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Ilustración que reproduce el momento de la decapitación del rey Luis XVI. Las ejecuciones fueron públicas hasta 1937.
Ilustración que reproduce el momento de la decapitación del rey Luis XVI. Las ejecuciones fueron públicas hasta 1937. / R. C.

El último guillotinado

  • Un tunecino que había asesinado a una mujer cerró hace 40 años la larga lista de víctimas del siniestro instrumento que nació en plena Revolución francesa para igualar a todos los hombres ante la muerte

Se llamaba Hamida Djandoubi, tenía 28 años y fue la última víctima de la guillotina, el siniestro instrumento inventado dos siglos atrás por los revolucionarios franceses con el propósito de hacer que todos los hombres fuesen también iguales ante la muerte. La cercanía del 40 aniversario de aquella ejecución, que se consumó en una prisión de Marsella a finales del verano de 1977, es una buena excusa para repasar la evolución de la pena de muerte, abolida en Francia apenas tres años después bajo la presidencia de François Mitterrand. El tunecino Djandoubi, que había asesinado y torturado a una joven, cerró sin saberlo la larga lista de víctimas de la más eficaz de las herramientas -con el permiso de la horca- inventadas por el ser humano para ejecutar a sus semejantes.

«Puede parecernos una ironía, pero la guillotina nació en realidad para humanizar la pena de muerte», reflexiona Rafael Escobedo, profesor de Historia de la Universidad de Navarra. Las ejecuciones en Francia eran, antes de su entrada en escena, lo más parecido a una sesión de cine gore: las agonías de los reos se prolongaban durante horas, bien porque el sufrimiento formaba parte del castigo impuesto, bien por la desidia o la falta de pericia del verdugo. Hay testimonios escritos de decapitaciones que no se consumaban hasta el quinto o el sexto mandoble de espada. Los verdugos recibían con frecuencia gratificaciones de familiares o amigos de los reos para que sus ejecuciones se llevasen a cabo a la mayor brevedad y con el menor daño posible.

No había un único sistema para aplicar la pena capital. A veces se encadenaba al condenado a una rueda y el público se encargaba de irle rompiendo los huesos hasta que terminaba de agonizar. Cuando se trataba de acabar con la vida de algún acusado de atentar contra el rey, recuerda el profesor Escobedo, se le mataba de forma aún más bárbara: cada extremidad era amarrada a unos caballos que eran azuzados para dar tirones hasta que el tronco del reo terminaba convertido en un muñón. A los culpables de delitos religiosos, por su parte, se les quemaba en la hoguera. El horror, en fin, tenía formas variadas y en todas ellas se demoraba hasta hacer de la ejecución lo más parecido a un trasunto de la versión más depurada del infierno. Los únicos que salían bien parados eran los aristócratas, para los que la justicia reservaba los verdugos más diestros con el fin de que su sufrimiento al ser decapitados no se prolongase más allá de los estrictamente necesario.

Todo eso cambió con la introducción de la guillotina. Los revolucionarios, contagiados de los ideales de la Ilustración, se propusieron acabar con las torturas en las ejecuciones y, sobre todo, con las diferencias por razones de clase a la hora de morir. Un antiguo jesuita que había estudiado medicina y daba clases de anatomía en París, Joseph Ignace Guillotin, fue el precursor de la herramienta que terminaría llevando su nombre al defender en la Asamblea Nacional Constituyente una propuesta de reforma del derecho penal que estipulaba en su primer artículo: «Los delitos del mismo género serán castigados con el mismo género de pena, sean cuales sean el rango o la condición del culpable». Era un principio realmente revolucionario porque planteaba algo que hasta entonces resultaba inconcebible: igualar a todos los hombres ante la muerte.

Guillotin consideró que la mejor forma de alcanzar ese objetivo era extender la decapitación, hasta entonces privilegio de la nobleza, a los reos de todas las clases sociales. Sus argumentos convencieron al resto de los componentes de la Asamblea, que encomendaron al cirujano Antoine Louis que se hiciese cargo de la vertiente técnica del asunto. Así pues, aunque el nombre de Guillotine quedó asociado para siempre al nuevo ingenio, sus verdaderos artífices fueron Antoine Louis y su colaborador Tobias Schmidt, un fabricante alemán de clavicordios, que se inspiraron en unos artilugios similares que se utilizaban en el resto de Europa.

