La fuerza invisible de Japón

Mujeres de un grupo folclórico ríen con el primer ministro, Shinzo Abe, en una fiesta de primavera. /ISSEI KATO
Mujeres de un grupo folclórico ríen con el primer ministro, Shinzo Abe, en una fiesta de primavera. / ISSEI KATO

Las últimas elecciones han confirmado el peso marginal de la mujer en la política nipona, reducido al 10%. Ocurre lo mismo en otros campos, salvo el doméstico. «Es un país que se debe a sus tradiciones»

JOSEBA VÁZQUEZ

Hay reglas que se confirman por medio de una excepción. Otras, en cambio, lo hacen a base de la machacona reiteración de un hecho. Ocurre en Japón, donde el escrutinio de las elecciones del pasado domingo ha corroborado el liderazgo político del conservador Shinzo Abe, que repetirá como primer ministro nipón por tercera legislatura consecutiva, y la pobre presencia femenina en la Cámara de Representantes. En los 465 escaños del órgano legislativo nipón se sentarán únicamente 47 mujeres, dos más que en los comicios de hace dos años y siete menos que en los celebrados en 2009. En el ganador Partido Liberal Democrático de Abe, las mujeres constituían solo el 8% de los candidatos frente a algo más del 20% presente en algunos de los partidos de oposición.

Con esos 47 escaños, el 10,1% de la Cámara baja, Japón 'asciende' del puesto 165 al 161 en términos de representación parlamentaria femenina entre 193 países, según los datos actualizados al pasado septiembre por la Unión Interparlamentaria (IPU), una entidad que figura como observadora permanente de Naciones Unidas. En contra de lo que pudiera pensarse, ningún país de la Unión Europea aparece entre los cinco primeros en esa relación, encabezada por Ruanda (61,3% de presencia femenina en su Parlamento), Bolivia (53,1%) y Cuba (48,9%). Cuatro estados africanos se encuentran entre los doce mejor colocados y España ocupa la decimocuarta posición, con un 39,1% de asientos femeninos (137) entre los 350 del Congreso de los Diputados. Solo le superan Suecia, Finlandia y Bélgica en la UE, donde la media es del 28,69%.

La presencia de la mujer japonesa en las élites empresariales es aún menor que en la política. A pesar de que un 66% del total de la población femenina se ha incorporado al mercado laboral (en España esa tasa es del 53,13%), solo un 9% ocupa puestos ejecutivos. Una cifra de nuevo muy inferior a la de España (37%), Unión Europea (35%) o Estados Unidos (20,1%). Todo esto sitúa a la sociedad nipona en el puesto 101 en el Ranking de Igualdad de Género, elaborado por el Foro Económico Mundial. En estos parámetros, Japón es de largo el país con mayor desigualdad por sexos dentro del G7 y se sitúa incluso por debajo de la media asiática.

La tercera potencia económica mundial cae al puesto 101 en igualdad de género

No por añejas y conocidas dejan de sorprender estas referencias estadísticas en la que constituye la tercera economía mundial, generadora del 6% de la producción del planeta, solo por detrás de Estados Unidos y China. ¡Alguna explicación habrá para este desfase entre potencial industrial y desigualdad de género! «En parte se debe a una prevalencia del machismo, pero también sucede que, mientras Japón se encuentra en la cumbre de la tecnología y el desarrollo, en el aspecto de las relaciones humanas y la educación emocional se sitúa por debajo», opina Carolina Ceca, una artista visual española que lleva siete años trabajando y residiendo en Tokio.

Otra española que vive allí desde marzo de 2011, Teresa Iniesta, gestora cultural del Instituto Cervantes en la capital nipona, apunta que «el camino de la mujer en el mundo laboral es complicadísimo. Los hombres ganan más y acceden a mejores puestos, por lo que a veces son ellas las que renuncian a esa competencia». Pero, además, «volver a trabajar después de dar a luz es muy complicado, entre otras cosas porque hay poquísimas guarderías», apunta Iniesta. Debe ser por esto que un 60% de ellas dejan definitivamente su ocupación laboral al tener el primer hijo.

Jefas de la economía familiar

Pero hay algo más. «Las mujeres llevan las riendas de la economía y de las inversiones familiares», revela Carolina Ceca. Amplía este aspecto Teresa Iniesta. Su «marcado perfil feminista» no le impide a la empleada del Instituto Cervantes hacer la siguiente reflexión: «Los hombres trabajan muchísimas horas, hasta diez o doce al día, lo que les provoca un porcentaje relevante de muertes, pero ellas administran las cuentas de la casa y deciden los gastos. Se presenta a veces a la mujer japonesa como sumisa, pero yo no lo veo así. Tampoco son contestatarias, pero no veo ningún tipo de sumisión a la hora de gastar y disfrutar el dinero que gana el hombre. En este equilibrio no tengo claro quién gana». Su diagnóstico se asemeja al que ha aportado recientemente en una entrevista la argentina Marta Pena Matsushita, profesora emérita de la Universidad Doshisha, en la que ha trabajado durante décadas: «El modelo dice que el escenario del hombre es lo público y el de la mujer, el privado, el hogar».

¿Se puede o se quiere cambiar este ancestral reparto de roles? Parece complicado. «Japón es un país que hereda y se debe a sus tradiciones», resume Manuel de la Gándara, gestor de Comunicación de la Cámara de Comercio Hispano Japonesa. El Gobierno, con cinco nombres femeninos entre sus 18 carteras, dice llevar unos años tratando de «corregir las disparidades de género en una sociedad donde tanto mujeres como hombres tendrán las mismas oportunidades». Se ha marcado el objetivo de que, para 2020, el 30% de los puestos directivos de empresas y en política tengan una titular femenina. En los últimos meses, Tokio ha elegido a su primera mujer gobernadora, Yuriko Koike, y la parlamentaria Rehno Murata, del Partido Democrático, se ha convertido en la primera señora al frente de la oposición en su país. Carolina Ceca espera que «esto no sean fuegos de artificio».

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