Una manada muy formal... en el banquillo

Los procesados mantuvieron el gesto serio y hablaron poco entre ellos durante el alegato de la acusación

C. BENITO PAMPLONA.

Los miembros de 'la manada' parecían ayer la viva imagen de la respetabilidad: no está claro si se habían esforzado en adecuar su imagen al cliché de 'buen chico' o si, en realidad, siempre tuvieron esa apariencia cuando no estaban en plena correría, pero el caso es que sus atuendos y su compostura habrían hecho las delicias de la mayoría de las suegras. Repeinados y vestidos con jerséis en tonos azules y grises (todos ligeros y con cuello de pico, excepto el de Alfonso Jesús C., el militar, que llevaba una prenda más gruesa), habrían podido superar una prueba muy significativa: si hubiesen podido instalarse en otra sección de la sala, habrían pasado perfectamente por estudiantes de Derecho, como los que ocupaban buena parte de los asientos destinados al público.

Pero se trataba de 'la manada', y parte del interés de la audiencia pública estaba en verles por fin las caras y comprobar cómo reaccionaban ante el escabroso listado de atrocidades que iban enumerando con todo detalle las acusaciones. Todos mostraban gestos serios, impasibles, casi taurinos en la manera de fruncir los labios y apretar las mandíbulas. Los abogados hablaban de restos de semen y de besos negros, reproducían frases abominables que quedaron grabadas en los vídeos, y en esos momentos las caras de póquer extremaban su hieratismo.

El más expresivo era A.M.G., el guardia civil, que cruzaba las manos ante la cara, se colocaba dos dedos en los labios, se rascaba la cabeza... También era, junto al militar, el que más a menudo dirigía los ojos al público, mientras que Ángel B., el más joven de los acusados, mantenía la mirada clavada al frente. José Ángel P., al que se sigue conociendo como el más corpulento del grupo aunque haya perdido veinte kilos durante estos meses de cárcel, parecía el más agobiado de los cinco: por debajo de la mesa, no dejaba de mover nerviosamente una pierna. Y, finalmente, Jesús E., el peluquero, se permitió levísimas sonrisas irónicas ante algunos argumentos de la fiscal y los abogados de las acusaciones. También bostezó un par de veces al final de la sesión.

Gestos de negación

Entre ellos hablaron poco. De vez en cuando, Alfonso Jesús y A.M.G. (que han compartido cárcel en Madrid, separados de los otros tres) cruzaban unas palabras, con la mano ante la boca para ocultar los labios. También José Ángel y Alfonso Jesús se comunicaron unas cuantas veces. Ante alguna afirmación inesperada de un abogado, resurgía la comunicación no verbal de 'la manada', con rapidísimas miradas y gestos de negación, como chispazos de reconocimiento. Y, en los recesos, se desvanecía esa máscara reconcentrada y los acusados sonreían y aprovechaban para charlar.

El momento más inesperado llegó tras la exposición del abogado de la víctima, cuando Jesús C. pidió por señas a un dibujante presente en la sala que le mostrase cómo estaba quedando su bosquejo. Debió de gustarle, porque sonrió de oreja a oreja.

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