hasta siempre, bombero torero

El mítico bombero torero, que ha atravesado tres generaciones, se jubila hoy. Ha vivido 89 años y ha saboreado la gloria, pero los tiempos cambian y hasta las leyendas se agotan. «Antes todos los chavales te conocían. Ahora no», dice

JAVIER GUILLENEA

La plaza de toros de Almodóvar del Campo (Ciudad Real) será este viernes escenario de un acontecimiento pocas veces visto. No es común que se jubile un superhéroe, ni que lo haga en público, pero así lo ha decidido el bombero torero después de 89 años de existencia. La de Almodóvar del Campo es la última arena que besarán sus huesos mil veces magullados y el empresario de la plaza ya prevé un lleno que había comenzado a escasear en los últimos tiempos. «La acogida ha sido tremenda», dice.

Con su adiós, el bombero cierra una página de la España taurina del siglo XX que se abrió al siglo siguiente enredada en las mallas de la corrección política. Nada más impropio que el nombre del espectáculo, 'El bombero torero y sus enanitos toreros', que hizo desternillarse a generaciones de niños y acabó enfureciendo a sectores que defienden los derechos de las personas con acondroplasia o de talla baja.

Pero no han sido las críticas las que han acabado con él sino el paso del tiempo. Al menos eso es lo que asegura Rafael Celis, que a sus 55 años vestirá esta tarde por última vez su uniforme de bombero sin saber muy bien qué ocurrirá. El guion ya lo tiene pensado. «No haré nada especial, actuaré y ya está», adelanta, aunque admite que sus planes pueden no cumplirse. «Si salen las lágrimas será algo que no está previsto».

«Algo importante»

Rafael Celis, el último bombero torero, vive «sorprendido» la larga agonía de su personaje. «No esperaba que tanta gente me llamara para hacerme entrevistas y es algo que me agrada. Estoy viendo que lo que he hecho ha sido una cosa importante», afirma. Y no solo eso. También se está dando cuenta de que el bombero torero forma parte de la memoria viva de un país, aunque sea de la parte más modesta.

«Muchos me están diciendo que me vieron cuando eran niños», señala Rafael Celis, que rápidamente hace cuentas y llega a la conclusión de que no fue él a quien vieron en la plaza sino a su tío o quizás a su abuelo. El bombero torero es algo así como la santísima trinidad del toreo cómico: tres personas distintas y un solo personaje verdadero. Y eso era algo que no dejaba de intrigar a los niños de aquellos otros tiempos. Ellos crecían mientras el bombero y su cuadrilla de «enanitos» seguían siendo los mismos.

Pablo Celis, en la imagen de la derecha, creó un personaje que durante décadas llenó las plazas / R.C.

El superhéroe que durante décadas llenó las plazas de toda España y parte del extranjero dio sus primeros pasos en Madrid en 1928 durante un festival a beneficio de los niños rusos refugiados en España tras la Primera Guerra Mundial. El personaje lo creó Pablo Celis, un cántabro de El Teso aficionado a las capeas y las sueltas de vaquillas que a los trece años empezó a trabajar como tramoyista en los teatros madrileños. En uno de ellos trabó amistad con un bombero de gruesos bigotes del que tomó prestado su aspecto. El resto lo hizo su inventiva.

Animado por el éxito del festival benéfico, Pablo Celis pulió el espectáculo y con suertes nuevas como la de banderillear sentado en el suelo o saltar por encima de la res, se presentó en la Maestranza de Sevilla el 18 de julio de 1930. Fue todo un triunfo que tuvo que volver a repetir con el cartel de 'no hay billetes'. Ese año consiguió actuar en 118 ocasiones.

El bombero torero deambuló por diferentes cuadrillas cómicas mientras cimentaba su leyenda, hasta que en 1953 se decidió a formar su propia compañía con un grupo de 'enanitos' del circo Price liderados por el legendario Eduardini. En una España gris aún convaleciente de las secuelas de la Guerra Civil, las charlotadas de 'El bombero torero y sus enanitos toreros' fueron acogidas con un entusiasmo que les llevó a llenar plazas por todo el país.

El público reía sin descanso los estropicios del bombero y su cuadrilla, aplaudía a los ayudantes disfrazados de Cantinflas o Groucho Marx y contenían el aliento cuando se tumbaban y simulaban una partida de cartas sin hacer caso a la vaquilla que les rondaba. Con el bombero torero alcanzaron sus años de gloria figuras cómicas como el Terrible Japonés, Manolín, Arévalo, Luichi, Laurelito, Gran Ricardo, Totó de Portugal, Pepino de Colombia, el Frutero y el Niño Risi.

El espectáculo tenía una parte seria que consistía en la lidia de un novillo por parte de algún aspirante a figura del toreo. «De allí salió gente como Antoñete, Ortega Cano, Manzanares, El Juli y Espartaco», recuerda Rafael Celis. Eran buenos tiempos para la compañía. Llegaron a superar las cien actuaciones anuales y de ellos se decía que podían salvar a un empresario de una mala temporada. Eran una apuesta segura que cruzó fronteras y recorrió el mundo.

Las gorras rojas

«Hemos toreado en lugares inverosímiles, como en el ruedo que montaron en el cráter de un volcán apagado de las Azores», afirma el último bombero torero. También son los responsables de haber propagado una errónea creencia en Líbano. «En Beirut montaron una plaza de toros para nosotros y el primer día a todos los becerros y novillos les dio por saltar la barrera y perseguir a los policías que estaban vigilando. Alguien les dijo que era porque a los toros les atraían las gorras rojas que llevaban y al día siguiente todos los policías aparecieron con gorras azules».

Pablo Celis se retiró en 1961 y abrió un supermercado en Valencia pero el bombero siguió prodigándose por los ruedos de la mano de sus hijos Eugenio y Manuel. Rafael, sobrino de ambos, se hizo cargo del personaje en 2002 aunque ya para entonces había comenzado la decadencia. «En aquellos tiempos todos los chavales conocían al bombero torero pero ahora tienen otros entretenimientos», reconoce Rafael con un deje de nostalgia. En el espectáculo comenzaron a participar personajes como Bob Esponja o Dora la Exploradora, que eran recibidos por los niños con más interés que los toreros. La agonía había empezado y se vio acelerada por decisiones como la del Ayuntamiento de Zaragoza, que en 2008 se comprometió a no contratar espectáculos cómico-taurinos en los que participasen personas con enanismo. Esta iniciativa fue secundada posteriormente por Oviedo, Gijón, Toledo y San Cugat del Vallés. Por si fuera poco, la aparición de festejos como los concursos de recortadores o espectáculos ecuestres comenzó a restar protagonismo al viejo espectáculo.

Con todos los elementos en contra, el bombero torero siguió avanzando. Aún lograba contratos, unos cincuenta al año, y de vez en cuando llenaba plazas, pero la fórmula se había agotado y, además, el héroe se encontró sin descendencia. Los hijos de Rafael Celis no han querido seguir sus pasos.

«Los enanitos seguirán, pero solos. Yo soy el último de la familia, el personaje se ha acabado». Él aún es joven, pero a sus años ya no se ve con fuerzas para soportar una vida de carreteras, pensiones y descalabros. «Ya tengo bastantes golpes por el cuerpo. Todos mis huesos han recibido lo suyo», explica. El viernes hará su último paseíllo. Tratará de mantener la compostura pero quizás se le escape alguna lágrima no prevista, lo que será todo un espectáculo porque nadie recuerda haber visto llorar al héroe de los ruedos. «Espero que en el libro de historia del toreo quede algo de nosotros, aunque solo sea un poco», dice el bombero torero.

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