Las casas ataúd de Hong Kong

Los habitáculos son tan diminutos que ni siquiera es posible estirar los pies...

La ciudad asiática es la urbe con el precio de la vivienda más caro del mundo. Un título que ostenta por séptimo año consecutivo. Sin embargo, también es un lugar donde proliferan los habitáculos claustrofóbicos

Mikel Madinabeitia
MIKEL MADINABEITIASan Sebastián

En plena era de la globalización, donde la problemática de la vivienda se ha maximizado hasta tal punto de que se ha convertido en el principal problema para muchos ciudadanos, impone realizar un acercamiento a Hong Kong, la urbe asiática con el precio de la vivienda más caro del mundo. Un título que ostenta por séptimo año consecutivo. La ciudad oriental es un exceso en toda regla y representa todas las virtudes y defectos del capitalismo. Aquí conviven los más pudientes y los más pobres formando un caleidoscopio tan real como feroz.

Y, desgraciadamente, la vivienda es el aspecto que más llama la atención. Un bien de primera necesidad que, para algunos, supone un verdadero sufrimiento habida cuenta de las imágenes que llegan a Occidente. Apartamentos que se dividen en pequeños compartimentos de apenas 2 metros cuadrados por los que se puede llegar a pagar más de 300 euros de alquiler mensual. Son las casas ataúd. Bienvenidos al infierno.

Más de 200.000 personas viven hacinadas de esta manera, una cantidad equivalente a todos los habitantes de Donostia. Este tipo de 'habitaciones' son muy típicas en las grandes urbes asiáticas, muy densamente pobladas y en las que el acceso a la vivienda es un lujo solo al alcance de unos pocos. Las casas ataúd eran inicialmente espacios pensados para aquellos que necesiten un alojamiento temporal y no tuviesen mucho dinero para alquilar un piso completo. Sin embargo, con la crisis se han convertido en residencia habitual de los más desfavorecidos, que viven en estos claustrofóbicos cubículos sin luz natural, ventanas, ni apenas espacio para moverse o guardar la ropa.

La gente vive hacinada sin ventanas, luz natural y apenas espacio para moverse. Los bloques de viviendas forman una imagen impactante.

Varios fotógrafos que han pasado por allí han vuelto hundidos, según sus propias confesiones, después de ver tanta miseria, tanta penuria, tanta escasez. Dicen que las imágenes se han quedado grabadas en sus retinas y que cuesta asimilar semejante drama. La vida es dura por aquellos lares, desde luego, y la esperanza no es un verbo que se conjugue entre las clases más desfavorecidas. Pero que en una misma ciudad convivan estos espacios ínfimos con los áticos más lujosos escandaliza a cualquiera, incluida a una ONU que las ha calificado como «un insulto a la condición humana».

Esto ocurre en China, dentro de su territorio, en un país que crece a más del 6% desde hace años y que se ha utilizado en innumerables ocasiones como ejemplo del milagro económico. Sin embargo, indagando un poco no es oro todo lo que reluce y las autoridades tienen por delante un enorme desafío que deben encarar con urgencia. Nadie puede hablar de progreso si la gente vive en esas condiciones, en esos lugares donde la suciedad no tiene enemigos, donde la pobreza se multiplica a cada segundo. Son las casas ataúd. La muerte en vida.

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