Diario Vasco

Sexo y móviles: cuando la vanidad te destruye

Jóvenes realizan un selfie con su móvil.
Jóvenes realizan un selfie con su móvil.
  • Los expertos alertan de que una nueva generación tecnológica ha crecido tras eliminar la barrera entre lo íntimo y lo público, sin ser consciente de los riesgos a los que se enfrenta

Algunas de las preguntas que se repiten cada vez que estalla en las redes sociales un escándalo sexual vinculado a la filtración de imágenes privadas se refieren a cómo es posible que alguien siga grabándose en un contexto íntimo y luego se lleve las manos a la cabeza cuando su intimidad se expone ante millones de personas. ¿Qué mecanismos llevan a bajar todas las defensas y que se continúen realizando esas prácticas? ¿Por qué hay gente que cree que puede jugar a la ruleta rusa con su imagen? El último caso ha sido el de los dos jugadores del Eibar que se grabaron practicando sexo con una chica que ha presentado una denuncia.

El sexólogo Esteban Cañamares tiene algunas de las respuestas. «Estamos ante un problema de ego. No es una cuestión de exhibicionismo, que es algo que afecta a personas tímidas a las que les asusta el sexo de verdad, sino una cuestión de vanidad». Para Cañamares, se trata de personas que deciden convertir en público un acto privado para poder demostrar a los demás que son un macho triunfador, en el caso de los hombres, o en las mujeres, alguien desinhibido y poderoso. Grabarse, para este tipo de mentalidades, es disponer de una prueba de lo que consideran una heroicidad. Es una medalla.

En muchos casos, además, esta necesidad de convertir los actos privados en trofeos que exhibir ante los amigos está unida a una profunda falta de autoestima. «¿Alguna vez se ha escuchado a un jugador de baloncesto presumir de ser alto? No lo necesitan. En cambio, hay personas que podemos asociar con cierto triunfo pero que en el fondo tiene problemas para gestionar su personalidad», explica Cañamares. El experto recuerda el caso de Andrés Iniesta, un jugador de fútbol que pese a llevar media vida en lo más alto ha reconocido que ha tenido que lidiar con graves problemas de depresión. «Tendemos a pensar que un jugador de fútbol es un triunfador que vive feliz de triunfo en triunfo pero no es así. Se trata de personas que han tenido que lidiar casi desde la adolescencia con una vida muy especial y no todos están preparados para ello», agrega el sexólogo.

«Lo real es lo que se cuenta»

Adolescencia es también una palabra clave a la hora de entender la exposición del sexo en las redes sociales. Según el doctor en Psicología y profesor de la Complutense Guillermo Fouce, en estos momentos existe una generación «para la que ya no hay límite entre lo íntimo y lo privado. Han crecido en Facebook, Twitter, WhatsApp y para ellos el teléfono móvil es casi parte de su cuerpo. Podemos ver grupos de adolescentes que no se hablan entre ellos y se comunican por el teclado pese a estar al lado».

Esta generación, según Fouce, ha sido educada en una cultura en la que «la vida real es lo que se cuenta» y la medición de la felicidad se mide en función de los 'me gusta' que reciben sus comentarios. Esta intensidad de la vida virtual se ve reforzada, además, por un acceso a la tecnología punta en un pequeño aparato que se puede llevar en el bolsillo. «En ese contexto, convertir lo más íntimo, algo que hasta ahora era tabú, como el sexo en un fenómeno del que presumir para ganar admiración es el paso más natural», explica que Guillermo Fouce, para quien la violencia también es otros de los temas favoritos que la nueva generación se precia de difundir en todo tipo de redes. «Los instintos más primarios son los que mandan», resalta.

Porque el sexo, según el experto Esteban Cañamares, es una pulsión que anula cualquier racionalidad, un equivalente a la ebriedad. «Es una vivencia de una intensidad fisiológica y emocional que anula cualquier capacidad de autocontrol, por eso se caen las barreras que tenemos en otro contexto», explica el sexólogo.

Un grupo de adolescentes juega con sus móviles.

Un grupo de adolescentes juega con sus móviles. / EL CORREO

Pero además, esa cultura que mezcla lo virtual y lo real ha crecido con una hipersexualización, con acceso al porno sin límites, por ejemplo, o la belleza sensual convertida en un icono central de su imaginario. «Hay una confusión entre lo real y lo irreal. Si consideras que tus redes sociales son una parte real de tu vida, todo a lo que tienes acceso por internet también será real para ti», advierte Fouce. Para el psicólogo social esta confusión lleva a que tarde o temprano adolescentes -o jóvenes que han extendido su adolescencia más allá de lo que hasta hace poco era normal- se enfrentan al lado oscuro de la vida virtual. Y en esta cuestión el género es cada vez menos un factor diferenciador. «Tendemos a creer que esta es una cuestión meramente masculina y tiene sentido, porque los hombres reaccionan más ante lo visual, pero recientemente un propietario de páginas web porno me decía que el 45% de los usuarios son mujeres», afirma el sexólogo Esteban Cañamares.

Educación, el aspecto clave

«La mayoría de la gente no es consciente de lo que puede pasar una vez que decide grabarse en un acto íntimo. Normalmente solo perciben los riesgos una vez que ya les ha alcanzado el daño», afirma Fouce. Para el experto, además, la exposición a lo público se realiza sin tener en cuenta el dolor que se puede causar a personas que aparecen en las imágenes. «Se tiende a tratar a los demás como actores secundarios de la película que nos estamos construyendo. Al final se cosifica a los demás», relata. Para Fouce hay un componente nuevo a tener en cuenta, que es el hecho de que jóvenes con problemas de desamor, parejas rotas, se pueden vengar ahora mediante la difusión de imágenes íntimas.

Para el experto, la clave es la educación en la responsabilidad. «En Inglaterra se ha introducido ya la asignatura de Wikipedia y gestión de redes. Se han dado cuenta de que era imprescindible para que las nuevas generaciones pudieran enfrentarse a su nueva realidad con una cultura a la altura de los desafíos», asegura Fouce. «En definitiva, hay que aprender a diferenciar lo vitual de lo real».

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