Mikel Zaldua: «El turista quiere sentirse donostiarra y eso es justo lo que debemos ofrecerle»

Mikel Zaldua, frente al hotel Lasala Plaza, aún en obras. / MICHELENA
Mikel Zaldua, frente al hotel Lasala Plaza, aún en obras. / MICHELENA

El director del nuevo hotel Lasala Plaza apuesta por preservar la singularidad del destino y ofrecer «experiencias ligadas a la transmisión de valores y cultura»

Jorge F. Mendiola
JORGE F. MENDIOLA SAN SEBASTIÁN.

A Mikel Zaldua (Donostia, 1968) le faltan horas del día para llegar a todo. El director de Lasala Plaza, el nuevo hotel que la Sade construye en un edificio histórico de la Parte Vieja, ultima los detalles de la gran apertura prevista para el próximo 6 de julio. Las primeras reservas ya están confirmadas, pero las obras aún no han terminado -queda mucho por hacer- y el trasiego de obreros y empleados es frenético.

Zaldua estudió en la Universidad de Deusto y, como muchos compañeros de su promoción, tuvo que buscarse la vida fuera de Gipuzkoa, que por aquel entonces no existía en las rutas turísticas. Hace dos años, con el territorio y la capital en auge tras el fin de la violencia, regresó a casa para poner en marcha el Arima de Miramon y ahora espera aplicar en su nuevo puesto la experiencia acumulada en Fuerteventura, Andorra y Huesca para favorecer la sostenibilidad y singularidad de Donostia como destino internacional.

«El turista quiere sentirse como un donostiarra más, vivir como nosotros el tiempo que pase aquí, y eso es justo lo que debemos ofrecerle», dice Zaldua, quien ante el riesgo de masificación o gentrificación asegura que «Donostia tiene capacidad para absorber esto y para mucho más, pero hay que regular bien las actividades vinculadas al sector y cuidar la gestión del destino. Porque quienes nos visitan ya no exigen solo una cama cómoda y una buena televisión, sino que buscan una serie de vivencias y experiencias ligadas a la transmisión de valores y cultura que hagan que merezca la pena gastarse el dinero para venir. Como digo, desean sentirse un donostiarra más».

El establecimiento de la Sade abre sus puertas el 6 de julio con una decoración personalizada por plantas

Mantener esa identidad propia puede ser el «secreto del éxito» de una ciudad como San Sebastián, que tiene «muchísimo que aportar y que enseñar». Este mandato se cumplirá a rajatabla en Lasala Plaza, que según explica Zaldua será un hotel singular ya desde el edificio que lo alberga. «El interior va a sorprender porque no será un establecimiento al uso, con todas las plantas y habitaciones cortadas por el mismo patrón», anuncia.

Habrá 58 habitaciones de seis tipologías diferentes en función de su tamaño y vistas -al mar o a la plaza- y los museos de la ciudad van a colaborar en la personalización cada planta. «La decoradora Luisa López proporcionará al conjunto ese punto de excelencia pretendido con fototipias e imágenes antiguas que estarán relacionadas con cada uno de los museos y, por supuesto, con el mar», subraya el director de Lasala Plaza, quien avanza un detalle: el hall de entrada estará dedicado al remo.

De Japón, Australia, EE UU...

Llevan mes y medio aceptando reservas y de momento la respuesta ha llegado de países tan dispares y lejanos como Japón, Australia o Estados Unidos. Nueve de cada diez huéspedes son extranjeros y han contratado habitaciones de gama alta. «A este tipo de turistas, de la máxima exigencia, no le puedes fallar», señala Zaldua, quien se prepara para abrir su cuarto hotel como director y, a pesar de los nervios del estreno, muestra una total confianza en su equipo, formado por unas 45 personas que en momentos puntuales del año puede reforzarse. La gran mayoría de los trabajadores son donostiarras, jóvenes y con experiencia en hoteles boutique o de lujo.

Para afianzar esa apuesta por ofrecer una vivencia única a sus huéspedes y de paso atraer a la clientela local, el restaurante La Jarana contará con acceso directo e independiente desde la calle Mari y una cocina «de toda la vida» bajo la batuta del chef Ander González, del Astelena 1997. Habrá unos escalones a modo de graderío de frontón que invitarán a cruzar la puerta, pedir algo y sentarse. «Y el turista se podrá integrar también en las costumbres de los donostiarras».

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