Cristóbal Colón en apuros

Un momento del desfile de Columbus Day, en el que se vistieron vistosos trajes de época. / REUTERS
Un momento del desfile de Columbus Day, en el que se vistieron vistosos trajes de época. / REUTERS

La estatua del descubridor en Nueva York podría ser declarada «monumento de odio» al igual que los símbolos confederados y antisemitas

MERCEDES GALLEGO NUEVA YORK.

Corren malos tiempos para Colón. No sólo para ese al pie de las Ramblas, que apunta enigmático al puerto viejo de Barcelona, sino para el que cuatro años después, en 1892 se instaló en la esquina suroeste de Central Park. Que se lo digan si no al alcalde de Nueva York Bill de Blasio, que el lunes tuvo que soportar con la cabeza bien alta los insultos y amenazas de los italoamericanos con los que comparte la sangre de su madre y regalaron el monumento a la ciudad. «¡Como caiga esa estatua eres alemán!», le avisó alguien desde el público.

Su otra mitad se revolvió. «Nadie va a mover ninguna estatua», atajó, pero debió entrarle la duda y añadió: «a corto plazo». La trampa política se la había puesto él mismo, para variar. A final de agosto, aprovechando el duelo que dejaron los racistas en Charlottesville con la excusa de evitar el derribo de monumentos confederados, De Blasio desafió a los supremacistas al crear una comisión que revise la existencia de «monumentos de odio» en todo Nueva York. La oportunidad de meter a Colón en el saco vino como caída del cielo. Los artistas de 'Decolonize This Place' agitaron las pancartas. Los huracanes del Caribe expoliaron lo que dejó Colón y las burlas de Trump pusieron la guinda.

Una de las primeras en reclamar que la comisión «eche un vistazo concienzudo» a Colón fue Melissa Mark-Viverito, nacida y criada en Puerto Rico, mucho antes de convertirse en concejala y portavoz de la Asamblea de la Ciudad. La correligionaria y colaboradora del alcalde, que el lunes caminaba digno y empapado agitando un bandera italiana, no pudo dejar a un lado al conquistador que reclamó la isla de los taínos mientras se hace juicio a marcas de colaboradores nazis o científicas como Marion Sims, que experimentaba sobre esclavos sin anestesia.

La fina lluvia que regó el lunes el desfile del Día de Colón dejó aún más humillado al alcalde, pero tuvo la virtud de ahogar lo que en un día soleado puede acabar mal. La estatua de Colón había amanecido custodiada por la policía, que no quiso dejarlo solo por temor a que despertase maquillado por los espíritus indígenas a los que cinco siglos atrás reprimió en su avance por el nuevo continente.

Con el cielo encapotado, cientos de personas se congregaron en Columbus Circle para reclamar con tambores el final de su reinado en la Gran Manzana. Su día en EEUU nunca ha sido el de la Hispanidad, sino el de los italianos, que en otros tiempos más olvidadizos de la memoria histórica se apropiaron del héroe que tropezó con América camino de la India. Indígenas e hispanos han condenado siempre con resentimiento la celebración de este fatídico error para sus antepasados.

La polémica ha hecho que muchas ciudades hayan preferido deshacerse de ese legado confuso. Con su pasión por los desfiles y el brillo de la Quinta Avenida, Nueva York encabeza el medio centenar de ciudades estadounidenses que, por ahora, prefiere celebrar su hallazgo. En los próximos 90 días la comisión que depurará los monumentos de la ciudad pondrá su legado en tela de juicio. Prueba de que no será fácil es que la sede de su primera reunión, ayer, se mantuvo en secreto.

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