Diario Vasco

Un dirigente del PP reclama la legalización de la marihuana

Eduardo Van den Eynde, en una comparecencia pública.
Eduardo Van den Eynde, en una comparecencia pública. / / ANDRÉS FERNÁNDEZ
  • El portavoz popular del Parlamento de Cantabria, Eduardo Van den Eynde, sufre cáncer y pide a título personal el uso de cannabis como remedio paliativo de los efectos de la quimioterapia

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El portavoz del PP en el Parlamento de Cantabria, Eduardo Van den Eynde, ha desvelado hoy en su perfil de Facebook que ha recaído del cáncer que superó hace cinco años. El diputado regional ha escrito una larga carta titulada "¡Cannabis terapéutico, ya!" en la que explica sus motivos para reclamar, a título personal, la legalización de la marihuana como remedio paliativo de la quimioterapia. En su caso, explica, es la novena ocasión que tiene que someterse a la 'quimio', por lo que puede afirmar "sin temor a equivocarme", que "el cannabis ayuda y de una manera muy notable a paliar los que quizás son los efectos más perniciosos de dichos tratamientos: las náuseas, el cansancio y el estado de ánimo".

A continuación, la transcripción literal de la carta del diputado del PP, que está recibiendo decenas de muestras de apoyo en su perfil de Facebook:

"¡Cannabis terapéutico, ya!

Otra vez, y ya van 9, me encuentro en un ciclo de quimioterapia para tratar un cáncer del que ya van dos recaídas, aunque con una supervivencia de cinco años, que espero superar ampliamente. Mi mujer dice que a la tercera va la vencida, lo que genera algunas dudas, siendo la principal que está por verse quién vence a quién. En todo caso, no puedo menos que agradecer la pericia y amistad del Jefe de Servicio de neumología de Valdecilla, el Dr. Ramón Agüero, a quien debo sin duda alguna, el estar aún por aquí disfrutando de la vida, ya que sin su seguimiento exhaustivo de mi enfermedad, su afecto y su ánimo, la cosa habría pintado aún mucho peor; y es que sin su contribución estaría siendo abono orgánico, con total seguridad, desde hace ya bastante tiempo.

Pero de lo que hoy voy a hablar, a sabiendas de que es algo polémico, es de la incomprensible y acientífica prohibición española (y no sólo española) sobre el uso del cannabis como tratamiento paliativo de los efectos de la quimio. Algo que no ocurre en lugares, -Trump mediante-, tan desarrollados como California y otros estados de EEUU, así como algunos países europeos y del continente americano. Seguro que muchos recuerdan la serie del doctor House, en la que su colega el oncólogo Wilson, pasaba ratos liando porros para sus pacientes, con total normalidad, y eso con gobernador republicano, para que vean como son las cosas.

No soy un experto desde el punto de vista médico, aunque he leído mucho al respecto en diferentes artículos y monografías (recomiendo encarecidamente la “Historia General de las drogas” del Prof. Antonio Escohotado), pero creo que soy una opinión autorizada, si tenemos en cuenta mi ya larga experiencia con esta enfermedad y sus especialmente desagradables e inevitables tratamientos."

Así que puedo afirmar, sin lugar a equivocarme, que el cannabis ayuda y de una manera muy notable a paliar los que quizás son el efectos más perniciosos de dichos tratamientos: las náuseas, el cansancio y el estado de ánimo (quizás este último aspecto, el que menos se tiene en cuenta, aunque, sin duda, el más devastador).

Podríamos hablar de la absurda prohibición del cannabis, incluso para uso recreativo, en las sociedades occidentales, que parece revertirse, demasiado lentamente, a pesar de las necias resistencias de quienes hablan de esta “droga” con un absoluto desconocimiento de su historia y sus efectos. Mi origen es belga, pero prefiero a los holandeses y sus deliciosos coffee shops.

No deja de ser curioso que esta sustancia sea ilegal en sociedades que asumen con absoluta normalidad el consumo de alcohol (perfectamente bien visto en cualquier evento social), o de drogas químicas como las benzodiacepinas, los analgésicos opiáceos, o de productos potencialmente tan hepatotóxicos como el supuestamente inocuo paracetamol.

