La educación vasca suspende en la detección de alumnos con altas capacidades

La falta de atención en clase o de motivación académica es un indicio que coincide en los alumnos con altas capacidades./AFP PHOTO
La falta de atención en clase o de motivación académica es un indicio que coincide en los alumnos con altas capacidades. / AFP PHOTO

La asociación Aupatuz fija el error en la falta de formación de los docentes y en los protocolos públicos que no llegan a las aulas. Euskadi cuenta con 383 menores superdotados registrados, cuando debería haber siete mil

ESTRELLA VALLEJOSAN SEBASTIÁN.

«Mi hijo ha decidido que mirar por la ventana, evadirse, y pensar en sus cosas es la mejor manera para aburrirse lo menos posible y no molestar al resto de la clase». Es el testimonio de Ana, una irundarra que prefiere no desvelar su identidad para no perjudicar a su hijo de 9 años, al que le detectaron hace dos que tenía altas capacidades.

En aquel momento, la primera reacción de los padres fue de sorpresa, una sorpresa absoluta porque este niño no respondía de ninguna manera con el prototipo de 'mini-Einstein' que la sociedad imagina cuando se habla de personas con estas características intelectuales. «Y yo me incluyo», confiesa Ana, al tiempo que aclara que «muchos lo asocian a niños que saben tocar instrumentos, sacan buenas notas y tienen una cultura desproporcionada para su edad. Pero no es eso, es que la velocidad de sus conexiones cerebrales es mayor que el resto. Aprenden de otra manera y a otro ritmo».

Descubrieron su alta capacidad gracias a que la madre del mejor amigo del niño -también con alta capacidad- observó que tenían conductas muy similares «y le hicimos un test de inteligencia, que lo corroboró».

«Un profesor nos dijo que no iba a darle un trato diferente a mi hijo», lamenta una madre

El hijo de Ana es uno de los 383 alumnos vascos superdotados registrados. Únicamente 383, de los 7.000 que los expertos estiman que debería haber. Y el problema no es, de ninguna manera, que en Euskadi la proporción real sea menor, sino que las herramientas y protocolos de detección resultan a todas luces insuficientes o ineficaces.

Desde Aupatuz, asociación vasca de familiares de niños con altas capacidades, su presidenta Begoña Suárez remarca que uno de los errores en el reducido número de diagnósticos es que «se está dejando en manos de un profesorado que no está formado para ello». Y vuelve a incidir, al igual que Ana, en que el estereotipo juega en contra de estos niños. «No se concibe que el despistado de la clase, el rebelde o el que saca malas notas por falta de atención pueda tener altas capacidades», advierte.

Ana se apresura a aclarar que no toda la culpa es del docente «y hay profesores maravillosos», pero lamenta que «a mí no me ha tocado ninguno». Cuando tuvieron constancia de que su hijo tenía una capacidad superior a la del resto de la clase, un profesor del centro escolar les advirtió que «tengo 25 niños en clase y no voy a hacer nada diferente con el tuyo». Así critica que, si para algunos profesores tener un alumno de estas características es un reto, para otros supone un «problema», porque requiere, dice, de unos métodos de aprendizaje diferentes «y no todos los colegios están preparados para ello».

Más niños que niñas

Según las cifras publicadas por el Ministerio de Educación, de los 383 alumnos vascos superdotados, 171 se diagnosticaron en Gipuzkoa, 169 en Bizkaia y 43 en Álava. Desglosando los datos por género, de los 171 guipuzcoanos, 120 son chicos, mientras que únicamente se ha diagnosticado a 49 niñas.

Suárez apunta que este abismo se debe a la necesidad de los niños de exteriorizar en mayor medida su malestar, mientras que las niñas, por lo general, «lo disimulan mejor, porque ser diferentes tiene mayor peso a nivel emocional para ellas».

Otro dato que no deja en buen lugar los datos vascos es la proporción de casos registrados en los centros públicos y privados o concertados. Mientras que en el resto de las comunidades autónomas el número de alumnos con altas capacidades detectado en los colegios públicos es ampliamente superior al de los centros privados o concertados, Euskadi es, junto con la Comunidad de Madrid, la única en la que los datos se invierten.

Así, según los datos del Ministerio, de los 383 alumnos diagnosticados en el País Vasco, 167 cursan sus estudios en la red pública, mientras que 216 lo hacen en escuelas privadas o concertadas. La tendencia se mantiene si se observan las cifras de Gipuzkoa, donde solo 63 de los 171 casos son alumnos de centros cuya titularidad corresponde a la Administración.

La presidenta de Aupatuz resalta la labor que hacen las asociaciones como Alcagi en el territorio, pero hace hincapié en la formación de un profesorado que tiene la llave para que estos niños puedan comprender esa característica que les hace diferentes, pero fundamentalmente, puedan sacar provecho de ella. Begoña Suárez señala que hay quien demanda que los centros educativos incluyan test de inteligencia obligatorios a todos los niños, «pero si los docentes no tienen la formación, se convertiría en otro trámite burocrático más». Y pone como ejemplo la prueba para detectar la precocidad, «que ha sido la única incorporación de los últimos años, pero parece que incluso el Departamento desconoce si ha dado o no resultado». «No necesitamos más planes ni guías que no se leen ni reuniones con promesas que no se cumplen. Necesitamos acciones contundentes, transparentes y bien difundidas que permitan un giro en las cifras que hoy leemos con desolación», sostiene Begoña.

Un fracaso escolar del 60%

La falta de detección, unido al déficit de formación por parte de los docentes y la carencia de mecanismos y métodos para proporcionar a estos alumnos una manera de aprender adaptada a sus necesidades sin crear una clara distinción con el resto de la clase, concluye en muchas ocasiones en el fracaso escolar de esas mentes privilegiadas. Se estima que hay un 60% de fracaso escolar en el colectivo de altas capacidades a partir de Secundaria. «En Primaria la alta capacidad y el alto rendimiento suelen coincidir, pero en Secundaria se dan cuenta de que carecen de un hábito de estudio y eso, unido con la adolescencia... caen en picado».

A Ana le ha tocado elegir: cambiar a su hijo a un centro en el que presten más atención a alumnos de estas características o priorizar el bienestar del menor con el grupo de amigos que ya ha formado. «Nos volcamos en que sea feliz, por eso sigue yendo al mismo colegio, pero también queremos que aprenda a disfrutar de eso que le hace diferente y que puede ser maravilloso».

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