso a La Coruña, «¡que entonces era como irse a la Antártida!», y conjurándose con los compañeros de clase a que, a partir de entonces, seguirían reuniéndose un día todos los años. «Y así lo hemos hecho durante más de 56». «Fue el último verano de experimentar la libertad plena», evoca.

Fotos

Vídeos