Los chicos sí lloran

Dos psicólogos debaten sobre la inteligencia emocional, que se ejercita «como si fuera un músculo». «Nos hará crecer y desarrollar la empatía, no es sano echarnos lastre emocional a la mochila»

Los chicos sí lloran
YOLANDA VEIGA

Los chicos sí lloran. Tienen que llorar, porque si no, serán hombres vulnerables. Y entonces sufrirán una decepción amorosa, un despido en el trabajo, un amigo que no respondió como debía... y no tendrán herramientas para hacerle frente. Las lágrimas son una excelente válvula de escape. Nos desahogan y nos hacen más inteligentes, porque la inteligencia no solo la mide el coeficiente intelectual. Hay una inteligencia lingüística, otra espacial, otra musical... y otra emocional. «Es positivo llorar, reconocer que nos sentimos tristes, porque eso nos va a permitir hablar de ello y nos hará sentir mejor. Pero hay gente que se echa lastre emocional en una mochila y no se da cuenta de que expresar las emociones, tanto en los buenos momentos como en los malos, nos hace crecer», asegura el psicólogo Juan Gonzalo Castilla, especialista en Inteligencia Emocional y director de Sanyres Aravaca

'Inteligencia emocional'... no es que le vaya a disputar la popularidad a la 'posverdad', el término de moda, pero sí se empieza a hablar cada vez más de ello. Se está incluyendo incluso en el temario de algunos colegios. Y no en Finlandia solo. Hay uno en Elorrio en el que los niños de 3 años lo primero que hacen al llegar al cole es contar cómo se sienten: tristes, contentos o enfadados. Lo hacen colocando sus fotos en unos muñecos de papel que están pegados en la pared y a los que les han dibujado una sonrisa, lágrimas o un rictus de enfado en la boca. «La escuela debe transmitir conocimiento y valores, pero también emociones. La tristeza, el miedo... son educativos y ayudan a los niños a manejar la frustración cuando pierden en un juego, por ejemplo. El chaval que no maneja bien sus emociones no sabrá perder y cuando lo haga se pondrá a chillar, a patalear, se desesperará y no volverá a intentarlo para evitar frustrarse. A veces el fracaso educa más que el éxito», advierte Guillermo Fouce, de Psicología sin Fronteras.

Insiste en que la inteligencia emocional hay que trabajarla desde niños. Y no lo estamos haciendo muy bien. «Somos un país sobreproteccionista con los menores. Si nuestro hijo pierde al fútbol coge una rabieta y entonces los padres le dicen que la culpa es de los otros, que son unos abusones, o del árbitro, que estaba comprado, o del tiempo porque como llovía el terreno estaba mal... En lugar de potenciar el valor del juego de equipo, en lugar de favorecer el esfuerzo, la mejora, reconocer que el chaval ha hecho un gran partido aunque haya perdido... lo que hacemos es echar balones fuera, siempre es culpa de otro», lamenta González.

A propósito del esfuerzo rescata el experto «un experimento muy chulo» que se estudia en Psicología. «Se hizo en una clase con niños pequeños y un cesto lleno de caramelos. La profesora les dijo que iba a salir cinco minutos fuera y que al que fuese capaz de aguantar ese tiempo sin coger un dulce le daría una caja entera después. Muchos chavales no pudieron controlar el instinto y se lanzaron a por los caramelos. Les dio igual que después la recompensa fuera mayor, ellos querían el caramelo ya. Se hizo un seguimiento de esos niños hasta que se hicieron adultos y la conclusión fue que los críos que supieron controlarse y no coger los caramelos de mayores eran hombres mejor preparados para vivir en la sociedad. Ya desde pequeños supieron 'esforzarse', esperar... y eso tuvo su recompensa».

Tristeza sana

Enseñar a los chavales a gestionar las emociones, insisten los profesionales, es una inversión de presente pero también de futuro. «Hay gente que tiene una inteligencia social brutal, pero no sabe más que vender la moto y es un estafador. Y al revés, hay matemáticos brillantísimos que son unos inútiles en su relación con los demás». Porque la inteligencia emocional tiene dos vertientes: «se refiere a la capacidad del ser humano de gestionar sus emociones y las relaciones con los demás», resume González. Y pone varios ejemplos.

Vayamos a lo primero, a lo individual... con un caso real como puede ser que te despidan del trabajo. «Estar triste en ese caso es sano, otra cosa es que esa tristeza te acompañe tanto tiempo que acabe en depresión y sea insaludable. Pero la tristeza ante un circunstancia adversa como esa del trabajo es sana, no hay que evitarla». Otro ejemplo, muy cotidiano, una discusión de pareja. «Lo importante es saber expresar cómo nos sentimos, pero sin atacar. Supongamos que tu novio ha hecho un comentario en público que te ha resultado ofensivo. Igual no ha sido intencional, quizá él pensaba que simplemente te estaba gastando una broma. Pero en la mayoría de las ocasiones la reacción va a ser: 'Te has reído de mí, no me quieres, tú me has hecho, tú me has dicho, por tu culpa...', es decir, atacar al otro. Cuando lo sano y lo constructivo sería decir: 'Este comentario me ha hecho sentir mal, me ha incomodado'».

Y similar, cuando nos enfadamos con un amigo. «No hay que intentar solucionar las cosas cuando la emoción nos domina, porque cuando estamos enfadados nuestras reacciones van a ser viscerales. Hay que dejar reposar el enfado, racionalizar los pros y los contras de lo que vamos a hacer».

Hay gente que se enfada con alguien y se la 'guarda' para toda la vida.

Una buena gestión de un enfado sería reconocer que esa persona te ha fallado o ha sobrepasado tus límites y sentirse triste y enfadado unos días. Eso es sano, y también aceptar que si no se soluciona es que cada uno tiene caminos distintos. Pero si gestionamos mal ese enfado lo convertimos en ira, en rencor, en resentimiento...

Ese control de las emociones no solo «te hace disfrutar más de las cosas», construye también una personalidad más fuerte. «Pensemos en los futbolistas. Chicos de 20 años que de repente son famosos y ricos. A muchos eso les supera, no lo saben gestionar y acaban fracasando porque creen que son Dios. Otros, sin embargo, y me acuerdo por ejemplo de Raúl, el exjugador del Real Madrid, saben que esa fama y el dinero es algo efímero y que de cómo gestionen su vida en esos siete o diez años de carrera va a depender su futuro. Igual son peores en el campo que otros, pero les acaba yendo mejor en la vida».

Por eso el aprendizaje temprano en la gestión de nuestras emociones es un pilar básico para configurar caractereres sólidos. «El niño al que dicen que no hay que llorar se endurece y pierde 'masa emocional' porque eso funciona como cualquier músculo, las emociones hay que ejercitarlas, trabajarlas. Si alguien se endurece no va a desarrollar la empatía y cuando tenga una relación con alguien va a ser incapaz de sentir lo que le pasa al otro. Si nunca has llorado te va a costar entender el llanto de los demás», advierte Guillermo Fouce.

Y anima a proporcionar herramientas a los niños para que desde pequeños sepan «poner etiquetas, nombre, a cómo se sienten». «Si un niño ve en casa que sus padres se pelean le puede generar inseguridad. Los menores son amplificadores de lo que ven en los adultos y entonces empieza a pensar que su papá y su mamá igual se separan porque están enfadados, porque además los padres de Pepito se separaron... Y todo eso se lo 'comen' y les hace daño», alerta González. Ahí, dice, intervienen los mayores: «Hay que enseñarles a que expresen ese miedo y esa preocupación. Porque probablemente sus padres simplemente hayan tenido una discusión sin trascendencia pero si no se lo explican él lo va a hacer más grande. Y si él no sabe decirles que está preocupado sus padres igual no se dan cuenta de ir a explicarle que no se alarme porque no se van a separar».

A poner nombre a las emociones les pueden ayudar a los niños sus padres, sus profesores, los psicólogos... o Riley, la protagonista de 11 años de 'Del revés', una película de Disney que trabaja las emociones y en la que la alegría, el miedo, la ira, el asco y la tristeza son muñecos que se disputan el protagonismo en el estado de ánimo de Riley. Los psicólogos ponen la película como ejemplo. Para contrarrestar esta tradición de 'héroes' masculinos que nunca lloran.

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