La isla que no admite mujeres

Okinoshima, en Japón, no admite mujeres por «impuras». Sus ocupantes, monjes sintoístas, acogen solo hombres. 200 al año y desnudos

ICÍAR OCHOA DE OLANO

La mitad de la Humanidad no es bienvenida allí. Al contrario, tienen su acceso absolutamente vetado. La otra mitad podría ir de visita con cuentagotas, un único día al año si les aceptan, y previo y preceptivo ‘striptease’. Okinoshima, una isla nipona del tamaño de dos veces la Ciudad del Vaticano, gestionada por monjes sintoístas, considerada sagrada por el país del sol naciente y atestada de ratas, acaba de ser proclamada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco. Su «valor universal es excepcional», alaba tan campante la organización supranacional.

La leyenda dice que los antiguos dioses Shinto instalaron allí a tres emperatrices para que cuidaran y salvaguardaran la nación. Situada estratégicamente a caballo entre Corea del Sur y el archipiélago japonés, en la antigua ruta comercial marítima entre las islas y el continente asiático, se convirtió enseguida en pasto de peregrinaciones. Sobre todo, a partir del siglo IV y hasta el IX, cuando recibió a miles de romeros pescadores y mercaderes que acudían a celebrar rituales para orar por la seguridad de sus embarcaciones y el éxito de sus periplos comerciales o diplomáticos al otro lado del mar de Genkai.

El fervor suscitado a lo largo de los siglos por esta ínsula perteneciente a la ciudad de Munakata, en la prefectura de Fukoka, al sur del país, propició que se hayan encontrado más de 80.000 objetos enterrados –entre ellos, joyas, cuentas, espadas o espejos– que los fieles devotos depositaban como ofrendas a sus dioses para que atendieran sus peticiones. El Gobierno nipón los ha ido recogiendo y designando parte del tesoro nacional. Por todo ello, Okinoshima, de la que solo entran y salen sacerdotes, es considerada una ‘shinto kami’ o lugar sagrado.

Es propiedad del Santuario Munaka Taisha, una celosa y sectaria comunidad de monjes que la gestiona mediante una estricta política de visitas. Ninguna mujer ha puesto sus pies jamás en el islote y se han jurado que la tradición seguirá viva. Aunque no existe una explicación oficial al veto, los expertos lo atribuyen a la menstruación. El Sintoísmo repudia todo tipo de desorden o «impureza» de los seres humanos, como este proceso fisiológico femenino. Su presencia es, por tanto, inaceptable en tierra de dioses. La podrían ‘contaminar’ fatalmente. Los religiosos, por su parte, prefieren atribuirlo a la peligrosidad del trayecto a la isla por mar, que lo hace desaconsejable para las mujeres, dado que son las «porteadoras de la descendencia y las encargadas de cuidar a los niños».

Jurar confidencialidad

Así, únicamente los varones tienen la posibilidad de que su solicitud de visita sea tenida en cuenta. En caso de que sean aceptados, deberán acatar algunas normas. La primera consiste en desnudarse de arriba abajo nada más llegar para someterse a un concienzudo ritual de purificación en las aguas del mar. Terminada la incursión al islote, de apenas un puñado de horas de duración, no podrán llevarse consigo ni siquiera una hoja marchita recogida del suelo o una piedra de la playa. Cero ‘souvenirs’. Más aún, deberán pronunciar el juramento de que no hablarán con nadie sobre los detalles de su estancia en Okinoshima. Será como si nunca hubieran estado allí.

Tampoco podrán gozar de una sosegada experiencia en solitario. El cupo de visitas masculinas que toleran al año es de doscientas. Ni una más, ni una menos. Y todas suceden a la vez. En concreto, el 27 de mayo, cuando los religiosos celebran una ceremonia en conmemoración de los marineros que cayeron en aguas próximas durante una batalla naval entre Japón y Rusia, a primeros del siglo XX. Ingresada ahora en el club de los lugares culturalmente más selectos del planeta por la Unesco, la oficina municipal de Munakata no da abasto para responder a la avalancha de agencias de viajes que se interesan por un destino turístico aún virgen. El sumo sacerdote del santuario, Takayuki Ashizu, ya lo tiene decidido. «No abriríamos Okinoshima al público, ni tampoco a las mujeres. Este lugar no se visita por curiosidad». Amén.

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