Creo que a nadie en sus cabales se le ocurriría prohibir todas esas drogas, cuyos beneficios superan de largo sus posibles efectos adversos, y recaer en los vicios que ya la historia demostró que fueron enormes errores y que sólo agravaron la situación; el ejemplo más socorrido es la ley seca de EEUU y su contribución a incrementar de forma exponencial los recursos de las mafias delictivas, condenando a la población a beber pócimas letales destiladas en la clandestinidad, o productos fruto del contrabando, en antros poco o nada recomendables

Yo no diré que el cannabis –en sus diferentes presentaciones: -cogollos de la planta, hachis, aceites de hachis-, es bueno, pero desde luego que no es peor, ni mucho menos, que el alcohol, o las decenas de drogas que consumimos legalmente con o sin receta médica. Lo que sí afirmo de forma tajante es que el problema nunca ha estado en el uso, sino en el abuso, y ese es un problema que no se ataja con prohibiciones, sino con conocimiento, información y educación. Y matizo, cuando digo que no es bueno, porque depende de para qué. Tampoco son buenos los analgésicos…pero peor es no tenerlos.

Cuando se leen algunos estudios “presuntamente científicos” sobre el cannabis, es claro ver el sesgo que contienen: se refieren a los efectos secundarios en casos extremos de consumo habitual en dosis nada razonables. Pero, ¿qué podríamos decir del abuso del alcohol, o del abuso de los tranquilizantes, opiáceos farmacéuticos, o del mortal y absolutamente adictivo tabaco que con tanta permisividad adquirimos en prácticamente cualquier lugar?

Obviamente, existe siempre el riesgo de que hay individuos que caen en la adicción compulsiva de cualquier sustancia, ¿pero es la solución seguir prohibiendo su venta legal, su control sanitario y la renuncia, con ello,a los recursos que el Estado recaudaría de sus procesos de producción y venta?.

La respuesta es no, porque ya sabemos a qué conduce eso, no hace falta explicarlo. Máxime cuando millones de personas hacen un uso cabal y responsable de dichas sustancias en todo el mundo.

Desayunarse, como se ve con frecuencia, con un “sol y sombra” o unas cervezas no es desde luego una buena costumbre, pero no es otra cosa que la demostración de que hay personas que caen en la adicción, es excepcional; lo habitual no es eso; lo habitual es compartir unas cervezas, de vez en cuando, con los amigos en horas razonables, o tomarse un chupito los sábados después de una agradable comida o cena; o comer habitualmente con un agradable vaso de vino. Incluso parece que se recomienda su consumo moderado porque, en personas sanas, tiene sus efectos benéficos. Yo soy de los que desconfía de los abstemios totales, que si encima son vegetarianos recuerdan bastante a Hitler, cuyo único vicio reconocido era invadir países y gasear inocentes.

¿Y cuál es la diferencia de todas esas substancias legales con el cannabis?: ninguna, excepto una distorsionada opinión pública que ha sufrido un interesado bombardeo de opiniones negativas en tiempos relativamente recientes, -conviene recordar que la prohibición es, de hecho, reciente-, y que el cannabis ha convivido con el hombre (como los opiáceos en su uso analgésico) durante toda la historia de la humanidad, y sólo desde su prohibición parece haberse convertido en un problema que nace de su calificación como una droga maligna, que ya que tiene escasos efectos nocivos, por mucho que se exageren, se nos presenta como la puerta de acceso al mundo de las drogas realmente peligrosas. Es habitual escuchar que se empieza por un porro y se acaba en vete a saber qué mundo de sustancias realmente letales, que, por cierto, son cada vez más, cada vez más accesibles y potencialmente mortales en dosis incluso iniciales. Esa es otra historia, donde sí que la prohibición, persecución policial e información se hace imprescindible. Ahí está el verdadero peligro, no en el porrito ni en la cerveza.

Pero tengan la seguridad que no hay causalidad entre un porro y un chute de heroína, es un salto demasiado largo, que afortunadamente, sólo algunos desesperados dan: los politoxicómanos, que, por cierto, casi siempre son adictos también al alcohol y nadie establece esa relación causa-efecto, que sería igualmente disparatada.

Como tengo 57 años y encima soy músico aficionado desde muy joven, puedo hablar con bastante conocimiento de causa del mundo de las drogas. Realmente he visto de todo, desde amigos que han desarrollado esquizofrenias irreversibles por el uso de LSD, hasta gente que ha destruido su vida con opiáceos como la heroína o estimulantes como la cocaína. No he vivido, porque es un fenómeno reciente, la terrible amenaza de las drogas de diseño. LSD, crack, speed, heroína, cocaína, drogas de diseño… eso son palabras mayores y una puerta directa al infierno para muchos jóvenes. Sin duda su prohibición y persecución está plenamente justificada.

