Juicio 'Loveparade', un dolor necesario para las familias de las víctimas

Paco Zapater lleva en la solapa un retrato de su hija Clara Zapater, a su llegada para asistir a la primera sesión del juicio contra diez presuntos responsables de la tragedia de la "Loveparade" de 2010./Efe
Paco Zapater lleva en la solapa un retrato de su hija Clara Zapater, a su llegada para asistir a la primera sesión del juicio contra diez presuntos responsables de la tragedia de la "Loveparade" de 2010. / Efe

Diez acusados por homicidio negligente en el que murieron 21 jóvenes, dos de ellos españoles

DÜSSELDORF (ALEMANIA)

Las familias de las víctimas de la "Loveparade", la fiesta tecno en la que murieron 21 jóvenes aplastados entre la multitud, acudieron hoy a la apertura del juicio por la tragedia conscientes de que revivirán un dolor nunca superable y de la necesidad de enjuiciar a sus responsables.

"Lo peor fue venir entonces a identificar el cuerpo de mi hija. El desgarro sigue, pero ahora acudo con la entereza de quien sabe que hace lo correcto", dice a Efe Paco Zapater, abogado de Tarragona y padre de Clara, una estudiante de 22 años que murió en esa fiesta el 24 de julio de 2010, en Duisburgo (oeste de Alemania).

Su hija y su amiga Marta Acosta, de la misma edad y también en Alemania con un programa Erasmus, murieron "asfixiadas entre la multitud, porque no había salida en esa ratonera", sostiene Nuria Caminal, esposa del abogado y, como él, impulsora del proceso.

En los siete años transcurridos desde ese día, el marido se ha acostumbrado a atender a los medios con una sonrisa tranquila, mientras que a su mujer se le escapan inevitablemente las lágrimas, de dolor y también de rabia. "Nunca debieron autorizar esa fiesta ahí. La codicia del organizador y la petulancia del alcalde desencadenaron la tragedia", apunta Gabi Müller, madre de otro muchacho muerto ese día que junto con los Zapater "removió cielo y tierra" -en palabras de Nuria- para impedir que se archivase el caso.

Las familias Acosta, Zapater y Müller forman parte de la acusación particular que recurrió la decisión de la Audiencia de Duisburgo de 2016 de no abrir proceso y hoy tuvieron por primera vez ante sí a los diez encausados: seis empleados de la administración local y cuatro de la empresa organizadora del festival, Lopavent. "Me he plantado ante ellos, les he mirado a la cara. Cuando vengan como testigos los culpables de verdad también estaré aquí", asegura Nuria Caminal, decepcionada como Müller porque no estén entre los acusados el jefe de Lopavent, Rainer Schaffer, el entonces alcalde Adolf Sauerland y el jefe de la policía local.

La madre de Clara admite que no tendrá valor para asistir a las vistas en que se mostrarán de nuevo las imágenes de una tragedia en la que, además de las 21 víctimas mortales quedaron heridas 652 personas, y por las que se acusa de homicidio negligente y lesiones físicas a los diez procesados. "He visto esos vídeos y fotos muchas veces. Pero no sé si lo soportaría aquí", dice ante el inicio de un juicio, trasladado a Düsseldorf por razones de aforo.

Hasta 2018 se han programado 111 vistas, pero el final del proceso es incierto. Los Zapater temen que pueda alargarse hasta prescribir, en julio de 2020, los cargos contra los acusados. "El amor no acaba nunca, pero la justicia prescribe", lamenta. La primera parte de esa frase es la que quedó inscrita en el monumento en recuerdo de las víctimas, en el lugar de la tragedia, que el matrimonio visita todos los años en el aniversario de la tragedia.

Las imágenes de lo ocurrido en el túnel de 400 metros de largo que debía servir de acceso y salida al recinto para hasta medio millón de jóvenes siguen siendo "un hachazo en el corazón", afirma la madre de Clara Zapater.

Que al final no acudiera la cifra ansiada por los organizadores, sino aproximadamente unos 150.000 jóvenes evitó "que hoy no seamos muchos más los que lloramos a nuestros hijos", dice, mientras su esposo, sin perder la sonrisa, pero con los ojos enrojecidos, posa un brazo sobre sus hombros. "Queremos tres cosas: que se juzgue a los responsables, que se aclare cómo ocurrió y que no vuelvan a haber tragedias como ésta, en ningún país del mundo", dice el abogado.

Que el juicio se celebre siete años después, que nadie asumiera voluntariamente responsabilidades políticas -el alcalde acabó dimitiendo tras un referéndum ciudadano en que una abrumadora mayoría pidió su cese- es algo que no extraña ya al matrimonio de Tarragona. "Cuando Clara nos dijo que se venía a Alemania con el Erasmus nos quedamos tranquilos. Pensábamos que éste es un país donde las cosas funcionan bien", asegura el padre. La tragedia y la "ineficacia judicial" posterior le mostraron "una Alemania que creía imposible", asegura.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos