El horror de Setsuko Thurlow

Los reyes de Suecia (d) presiden la ceremonia de entrega de los Premios Nobel en la Sala de Conciertos de Estocolmo./Fredrik Sandberg (Efe)
Los reyes de Suecia (d) presiden la ceremonia de entrega de los Premios Nobel en la Sala de Conciertos de Estocolmo. / Fredrik Sandberg (Efe)

Víctima de la bomba de Hiroshima, narra en Oslo los horrores de la guerra nuclear. La Fundación Nobel denuncia que los derechos humanos de los rohinyás son «ignorados» en la entrega de los premios

Daniel Roldán
DANIEL ROLDÁNMadrid

Los circunloquios, las metáforas y los dobles sentidos quedaron aparcados ayer en Escandinavia. Ni en Oslo ni en Estocolmo los oradores recurrieron a estas figuras estilísticas, que brillaron por su ausencia en sus discursos para la ceremonia de entrega de los Premios Nobel, convertida en un acto más reivindicativo que festivo. Setsuko Thurlow fue la primera. Octogenaria, esta japonesa sobrevivió al ataque nuclear de Hiroshima. Sus recuerdos inundaron el Ayuntamiento de Oslo, donde más de un millar de personas escuchaban su discurso, su vida.

Porque Setsuko no necesitó de muchos papeles para explicarles a los reyes de Noruega y al resto de la audiencia qué ocurrió ese 6 de agosto de 1945 cuando la muerte arrasó su ciudad. Más de 220.000 personas fallecieron por culpa de las bombas atómicas caídas en Hiroshima y Nagasaki. Además, están las miles de personas que fallecieron por culpa de sus secuelas a lo largo de los 72 años transcurridos desde aquella tragedia.

Ella estaba en el colegio. «Salí arrastrándome. Las ruinas ardían. La mayoría de mis compañeros de clase murieron quemados vivos», relató con aplomó a sus 85 años. Recordó a su sobrino Eji, de tan solo cuatro años y que se convirtió por culpa de la bomba en «un trozo fundido de carne». «Pidió agua hasta morir», recordó su tía, instalada desde hace décadas en Canadá. «Los supervivientes éramos una procesión de fantasmas. Había gente herida que sangraba. Estaban quemadas, ennegrecidas...», enumeró después de recoger el Nobel de la Paz entregado a la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN).

«Nueve naciones amenazan aún con incinerar a ciudades enteras, destruir la vida en la Tierra, convertir en inhabitable nuestro bello mundo para las futuras generaciones», se lamentó Thurlow, quien señaló que «las armas nucleares no son un mal necesario, son el mal absoluto». En la actualidad, se calculan que hay unas 15.000 ojivas nucleares en el mundo.

Unas bombas que pueden acabar con el mundo por el simple hecho de que alguien «pierda los estribos», explicó Beatrice Fihn, directora de la ICAN, que engloba a unas 500 ONG en un centenar de países y lleva años alertando del peligro de este tipo de armas, en un contexto en que la amenaza de Corea del Norte es cada vez más importante.

La ICAN registró una importante victoria cuando Naciones Unidas aprobó en julio un nuevo tratado que las prohíbe. El documento, adoptado por 122 países a pesar de la oposición de las nueve potencias nucleares, podría tardar años en entrar en vigor, pues tiene que ser ratificado antes por, al menos, 50 firmantes.

De momento, sólo tres países -Vaticano, Guayana y Tailandia- lo han ratificado. «El mensaje principal de la ICAN es que el mundo no puede nunca ser seguro mientras tengamos armas nucleares», subrayó la presidenta del comité Nobel, Berit Reiss-Andersen, en su discurso de entrega del Nobel. «La amenaza de una guerra nuclear es ahora la más elevada desde hace tiempo, sobre todo debido a la situación en Corea del Norte», agregó. En señal de aparente desconfianza, según recoge AFP, las potencias nucleares occidentales (Estados Unidos, Francia, Reino Unido) no enviaron a sus embajadores a la ceremonia del Nobel, y sí a diplomáticos de segundo nivel.

Si Thurlow fue clara en su discurso, el presidente de la Fundación Nobel no le fue a la zaga. Carl-Hendrik Heldin alabó las virtudes de todos los premiados -por segundo año consecutivo, no había ninguna mujer- y criticó con dureza la situación de los rohinyás, la minoría musulmana de Birmania. «Los derechos humanos fundamentales están siendo ignorados, siendo un ejemplo terrible el trato de los rohinyás en Birmania», explicó en su discurso. Era un doble toque de atención: uno a la comunidad internacional y otro a la consejera de Estado del país asiático, Aung San Suu Kyi, que en 1991 recibió el Nobel de la Paz y que ha sido muy criticada por su tibieza a la hora de resolver esta crisis.

Heldin explicó las «nuevas amenazas» que afronta el mundo. Citó que la ciencia está en cuestión, la cooperación entre los países se reduce y la posverdad se ha convertido en una realidad. El presidente de la Fundación Nobel apeló al trabajo en las escuelas porque, hoy más que nunca, «los jóvenes necesitan conocimientos de alta calidad» para aprender y entender que es necesario «respetar las diferentes opiniones y encontrar caminos comunes y llegar a conclusiones sensatas».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos