NIÑOS A UNA PANTALLA PEGADOS

«Hasta los 2 años no deberían mirar una tablet». La psicóloga Alicia Banderas alerta sobre el riesgo de «sobreestimular» a los niños. «Si se aburren es un drama para ellos y un fracaso para sus padres, pero aburrirse es muy sano»

NIÑOS A UNA PANTALLA PEGADOS
YOLANDA VEIGA

Cuando su madre le amenazó con quitarle el móvil Alberto le desafió: «¡No te atreverás!». Le llamó incluso «mala madre», pero ella no se amilanó: «¡Ponme a prueba y verás!». Aunque la 'prueba' la estaba pasando él: sufría fuertes dolores de cabeza, desarrolló miopía, le picaban los ojos y algunos amigos le dejaron de lado: «¡Tío te pasas toda la vida con el móvil!». Y no era una manera de hablar, no. Alberto era, a sus 12 años, un chaval a una pantalla pegada. A dos más bien, la del teléfono y la de los videojuegos, su escudo contra el bullying (enviaba los deberes hechos por WhatsApp a sus compañeros para que no le excluyeran), contra el miedo a que sus padres se separaran, contra las prisas de su madre («vístete en un periquete, que vamos mal de tiempo»), contra la presión de su padre («me ha dicho tu madre que has sacado un siete en matemáticas, es un notable bajo, tienes que esforzarte más»). Después de hacer terapia el estrés disminuyó y con ello, los dolores de cabeza. Él móvil ya no es una extensión de su mano y las clases de teatro y de taekwondo a las que se ha apuntado le han ganado horas a los videojuegos. Además ha hecho nuevos amigos, de verdad, sin condiciones.

El caso de Alberto engrosa las estadísticas, que arrojan datos como el siguiente: los preadolescentes dedican seis horas diarias al uso de dispositivos tecnológicos. Es un estudio publicado en Estados Unidos, pero a Alicia Banderas, psicóloga y autora del libro 'Niños sobreestimulados' (Libros Cúpula) le consta que las cosas aquí son parecidas. Ella trató a Alberto en su consulta y a Marta, una madre que llegó buscando la manera de acercarse a su hija Nadia, una adolescente arisca a la que de niña exigieron mucho en casa: desde pequeña tocaba varias horas el piano aunque lo aborrecía, bailaba ballet clásico cuando a ella lo que le gustaba era la música moderna, iba a clases de idiomas, de escritura... A los 16 es como si, de repente, se lo echara todo en cara a sus padres.

«Estamos en una sociedad muy frenética y competitiva, tenemos mucho afán porque nuestros hijos sean los más brillantes, los más inteligentes. Y si no hacen nada, los padres creen que están perdiendo el tiempo. Si los niños se aburren es un drama para ellos y un fracaso para sus padres, pero aburrirse es muy sano porque desarrolla la creatividad».

Y la creatividad nada tiene que ver con que los niños aprendan a manejar el móvil antes que a andar o que aprendan chino a la vez que castellano. «El otro día vi que en una escuela infantil estaban enseñando a niños de año y medio lo que era La Alhambra, el Alcázar de San Juan... Es absurdo, les estamos saturando, bloqueando, porque a esa edad no están preparados para procesar esas cosas». Ni lo están para permanecer horas y horas delante de una pantalla. «Hay bebés a los que le ponen la tablet delante para que coman pero hasta que el niño tiene 2 años es totalmente desaconsejable que su cerebro reciba ese tipo de impactos. Los dibujos tienen colores estridentes, la acción va muy rápida y ese sobreestímulo puede generar luego problemas de concentración».

En el mejor de los casos les va a provocar un aburrimiento soberano con casi todo lo demás. «Si les acostumbramos desde niños a ver dibujos en una pantallita luego van a casa de los abuelos a hacer unas galletas y les parece aburridísimo. La naturaleza va más lenta que la tele y se van a aburrir con todo. Es tal la dosis de estímulos recibidos que no les satisface la vida real».

A propósito de esto un profesor de Granada publicó hace unas semanas en Facebook una carta contra el 'fidget spinner', el juguete de moda, un sencillo mecanismo en forma de flor que gira a gran velocidad. «El fin de curso del año 2017 pasará a la historia como aquel en el que los maestros intentaron dar clase mientras los niños daban vueltas y vueltas a su 'spinner', como si de un grupo de desintoxicación de alguna sustancia se tratase», escribió.

Y Alicia Bandera no puede sino aplaudir el diagnóstico: «Hay padres que dicen: 'Es que mi hijo es inquieto, necesita canalizar el estrés'. Pero el 'spinner' no libera estrés, sino que lo refuerza. Uno se quita el estrés haciendo respiraciones profundas, no haciendo girar un cacharrito. Es contraproducente».

Clases de robótica

Como lo es la saturación de actividades extraescolares. «Les apuntan a ballet cuando ni siquiera tienen las piernitas desarrolladas, o a natación, o a música, ahora los padres están locos por la robótica y niños pequeños estudian programación para que el robot se mueva... Y el fin de semana les llevan a una sesión de títeres, o al cine o a un espectáculo de música callejera. Y cuando van de excursión al zoo no se paran a ver cómo comen los animales, su obsesión es hacerse el selfi con el mono y subirlo a las redes. De los 'me gusta' que den a su foto, dependerá, además, su autoestima. Y cuando vea que otro amigo tiene más 'likes' o que cuenta en su Facebook que ha ido a tal sitio, o que tiene novia... tendrá celos y se frustrará».

El relato, así contando, suena estremecedor, pero Alicia Banderas no exagera. Y la solución, dice, empieza por el principio. «Estamos bombardeando a los niños con tanto estímulo y todo se lo damos hecho, guiado. Cuando lo que deben hacer es jugar libremente, a médicos, a maestros, a lo que quieran. Que experimenten para saber lo que les gusta y si ves que al niño le gusta la música, pues le apuntas a música pero no le expones precozmente a actividades que igual no desea ni le sometes a una agenda casi de ejecutivo».

«Estamos en una sociedad muy frenética y competitiva, tenemos mucho afán porque nuestros hijos sean los más brillantes, los más inteligentes»

La clave, insiste la experta, es «estimular pero no sobreestimular». «Hay bebés a los que ponen norias móviles en la cuna y responden llorando, girando la cabeza para apartarse de ese estímulo e incluso durmiéndose como mecanismo de defensa ante tal 'ataque'», advierte Banderas, que alerta de artilugios como «el original con pantalla». ¡Como si no hubiera suficientes estímulos alrededor!

«A los bebés les gusta experimentar, tiran una cuchara al suelo treinta veces porque hace ruido, su mejor juguete puede ser un brik de leche vacío, o un vasito de plástico que hace un sonido al aplastarlo, les encanta jugar con la arena, mojarse en un charco... Se les puede dar una bolsa con ramitas de canela para que las huelan, las toquen y las prueben». Y eso, coinciden los especialistas, les va a mantener más entretenidos que los dibujitos del móvil y va a contribuir, además, al desarrollo de su imaginación. «Tengo niños en la consulta que están desmotivados, que no disfrutan de nada porque solo quieren estar conectados a la tablet».

Esperar el turno del columpio

No es ya solo que los niños se aburran solos, es que lo hacen hasta acompañados. «Me contaba el otro día una profesora que dos alumnas suyas de 9 años que son muy amigas estaban juntas y no sabían qué hacer». No tenían mecanismos para escapar del aburrimiento. Ni de la impaciencia. «Los chavales lo quieren todo ya. Cuando mi hija, que aún no ha cumplido los 3 años, me llama siempre le digo: 'Espérate un momento'. Y si va a montarse en el columpio y está ocupado, en lugar de decirle: 'Vamos mientras tanto al tobogán' le digo que espere su turno. Los niños están acostumbrados a estar haciendo continuamente algo y no soportan las demoras». Y hablando de esto se acuerda Alicia de cuando era niña y te hacían esperar dos horas para hacer la digestión. «A algunos amigos les obligaban a esperar hasta tres»... y sin tablet.

Payasos y científicos en los cumpleaños

Niños estresados... y padres también. Cuenta Alicia Banderas en su libro 'Niños sobreestimulados' que ha conocido a parejas con hijos muy preocupadas «por no poder llevar el ritmo de vida de los compañeros de colegio de sus retoños, por no tener un chalet con piscina al cual invitar o no poder contratar profesores de refuerzo, lo necesiten o no». Por no hablar de las fiestas de cumpleaños... «Hace tiempo que unos sándwiches de jamón y queso y una tarta dejaron de ser suficientes. Hoy para las fiestas se contratan payasos, científicos que hagan experimentos que entretengan a los niños...».

- Asegura que su hija no ha visto prácticamente nunca una pantalla. ¿Cómo se entretiene?

- Vamos por ejemplo a un restaurante con otras familias y a los niños les sacan la tablet. Pues ella la mira, pero como no está acostumbrada se aburre y enseguida saca sus rotuladores para pintar.

Un entretenimiento como los de antes, como los cuentos, aunque ojo con esto. «Hay padres que vienen a consulta preocupados porque dicen que su niño no atiende a los cuentos y se preguntan si tendrán déficit de atención. Lo que no entienden es que la atención de un niño de un año es limitada, que les va a escuchar dos minutos y luego se va a cansar porque su cerebro no está preparado para escuchar una historia durante media hora. Hay que tratar de que cojan el gusto al cuento, pero a su ritmo».

- Como dicen que son esponjas...

- Una madre, a la salida de una reunión de padres me decía: '¿Cómo vamos a perder la oportunidad de que nuestros hijos aprendan inglés y chino si en esta etapa son esponjas? Os voy a pasar un link de un vídeo de YouTube que enseña a los niños el aprendizaje de colores. Además he leído que la estimulación musical y el ballet son beneficiosas para su desarrollo intelectual...'. Esta niña de la que hablaba su madre no había cumplido los dos años y cada sábado iba a natación, el domingo a títeres, a teatro o a clase de música. Los niños son esponjas, pero las esponjas también tienen un límite a la hora de absorber agua. De hecho, cada vez más maestros de educación infantil avisan a los padres sobre el cansancio, las horas de sueño insuficientes y las actividades frenéticas en las que participan los niños.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos