«Son invisibles a nuestros ojos y entre esta gente hay auténticos héroes»

'Hombre de 60 años, casado, padre de tres hijos y con un trabajo bien remunerado como director del departamento de Crédito y Cobro de una multinacional alemana (del que se acaba de prejubilar), busca niños presos a los que sacar al parque, jugar y hacer deberes'. Esta podría ser la tarjeta de presentación que Antonio de Francisco esgrimió hace tres años, cuando se presentó en la asociación del padre Garralda. Al poco estaba tocando el timbre de un modesto piso de presas en las afueras de Madrid. «Entré, me senté en el sofá y me presenté. Enseguida tuve a cuatro chiquillos pegados a mí tocándome y preguntándome por mi pelo blanco y mi bigote, ¡a ver si era el mismo pelo! Viven rodeados de mujeres y extrañan la figura de un hombre», relata. Ahora, cuando presiona el mismo timbre, al otro lado de la puerta se escucha la revolución. «¡¡¡Es Antonio!!! ¡¡¡Es el abuelo!!!». Y al visitante se le cae la baba. «La primera vez que lo dijeron pensé para mi: '¡ostras, me han aceptado', se emociona. «Son críos muy frágiles y dependientes, con una curiosidad infinita. Les llevas al parque y se quedan parados viendo las hormigas», relata este directivo metido a cuidador de menores, que se ha propuesto involucrar a su «otra» familia. «Vivimos muy alejados de ellos. Son invibles. Y son como nosotros. Incluso más. Algunos son verdaderos héroes -afirma-. Esto merece la pena. Les ves mejorar, evolucionar, y te dan cien veces más de lo que les das».

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