«De un solo golpe»

El historiador Daniel Arasse recogía en su libro 'La guillotina y la figuración del terror' el escrito de respuesta del cirujano Louis al requerimiento de la Asamblea: «La experiencia y la razón demuestran que la forma vigente en el pasado de cortar la cabeza a un criminal le expone a un suplicio más espantoso que la simple privación de la vida, que es el deseo formal de la ley; para darle cumplimiento es preciso que la ejecución sea hecha al instante y de un solo golpe». El cirujano Louis y su colaborador construyeron un modelo evolucionado del artilugio que funcionaba en otras partes del continente. Su principal aportación fue la incorporación de una hoja oblicua para que el corte fuese más limpio. El prototipo no tardó en estar listo y las primeras pruebas, realizadas con corderos y cadáveres humanos, resultaron un éxito.

La máquina se instaló en la Plaza de Grève, frente al Ayuntamiento de París, y se activó por primera vez el 25 de abril de 1792 para ejecutar al ladrón Nicolas Jacques Pelletier, que había sido condenado por robo a mano armada. Aunque la guillotina fue inicialmente concebida para las ejecuciones por delitos comunes, la agitación de la época la transformó en la más temida de las herramientas de los enemigos de la Revolución. Los dos primeros ejecutados por contrarrevolucionarios fueron dos sirvientes del rey Luis XVI declarados culpables de conspiración contra el nuevo orden. La doble decapitación ocurrió el 21 de agosto de 1792 y abrió las puertas al Gran Terror, un periodo convulso caracterizado por la supresión de las garantías jurídicas que se saldó con miles de cabezas rebanadas, entre ellas la del rey Luis XVI y la de su esposa, Maria Antonieta. No hay una cifra exacta de las vidas que se llevó por delante la guillotina en aquella oscura etapa, pero algunos historiadores estiman que hubo del orden de 16.000 ejecuciones.

La sangre derramada forjó una alianza tan estrecha que la guillotina se consagró como el gran icono la Revolución francesa. Su fría eficacia hizo que se mantuviese como método oficial de ejecución incluso cuando la fiebre revolucionaria se apagó. Las sentencias de muerte se consumaban a la vista de todos hasta que la fotografía y las cámaras de cine se popularizaron y comenzaron a circular escenas de decapitaciones por todo el país. Dado que la sociedad se mostraba cada vez más sensible, las autoridades decidieron ocultar la guillotina tras los muros de las prisiones en vísperas de la II Guerra Mundial. Un alemán condenado por varios asesinatos fue en 1937 el último guillotinado a la vista de la ciudadanía en las calles de París.

La cuchilla siguió funcionando en el interior de los recintos penitenciarios otras cuatro décadas aunque, con el paso del tiempo, las ejecuciones se fueron espaciando cada vez más. La opinión pública de buena parte de los países europeos había adoptado una postura progresivamente beligerante en contra de la pena capital. La condena a muerte dictada el 25 de febrero de 1977 contra Hamida Djandoubi por la tortura y asesinato de su antigua novia culminó un juicio sin demasiadas complicaciones: el acusado había admitido el delito y las declaraciones de dos testigos habían corroborado los hechos.

La ejecución de la pena contra el inmigrante de origen tunecino se demoró a la espera de que el presidente, Valéry Giscard d'Estaing, decidiese si firmaba un posible indulto. El 10 de septiembre llegó a la prisión marsellesa de Baumettes, donde estaba el reo, la confirmación de que el Elíseo había rechazado el perdón. El condenado fue ejecutado horas más tarde en la que sería la última función de la guillotina. Tres años más tarde, François Miterrand abolía la pena de muerte en Francia y clausuraba así los casi dos siglos de reinado del ingenio. Los cuatro condenados que permanecían a la espera de ser ejecutados se salvaron por la campana.

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