Diario Vasco

Al txakoli le falta una pata

Sarah Jane Evans, Master of Wine, propone revolucionar el txakoli para venderlo fuera.
Sarah Jane Evans, Master of Wine, propone revolucionar el txakoli para venderlo fuera. / BORJA AGUDO
  • ¿Herejía? La experta Sarah Jane Evans propone tapones de rosca y botellas sin color para conquistar nuevos mercados en el mundo

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A Sarah Jane Evans le enseñaron en su formación como Master of Wine (maestra de vinos) que el txakoli era un vino blanco, ácido y con burbujas al que le convenía ser escanciado desde las alturas para rodear cada trago de una generosa corona de espuma. Ayer, Sarah Jane se preguntaba en un salón de La Bilbaína dónde narices han ido a parar aquellas dichosas burbujas. «Eran vinos tan folclóricos que no se podían vender. Hoy el txakoli es 'cool', está de moda y se encuentra en las mesas de los mejores restaurantes del mundo. Es la hora del txakoli», animaba a una representación de bodegueros, enólogos y sumilleres reunidos por la D. O. Txakoli de Bizkaia en torno a un menú que recreaba los servidos hace un siglo en los txakolis (los caseríos donde se hacía el vino).

En el salón solemne, atendido por maîtres con librea, las palabras de Sarah Jane Evans sonaron como cañonazos. La dama británica no se anduvo con chiquitas. El objetivo, dijo, es sacar al txakoli de su bucólico entorno de montañas y laderas que se acuestan en el Cantábrico. Y para colocarlo en el mundo, asegura, hay que seguir determinadas estrategias que en Euskadi suenan todavía a herejía absoluta. La primera, «si no tienen tapones buenísimos, usen tapones de rosca». «El 95% de los vinos que se venden en supermercados ingleses tienen rosca. Para nosotros son vinos frescos, jóvenes y bien hechos. Ustedes tienen historia, carácter e intensidad, pero si quieren ganar la batalla en la tienda olvídense de los corchos». En la sala hubo murmullos. «Los consumidores buscamos hoy menos alcohol y menos barrica en los vinos. Perseguimos hierbas y mineralidad, frescor y aromas salinos. Y prepárense, en la clase media se ha producido una revolución. La mayoría compra ya sus vinos, cuyo precio soporta un 55% de impuestos, en supermercados como Aldi y Lidl. Deben adaptarse». Más murmullos.

El desconcierto llegó al máximo cuando la antigua presidenta de los Master of Wine (una cofradía de eruditos del vino compuesta por poco más de 200 miembros) invitó a los bodegueros a cambiar el color de sus botellas. Nada de vidrios verdes o marrones. Por favor. «Su vino tiene colores muy hermosos y vivos. Queremos verlos», remarcó.

A esas alturas, el ambiente ya estaba lo suficientemente caldeado para que Sarah Jane Evans mostrara una diapositiva con una docena de coloristas botellas de sake rotuladas con caracteres japoneses. «No entiendo el japonés, tampoco puedo leer el euskera», sonrió. Acto seguido puso en pantalla una etiqueta de un blanco hecho en Tasmania, con un hermoso y esquemático mapa de la isla. «Den información de dónde están, hablen de que hacen vinos frescos y atlánticos. Vendan que sus vinos se hacen en el mismo sitio donde se encuentran los mejores restaurantes del mundo, que el txakoli esté en todas las cartas y que todos sepan que su vino está ligado a los placeres del comer...»

¿Revolución? ¿Herejía? ¿Visión estratégica? ¿Provocación? Un poco de todo. Sarah Jane Evans es una agitadora. «Ustedes tienen que recuperar y reescribir esa historia fascinante de sus vinos, de su identidad. Una historia fascinante y complicada». «Se puede vender txakoli en el mundo, pero tienen que diferenciarlos y definirlos. Son unos blancos buenísimos, pero no viajan. Y deben unirse. Sus vecinos de parcela -señaló- son sus amigos, no sus enemigos...».

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