Enfermedad mental y violencia

La esquizofrenia es una enfermedad cerebral grave y crónica que puede ser, si no curada, controlada con tratamiento farmacológico, terapia psicológica y seguimiento. Entre sus síntomas están las alucinaciones -los afectados perciben imágenes y voces irreales-, los delirios -ideas fijas, a menudo paranoicas-, el pensamiento desorganizado y las alteraciones de la conducta. Los brotes psicóticos son puntuales y pueden repetirse varias veces en la vida. Hay síntomas más discretos y persistentes, como la asociabilidad, la falta de emociones o el deterioro cognitivo.

Para los expertos, la asociación entre esquizofrenia y crimen es «injusta y humillante». «Suelen ser más víctimas que perpetradores. Existen cien veces más posibilidades de que se suiciden a que cometan un acto violento contra un tercero», asegura el psiquiatra Andrés López Pardo, colaborador de la fundación pública Faisem, que atiende a 10.000 enfermos mentales andaluces, entre ellos 50 internos del psiquiátrico penitenciario. Para evitar la judicialización de la enfermedad mental, la clave es la prevención. No es posible predecir si una persona se tornará violenta -«Los profesionales no tenemos capacidades adivinatorias»-, pero sí actuar sobre los factores de riesgo, como el abuso de drogas o alcohol, los ambientes marginales o la ausencia de tratamiento.

En este sentido, su colega Jorge Cervilla recalca que este trastorno incluye la creencia del afectado de que no está enfermo, de ahí que sea frecuente que deje de tomar sus medicinas. El catedrático no comprende por qué en España no se hace uso de los fármacos antipsicóticos de liberación lenta, como medio judicial de control de los pacientes que han cometido delitos.

Aunque comprende el malestar de las víctimas y sus familias ante la posible puesta en libertad de Noelia de Mingo, la presidenta de la Federación Andaluza de Familiares y Personas con Enfermedad Mental, Concepción Cuevas, cree que las personas con un trastorno mental grave también son víctimas: sufren su enfermedad y, además, el «estigma cruel» con que la sociedad los señala. «Cuando un diabético mata a alguien, en las noticias no se menciona que era diabético», recuerda Cervilla.

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