Tampoco diría la verdad si no contase que, efectivamente, he conocido casos excepcionales de personas que viven en un permanente “colocón” cannábico, lo que es un problema serio, pero no peor –sino posiblemente más leve- que el del alcohólico que necesita consumir compulsivamente. Si por unos pocos consumidores compulsivos hubiera que prohibir las sustancias, estaríamos todos a pan y agua…y el pan con dudas, que puede producir obesidad mórbida, siempre que te metas siete barras diarias entre pecho y espalda.

Por otra parte, la prohibición del cannabis en absoluto impide su consumo. Está en todas partes, el acceso a su compra es inmediato; pero, desgraciadamente, ni está fiscalizado por el Estado, ni controlado por autoridades sanitarias ¿cabe mayor estupidez que condenar a las personas a un consumo sin garantías de calidad y sin control de acceso, mientras que nuestras arcas públicas renuncian a pingües beneficios fiscales en favor de las mafias trapicheras, y, encima, todo en base a prejuicios inculcados dando la espalda a las evidencias científicas?

Yo reconozco que he sido, desde los veintitantos años, un consumidor habitual de cannabis. Consumo que he restringido exclusivamente a mi domicilio (y alguna que otra fiesta esporádica) y sólo como ayuda para dormir y calmar mi carácter con tendencia a la ansiedad. Por tanto, siempre he hecho un consumo absolutamente responsable, similar al de quien, después de la cena, se toma un dedal de Johnny Walker. Siempre me ha ayudado a encontrarme mejor y jamás me ha generado problema alguno. Exactamente igual que mis ausentes problemas con el alcohol, siendo como soy un abstemio casi total, que se limita a tomar una cerveza alguna tarde, o un orujo muy de ciento en viento. No puedo decir lo mismo del tabaco, a quien debo mis dolencias, en combinación con una genética de mierda, que todo hay que decirlo.

Pero de lo que quería hablar, porque es absolutamente intolerable es que, conociéndose como se conocen los efectos beneficiosos y paliativos del cannabis frente a los tratamientos de los enfermos de cáncer, exista una absurda prohibición sobre su dispensación clínica, y sigamos condenados, o a no poder acceder a su mercado y por tanto a su uso como apoyo terapéutico, o a buscarnos la vida en nuestro camello de confianza, como si fuéramos delincuentes.

Porque no todos los viejitos tienen hijos que les cuidan, como hizo no mucho tiempo atrás uno de mis más queridos amigos, que todas las semanas dejaba porros liados para aliviar el sufrimiento de su madre cuando pasó por estas tremendas circunstancias. Una mujer mayor, que jamás había probado un porro, y que gracias al cariño de su hijo, pudo mejorar, aunque sea en un pequeño grado, su calidad de vida en sus últimos meses. ¿Cabe mayor grado de afecto? ¿Es caridad y justicia negar algo así a una mujer enferma? ¡Cómo detesto la santurronería de quienes imponen sus prejuicios irracionales a los demás y causan con ello sufrimiento innecesario!

¿No es suficientemente jodida la vida como para llenarla de estúpidos prejuicios y generar con ellos problemas enormes y sufrimiento innecesario? A lo mejor es el momento de dar un paso al frente en esta reivindicación, no por mí –que tengo mi tarrito hermético con mis reservas de marihuana para pasar el trance- sino por los que necesitándolo, no lo tienen. Sería una obligación moral acabar con este absurdo.

Y como en tantas cosas, nadie está obligado a probarlo si no lo desea, pero ayudar, ayuda mucho, ¡si lo sabré yo!. Puede que haya a quien le siente mal o lo tolere peor, pero conozco muchos casos en los que ha sido de gran ayuda, lo que ya sería suficiente como para abordar una solución.

Nota final: tengo un hijo de veintiséis años. No fuma tabaco, no fuma porros (bueno, alguno muy excepcionalmente en fiestas, pero le sobra una mano entera para contar los de un año), es deportista y se toma de vez en cuando sus copas o sus cervecitas. A mí, en concreto, me ha visto fumar cannabis desde que era niño, nunca lo he ocultado, he preferido darle información y ejemplo, y no me ha salido nada mal, ¿no les parece?

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