Diario Vasco
Txema, junto a su mujer Kirstine y Héctor, el hijo de ambos.
Txema, junto a su mujer Kirstine y Héctor, el hijo de ambos.

¿Cómo se vive en el país más feliz del mundo?

  • Hoy es el Día de la Felicidad. Dos vascos emigrados a Dinamarca explican por qué sus nuevos compatriotas lucen sonrisa perenne. Así se vive en el país de las bicicletas, las velas y las oficinas cerradas a las cuatro

¿Quién ha dicho que no hay mileuristas en Dinamarca? Claro que los hay... pero son estudiantes. El Gobierno danés asigna una mensualidad equivalente a nuestro salario mínimo o más a los universitarios, que por cierto no pagan tasas. Los bebés también tienen paga, 300 euros hasta que cumplen 2 años; y sus mamás, doce meses de baja maternal con sueldo, que pueden repartir con su pareja. Allí los padres no tienen que hacer malabares para ver a los chiquillos porque casi nadie sale del trabajo más tarde de las cuatro. Eso sí, no tienen pausa para el café. Se lo toman a la tarde en casa, rodeados de amigos... y de velas, porque es el país que más cera consume, seis kilos por persona al año -y solo tres de bacon-.

Hoy se celebra el Día Internacional de la Felicidad y se publicará el nuevo ranking de países más felices del mundo. Será raro que le arrebaten el cetro a los daneses, que llevan años liderando esa alegre lista, en la que España ocupó el puesto 37 de 157 el año pasado. Idoia Escobedo Aguinagalde (Leioa, 32 años) y Txema González Izarzugaza (Bilbao, 37 años), dos vascos afincados en Dinamarca, ejercen de cicerones y nos guían por el país más feliz del mundo.

A Idoia la pillamos precisamente en Bilbao, una escapada de las contadas que hace al año -«dos como mucho, el vuelo cuesta entre 350 y 400 euros y no hay directos, hay que hacer escala en Amsterdam o Frankfurt»-. Pero ésta era obligada: «Estamos celebrando el cumpleaños de mi amama, que ha hecho 100». Fue madre en agosto de una niña, Emma, y la maternidad le ha agudizado la morriña, pero no tiene idea de regresar. Emigró hace diez años junto a su pareja Laurent, al que había conocido de Erasmus en Francia -ella ha estudiado Turismo y él es ingeniero de telecomunicaciones-. «La primera impresión ya fue buena y en seis meses ya tenía trabajo, porque aquí apenas hay paro. El Gobierno te ofrece clases gratuitas de danés, así que me puse a estudiar ese primer medio año. Por las tardes iba a la biblioteca a hablar con los jubilados para practicar», cuenta Idoia, que ya lo habla perfectamente.

Txema no lo ha conseguido. «Llevo cinco años estudiándolo pero es un idioma imposible. Lo leo y lo entiendo pero en cuanto abro la boca no entienden ni por dónde va el tema». Él se desenvuelve en inglés, «que lo habla desde el universitario a cualquier señora mayor» y en casa alternan el danés -su mujer, Kirstine, es de Dinamarca- con el castellano para que su hijo, Héctor, aprenda los tres. «Le pusimos ese nombre porque es igual en castellano, en inglés y en danés», cuenta Txema. El niño tiene cuatro meses y su mujer va a estar diez (meses) a su cuidado. Después él cogerá dos meses de baja paternal.

Idoia va a agotar los doce que le permite la ley con sueldo. Trabaja como jefa de producto en una empresa que diseña y vende textiles (merchandising de grupos de música, clubes de fútbol...) y su jefe fue precisamente el que le «animó» a quedarse embarazada. «Me chocó mucho porque aquí eso parecía surrealista, es todo lo contrario, algunas chicas no se quedan embarazadas por miedo a perder el empleo». Ser mamá primeriza fuera de casa no es fácil, pero Idoia se ha sentido «muy arropada». Vive en la ciudad de Aarhus, que por cierto es Capital Europea de la Cultura 2017, y al nacer su niña el ayuntamiento le puso en contacto con otras seis mamás de su mismo barrio para que se conocieran. «Nos hemos caído tan bien que en lugar de quedar una vez por semana, que es lo habitual, quedamos dos. Además, una enfermera viene casa al principio para ayudarte con el bebé, no tienes que ir al Hospital a nada. Ni al Registro, porque el 90% de los trámites administrativos se hacen online».

Tampoco utilizan dinero físico e Idoia no tendrá más de 30 euros al cambio en el bolsillo.«Todo se paga con tarjeta o mediante transferencia con el teléfono, hasta un litro de leche». Ella la compra ecológica y le cuesta en torno a 1,20 euros (9,5 coronas danesas). «Una curiosidad de la leche es que aquí dura muy poco, cuatro o cinco días a la sumo, no como en España que puedes comprar leche para un mes. Así que cada poco vamos a la compra, siempre en cantidades pequeñas».

¿Es cara la cesta de la compra?

Más cara que allí, sí. Un pan danés de cereales cuesta 6 euros y la fruta se vende por piezas, igual 50 céntimos o más una manzana, así que el kilo sale por lo menos a 4. Pero el salmón ahumado, por ejemplo, que en España es delicatessen, aquí se come casi a diario -cuenta Txema-.

El problema, interviene Idoia, no es tanto el precio -«las cosas a punto de caducar las ponen con unos descuentos enormes, así que aquí hay muy poco desperdicio de comida»-, sino que «las frutas y verduras no saben igual, un tomate no tiene el sabor que tiene en Euskadi». Coinciden los dos entrevistados en que la comida es a lo que nunca se acaban de acostumbrar, una mueca en la sonrisa del país más feliz del mundo. «Yo cada vez que voy a casa vengo bien equipado de vino y queso», cuenta Txema.

Idoia con su marido, Laurent, y la pequeña Emma.

Idoia con su marido, Laurent, y la pequeña Emma.

¿Ha conquistado a sus amigos daneses con nuestra gastronomía?

A mi mujer le encantan los pintxos y los pimientos de Gernika, pero no he conseguido que les guste el bacalao al pil-pil, que aquí les parece una salsa horrorosa. Eso sí, no he encontrado un solo extranjero al que no le apasione la tortilla de patata.

Si la hacen será para cenar porque en Dinamarca la comida es más bien un almuerzo, rápido, breve y frío. «La jornada normal es de siete horas y media y en muchas empresas en ese horario está incluida la comida. Yo suelo tomar a menudo arenque al curry, que suena raro pero sabe rico», relata Txema, que se dedica a la investigación y es profesor titular en la Universidad de Copenhague. «La primera vez que vine a Dinamarca fue a dar una conferencia, hace cinco años, y me tantearon. Aquí, si vales te buscan, no hay que ir tocando puertas. Así que me vine y ya soy profesor titular, algo impensable que ocurra en España en solo cinco años».

Sin confesar sus sueldos, tanto Idoia como Txema reconocen que están «bien pagados», aunque el país es caro. «Un apartamento en el centro de Copenhague cuesta entre 1.500 y 2.000 euros», explica Txema. Y el ocio y el transporte, interviene Idoia, también vale un pico: 12 euros una entrada de cine y 4 ó 5 euros el billete de autobús urbano.

Claro que autobuses cogen pocos, porque los dos se mueven en bici. «Tienen prioridad sobre los coches». No solo eso, es que hay más vehículos de dos ruedas que de cuatro y eso se nota, para bien, «en el ruido y la contaminación». «En las empresas hay vestuarios con duchas para que te cambies de ropa y parking para bicicletas. Me hace gracia cuando la gente dice que Bilbao no está hecha para bicis porque llueve».

No lo hace (llover) más que allí. «El invierno es duro, es oscuro y parece que te comen los demonios ya que algunos días a las dos de la tarde es de noche. Así que muchos daneses viajan en enero o febrero a Mallorca o Tenerife». A Idoia le sorprendió la visita a Bilbao con un día de veintitantos grados en marzo. «¡Hemos estado en la playa! Y pensar que en Dinamarca están entre cero y cinco grados...». Claro que no es mayor problema. «Nos vestimos con varias capas, gorros y guantes incluidos, pero los niños salen a la calle todo el día». Antes de acabar el recorrido por el feliz país de los daneses, Idoia hace un recordatorio. Porque habrá poco sol pero «Dinamarca apoya las energías renovables sin poner impuestos al sol ni al viento como aquí y, además, dan subvenciones».

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