Leche sí, leche no

Leche sí, leche no

ELISA LÓPEZ

Ante tantos mensajes contradictorios acerca de la leche, como «es mala, produce cáncer, mucosidad excesiva, asma, somos el único animal que se alimenta de la leche de otros animales» por un lado y, por otro, «hay que consumir tres raciones de leche al día, es buena para los huesos…», expertos en nutrición arrojan luz sobre este alimento tan común.

En un principio, es importante destacar que existen dos problemas fundamentales relacionados con el consumo de leche: la intolerancia a la lactosa y la alergia. En cuanto a la intolerancia, las personas que la padecen sufren constantemente diarreas, flatulencias, retortijones, gases, dolor intestinal e hinchazón, que aparecen en mayor o menor grado cuando la consumen. Es evidente, por lo tanto, que su ingesta para estas personas no es recomendable, aunque sí pueden consumir leche «sin lactosa» y así evitar el problema de la intolerancia a este azúcar.

Historia de la intolerancia

En la antigüedad, hasta los tres o cuatro años nos alimentábamos, fundamentalmente, de leche materna, por lo que hasta esa edad digeríamos la lactosa perfectamente ya que el gen que se encarga de sintetizar la ‘lactasa’ –la enzima que se encarga de digerir la lactosa– funcionaba correctamente y la producíamos en abundancia. Pero a partir de esa edad, este gen se inactivaba y la enzima dejaba de producirse. A partir de ese momento, ya no podíamos digerir la lactosa y nos hacíamos intolerantes a ella. Este mecanismo fue muy útil en el pasado, ya que a partir de esa edad y no poder digerir leche, los bebes se desprendían de las tetas de sus madres, que así quedaban libres para poder volver a procrear.

Hace unos 10.000 años, al comienzo del Neolítico, el ser humano comenzó a cultivar la tierra, a domesticar algunos animales y formar pequeños poblados. A partir de ese momento, tuvo a su disposición recursos alimenticios que hasta entonces no había como la leche de vaca, cabra, oveja… , aunque como ya hemos avanzado no toleraban la lactosa. Según estudios actuales, hace 7.500 años, en la zona en la que actualmente se encuentra Hungría, apareció una mutación en el ADN de algunos individuos que les permitió digerir la lactosa. Es decir, se hicieron tolerantes. Esta mutación confirió una enorme ventaja a aquellos que la poseían porque de esta manera tenían acceso a un recurso nutritivo muy valioso por el aporte extra de proteínas, grasas, calcio, magnesio, potasio, fósforo, vitamina A, B y D… disponibles en la leche. En aquellos tiempos de escasez, los que se podían permitir el lujo de alimentarse de este producto tuvieron un gran éxito evolutivo, y esta mutación se transmitió a su descendencia, que podría competir con mayor éxito con sus primos «intolerantes».

Esta misma mutación también se produjo, y de forma independiente, en algunas regiones del oeste de África y Oriente Medio, donde vivían fundamentalmente del pastoreo. Pero el cambio estaba aún muy lejos de ser universal y, hoy día, solo un tercio de la población mundial es tolerante a la lactosa. La mayor parte, europeos o descendientes de europeos y de las zonas de África y Oriente Medio mencionadas.

En el norte de Europa la mutación tuvo mucho más éxito que en el sur, probablemente porque la radiación solar, imprescindible para la síntesis de la vitamina D es menor. Y por esta razón el aporte extra de vitamina que supone incluir leche en la dieta es más determinante en las poblaciones del norte que en las del sur, donde la radiación es mayor. En países del norte de Europa la tolerancia a la lactosa está entre el 80 y 95% de la población. En España, actualmente, alrededor de un 50% de la población es capaz de digerir la lactosa, y es también en el norte (Galicia, Asturias y País Vasco) donde los porcentajes de tolerancia son mayores.

Otra cuestión muy diferente es el tema de las personas alérgicas a la leche. En este caso se trata de una reacción del sistema inmunitario ante proteínas de la leche. Este problema afecta alrededor de un 2/3 de la población infantil. La mayoría dejan de ser alérgicos a lo largo de los tres primeros años, y entre la población adulta la alergia a la leche es excepcional.

La leche como alimento

Si no se da ninguno de los problemas anteriormente mencionados, ¿son la leche y los lácteos alimentos recomendables?

En primer lugar, es necesario saber qué contienen 100 gramos de leche: 87 gramos de agua, en ella se encuentran disueltos una buena cantidad de elementos como calcio, sodio, potasio, magnesio, fósforo... muy importantes para el desarrollo de los huesos y para el funcionamiento de músculos y sistema nervioso; 4,5 gramos de lactosa; 3,3 gramos de proteínas, proteínas de alto valor biológico, es decir, que contienen un alto contenido en aminoácidos esenciales, que son los que nuestro organismo no puede sintetizar por lo que tenemos que obtenerlos de nuestra dieta; 4,5 gramos de grasa que se encuentra como una emulsión en pequeños glóbulos suspendidos en el agua, además de vitaminas A, B, D, E y K.

Un alimento nutritivo

Con estos datos en la mano, parece que la leche es un alimento de alto valor nutritivo. ¿Y cuánta leche se debería consumir? Según señala el punto cinco del decálogo de la dieta mediterránea, habría que consumir productos lácteos a diario y de forma moderada. Pero, ¿qué significa «de forma moderada»? Según recomiendan muchos nutricionistas, los niños deben consumir entre 2 y 3 raciones de lácteos, igual que los adultos, y los adolescentes un poco más, entre 3 y 4 . Una ración sería el equivalente a un vaso de leche o 2 yogures.

Por otro lado, a la leche se le acusa de muchas ‘maldades’, como por ejemplo, que produce cáncer. Existen diversos estudios en torno a este tema. Si embargo, los metaanálisis parecen indicar lo contrario, ya que no se han encontrado evidencias científicas determinantes entre el consumo de leche y el cáncer de próstata o vesícula. Y, por otro lado, el consumo de leche se relaciona con una menor incidencia de cáncer de mama y colon. Tampoco existe ninguna evidencia de que cause mayor mucosidad o asma, ni de que vinculen el consumo de leche entera a un mayor riesgo cardíaco.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos