Diario Vasco

Madrid se descompone

Madrid se descompone
  • Lastrada por obras faraónicas que la dejaron al borde de la quiebra, mermada por los recortes y convertida en epicentro de la corrupción, la capital de España sintetiza los males que afligen al país

Es domingo. Diez de la mañana. Los turistas se sirven el desayuno en el abundante y bien surtido bufet del Innside Madrid Suecia, un cuatro estrellas a un paso de la calle de Alcalá. Pero si levantan la vista un segundo del plato o de los periódicos deportivos que narran la última gesta del Real Madrid, verán al otro lado de la cristalera una larga hilera de indigentes que aguarda su turno junto al número 28 de la calle de los Madrazo. Van a recoger los bocadillos que entregan los voluntarios de la Fundación Nur, una organización de inspiración sufí. «Cada vez proliferan más lugares como este en la ciudad», apunta Jesús Romero, de la comunidad de Sant’ Egidio. Ellos atienden a un millar de necesitados cada semana y han editado una guía titulada ‘Dónde comer, dormir y lavarse en Madrid’.

Las calles huelen a orina concentrada y aguardan las lluvias que hagan el trabajo de las desaparecidas mangueras de riego. Las hojas de los casi 300.000 árboles que dan sombra a la capital se amontonan y ciegan las alcantarillas con los fardos vegetales de los inmensos plátanos de sombra. Hay cientos de parches en el asfalto; pasarelas, grava y arena en el mismísimo Paseo del Prado. Las vallas protegen de vándalos a la diosa Cibeles justo enfrente del imponente edificio que alberga la nueva sede de la alcaldía que promovió Alberto Ruiz-Gallardón (500 millones ha costado la mudanza).

Ovejas y cabras recorren al paso la calle de Alcalá y siembran la antigua Cañada Real de un abono que ya no ofende las narices. Mantones de Manila de seda cruda, vestidos rojos de Felipe Varela y chaqués ceremoniales se agolpan en la acera del Casino. En ese ambiente, y mientras echan un pitillito durante el banquete nupcial, hablar de Francisco Granados, de los 37 detenidos y los 53 implicados en la ‘operación Púnica’, o prestar atención a las disculpas que casi a diario se ve obligada a pedir Esperanza Aguirre, es de mal tono.

Ajenos al ‘octubre negro’ de la corrupción, los invasores, con copas de plástico llenas de whisky en las manos, acechan la noche de Madrid: prostitutas del Este pasean a sus ancianos clientes camino de las pensiones de la calle Montera entre decenas de escotadas muchachas nórdicas en viaje de estudios, que cargan bolsones de Zara y se alimentan con las hamburguesas del McDonald’s abierto en la antigua joyería Aleixandre. Al otro lado de la acera, la gente guapa toma el camino de Chueca tras haberse calzado un ‘dry martini’ de vodka en el Museo Chicote, donde pincha un DJ muy hipster, muy tatuado, con la beisbolera en el cogote.

Madrid pone pies en polvorosa. Quedarse en el sitio es quemarse con las brasas de un incendio que parece calcinar la capital de España. «La ciudad ha pasado de la edad de los prodigios a la de la pobreza y de forma aún más aguda que el conjunto del Estado», proclama Ricardo Aroca, antiguo director de la Escuela de Arquitectura de Madrid y decano de su Colegio profesional. «El primer síntoma del desmoronamiento irreversible de una persona que pasa una mala racha es la falta de aseo personal. Estoy preocupado por los síntomas crecientes de falta de aseo ciudadano», dice Aroca. «La corrupción es lo que ha ensuciado la ciudad. La mierda que se ve en las calles es la que rebosa de los despachos», resume el escritor Luis Landero, un pesimista sabio, autor de ‘El balcón en invierno’.

Son tantos palos que no hay cuerpo que los aguante. Acaban de cumplirse dos años de la tragedia del ‘Madrid Arena’, donde murieron aplastadas cinco chicas durante la noche de Halloween. Eduardo López-Palop, el juez que instruyó el caso, tiene todavía clavada en la retina la imagen de la enfermería donde se amontonaban los cuerpos desmadejados. «Había dos en un habitáculo, por llamarlo de alguna forma, sin ventilación, ni luz suficiente, ni agua corriente...», recuerda.

Lo más chocante es que esa miseria asistencial convive con la megalomanía de una ciudad que ha pujado tres veces consecutivas por unos Juegos Olímpicos (que ha perdido) en los que había puesto sus esperanzas de resurrección. Una escapada hacia adelante. Como aquel decepcionante espejismo del Eurovegas en Alcorcón que impulsó el presidente de la comunidad, Ignacio González.

Madrid Río, el soterramiento de la M30 convertida ahora en una sucesión de jardines (5.000 millones), el nuevo edificio del Ayuntamiento o inversiones para las Olimpiadas como la Caja Mágica (un pabellón multiusos hoy infrautilizado y que costó 300 millones de euros, más del doble de los 140 presupuestados) lastraron de tal modo las arcas municipales que la capital estuvo al borde de la quiebra técnica en 2011. El 27 de diciembre, Ana Botella tomó posesión de la Alcaldía. Cuatro días después, el Ayuntamiento reconoció deudas con sus proveedores por valor de 1.035 millones, convirtiéndose en el consistorio más endeudado del país. En 2012, el agujero ascendía a 7.429 millones de euros.

¿Una ciudad sin impuestos?

El consiguiente Plan de Ajuste se ha dejado sentir en todo. Gallardón fue ascendido a ministro y sustituido, sin urnas de por medio, por una Ana Botella que recibió de regalo un Madrid en bancarrota. «Las arcas estaban exhaustas. Quisieron cambiar la cara de la ciudad, pero a un coste altísimo», razona el profesor José Ramón Pin Arboledas, director del Centro de Investigación del IESE: «En otras condiciones hubieran podido renegociar la deuda, pero la crisis acabó de hundir la situación. El Gobierno les obligó a un plan muy duro a cambio de proporcionarles créditos para refinanciarla. No despidieron a funcionarios, pero congelaron sueldos». Descubrieron, parece que sorprendidos, que se pagaban alquileres altísimos por dependencias municipales mientras había edificios del Ayuntamiento vacíos.

Y, pese a que uno de los compromisos adquiridos fue que no habría recortes en los servicios ciudadanos, Madrid se enfrentó a una realidad de menesteroso. «La sanidad pública se deteriora; listas de espera más largas, menos camas, menos médicos, los medicamentos se han de ‘copagar’, es decir, pagar dos veces o tres. Ana Botella se baja el sueldo, mil y pico euros al año, y se le queda en unos 100.000 pelados. Aguirre estaciona mal en el carril bus, se asusta porque van a multarla los guardias, escapa en su coche derribando la moto de uno de ellos; tampoco a ella le alcanzaba su sueldo», recapitula con su habitual ironía el escritor Javier Marías, un autor cuyos dardos afilados encuentran a menudo los lomos de los dirigentes capitalinos.

«Madrid es una ciudad desasosegante», sentencia el dibujante Mauro Entrialgo. «Vivimos inmersos en una mentira continua. Ahora Botella nos anuncia que va a bajar los impuestos en 2015, cuando ella ya no estará de alcaldesa, pero mi buzón rebosa de notificaciones. Esas ramas que caen y que matan gente en las calles –dice el padre del personaje Herminio Bolaextra– son una metáfora perfecta de lo que sucede en esta ciudad».

Cierto. Los árboles han matado a dos personas (un militar de 38 años que jugaba con sus hijos en el Retiro y un hombre de 72) en los últimos meses. También es cierto que, en estos tiempos de ahorro, el consistorio ha decidido cambiar las marquesinas de los autobuses por otras 4.250 de diseño. Ha escogido un modelo cuya bancada posee una barra metálica en mitad del asiento que impide tumbarse. Un refugio menos para los indigentes cuando el invierno está al caer. El pasado año, el Samur contabilizó un total de 2.041 personas sin hogar en la ciudad de los coches oficiales y las tarjetas black. 701 duermen cada día en pasadizos, tiendas abandonadas (los carteles de ‘vende-alquila’ son una constante del paisaje) o en la calle. Hasta en los cajeros automáticos se han instalado artilugios para evitar que descansen dentro.

Sobre esta realidad torticera planea la gran ave de la corrupción, de los directivos y consejeros de Bankia, de los Rodrigo Rato y los Miguel Blesa, de los gastos suntuarios en cacerías, comilonas y copas en clubes por la patilla y a cargo del ciudadano. «Tras años luchando por estar arriba te das cuenta de que el sector del lujo está al servicio de tarjetas black y ladrones de traje caro. ¡Apestan!», clama Narciso Bermejo, ‘bartender’ en un local de moda. «A todos esos, Granados incluido, los tengo bien servidos. Iban siempre a tope. Cuentas de 400 y 500 pavos cada noche. Pero los espacios dedicados al lujo en Madrid van a desaparecer porque esa gente ya no sale. No quieren que nadie les ponga el ojo encima. Hoy, tienes las mismas posibilidades de ver una tarjeta de empresa que de ver un elfo», sostiene.

Tanto descontento empieza también a pasar factura. Primero, el desprestigio social, ese desaparecer de sonrisas en las fotos de inauguraciones y saraos. Luego, una marea incontestable en forma de votos y que suena a venganza. «¿Podemos?(primer partido ya en intención directa de voto). Ya ha pasado en Francia y en Grecia. Movimientos marginales y catastrofistas crecen de pronto de modo extraordinario. La España eterna parece haber vuelto y el panorama social que vivimos conduce al escepticismo, a la incertidumbre, al desasosiego. Estamos embrutecidos por la política. Pero el verdadero antisistema es el PP, los que gobiernan, que se están cargando el sistema desde dentro con la corrupción y esa manera de hacer política sin escrúpulos», denuncia el novelista Luis Landero.

Menos paro y más sueldo

Y la noche madrileña, ese refugio donde se disfrazaba el descontento con la espuma de la algarabía, ha perdido parte de ese carácter cauterizante. Kike Sarasola, presidente de la cadena de hoteles de diseño Room Mate, que ha abierto una veintena de establecimientos por el mundo, protesta contra tanto «control sobre los horarios que afectan a los turistas». «Era la ciudad más divertida de España, tolerante y acogedora. Pero se ha vuelto aburrida con tantas restricciones. Sobre nosotros sobrevuela, además, la psicosis de la crisis. Aunque en los últimos meses se vuelve a gastar y el turista nacional empieza a regresar», dice Sarasola.

«Madrid no es solo La Moncloa, La Zarzuela, Génova 19 o Ferraz 77. Tampoco el Supremo, el Constitucional, la Conferencia Episcopal o el Santiago Bernabéu y demás remoquetes que nos han colgado a los madrileños en una especie de tango social capitalino que casi nadie baila. Parece que estos mandamases intentan paletizar Madrid, que deje de ser una ciudad abierta y cosmopolita, donde puedes pensar y decir lo que quieras», critica Antonio Fraguas, Forges. «Intentan convertir Madrid, la ciudad más neoyorquina de Europa, en una paletesca capital de un Estado del arcaico Sur de Estados Unidos. Los madrileños –clama el dibujante– nos merecemos algo mejor que esta pandilla de enterad@s que intentan desalmar Madrid».

Claro que todo este clima, compendio de una ciudad en descomposición que resume los males que indignan a España, convive con otros indicadores menos lúgubres para sus 3,2 millones de vecinos. La calle Serrano, por ejemplo, alberga las viviendas más caras del país; cada metro cuadrado se paga a 10.900 euros de media, un 4% más que el año pasado. Y esta misma semana, en otra de esas operaciones que el Gobierno acomete para hacer caja, el Ministerio de Defensa ha obtenido nada menos que 111 millones de euros por los 54.000 metros cuadrados edificables del Taller de Precisión y Centro Electrotécnico de Artillería, situado a un paso de La Castellana.

La villa sigue ejerciendo también un poderoso influjo sobre el resto del país, como uno de esos sumideros donde convergen todos los arroyos. Con una tasa de paro del 17,5% (seis puntos por debajo de la media nacional), la capital aún actúa como un imán para quienes quieren labrarse un futuro. El sueldo medio en la región es de 2.160 euros; en el resto de España, 1.840.

El eslogan de Air France

«Al final, la imagen de una ciudad depende de quien la gobierne», subraya desde París la socióloga experta en ciudades Olivia Muñoz-Rojas. «Esta era una urbe transversal, en la que todo el mundo se sentía a gusto y aceptado. Desde fuera, la imagen que llega al mundo es el tótem universal de la Cibeles, ligado al Real Madrid, y la acampada de indignados en la Puerta del Sol. Arrastra el estigma de haber sido la capital de la dictadura, y eso pesa mucho todavía. Por eso me ha llamado la atención el eslogan con que Air France presenta Madrid. ‘Festiva y majestuosa’, que sugiere un diálogo entre el Madrid popular (la Villa) y el Madrid de las clases establecidas (la Corte). Solo una imagen así puede identificar a una ciudad más allá de quien esté en el poder», propone.

Los madrileños, a quienes saca de quicio ese récord de diez manifestaciones diarias, tienen que sobrevivir a ese clima de sospecha permanente que se ha instalado en la capital. «Mientras había bienestar, cuando nos iba a todos bien, mirábamos hacia otra parte. El pueblo no es inocente; todos somos un poco cómplices. Teníamos nuestras pequeñas ventajas, todos somos un poco pícaros», argumenta Luis Landero. «Este mundo de escándalos en el que estamos inmersos nos hace desconfiar de todos», cabecea Jesús Romero, de la comunidad de Sant’Egidio.

Junto a las mesas del ‘Sobrino de Botín’, que se proclama el restaurante más antiguo del mundo –«abrimos en 1725, aquí en Cuchilleros»–, Javier Sánchez Álvarez, 37 años de oficio a la espalda, canta las excelencias de su cochinillo de 21 días asado con leña de encina. «He visto de todo», susurra, «estos tiempos... y peores. Hoy la gente piensa que le vas a engañar si les pones unas aceitunas en la mesa. Pero aquí siguen viniendo banqueros, porque para comer siempre hay tiempo, ¿no le parece?». Sánchez, sin embargo, ha notado un gran cambio. «Antes dábamos toda la comida que nos sobraba: cabezas de cordero, garbanzos... Pero cada día se formaba una cola de clientes y otra de pobres. Tuvimos que cortar. Esa imagen nos perjudicaba».