Una vida nómada de fiesta en fiesta

Los donostiarras ya han comenzado a disfrutar de las atracciones más diversas que toman desde el pasado viernes la ciudad.
Los donostiarras ya han comenzado a disfrutar de las atracciones más diversas que toman desde el pasado viernes la ciudad. / REPORTAJE FOTOGRÁFICO: JOSÉ MARI LÓPEZ

La mayoría de ellos pertenece a sagas de feriantes que parecen condenados a perpetuar pese a los sinsabores que rodean su día a día

ELENA VIÑAS

El suyo es un universo ideado a base de bombillas de colores, viajes trazados en círculo y atracciones que desafían a los más valientes. Ilusión, fantasía y diversión se conjugan en el Paseo Nuevo y tras la Catedral del Buen Pastor, espacios convertidos estos días en el reino de los feriantes. Sus historias se entrelazan en la Semana Grande donostiarra, una cita ineludible para ellos.

Entre los negocios con más solera que desembarcan en la ciudad destaca la Churrería Arturo, con 80 años de historia. «Mi abuelo comenzó el negocio, en el que luego continuó mi padre y ahora también yo. Los tres nos llamamos igual, así que no hemos tenido que cambiar el rótulo», bromea Arturo Manchado, mientras rememora los humildes comienzos de esta saga familiar tras la Guerra Civil. «Cuando mi abuelo, que era de Guadalajara, consiguió escapar del campo de concentración en el que lo recluyeron, se vino al norte y empezó de la nada, vendiendo aceitunas en una perola. Luego montó esta churrería, que ha ido evolucionando y modernizándose», relata en la caseta que se ha convertido en su oficina de trabajo.

Arturo Manchado, tercera generación de una familia de churreros.

Con ella recorre las inmediaciones de la capital guipuzcoana a lo largo de la temporada estival, «aunque lo más lejos que vamos es a Hernani». El público les aguarda, ya que han conseguido hacerse con una clientela fiel que repite año tras año. También en San Sebastián durante la Aste Nagusia, «la feria más fuerte, la principal con diferencia».

«La Semana Grande de Donostia es la feria más fuerte, la principal con diferencia»

A las puertas del Centro Cultural Koldo Mitxelena ponen a la venta delicias que hacen tambalear la más férrea operación bikini. «Antes estábamos en el puerto, en el meollo de los festejos. Los fuegos artificiales marcaban nuestro trabajo. Aquello era la bomba», recuerda.

Los churros también ganan terrero ahora tras el espectáculo pirotécnico como alternativa al inevitable helado. Los que se cocinan finalizada la traca final de pólvora son los últimos en servirse en una jornada laboral que arranca a primeras horas de la tarde para concluir a medianoche.

«Así es nuestro trabajo. Cuando los demás están de fiesta, a nosotros nos toca estar al pie del cañón», comenta Manchado, pero en sus palabras no hay sombra de resignación o queja. «Estamos trabajando, mientras muchos negocios han cerrado con la crisis. Si seguimos en activo, por algo será», añade.

Juan Carlos Valenciano también proviene de una familia de feriantes. «De hecho, nací en una feria. Mis padres estaban en la de Zaragoza y me tocó nacer allí, aunque soy de Sevilla», explica con un inequívoco acento del sur. Y desde el sur se desplaza cada tres o cuatro años a San Sebastián, porque la Semana Grande «es una buena feria». La incluye en su calendario limitado a tierras andaluzas, adonde regresará en una semana. Su próximo destino es Málaga.

«Sólo paramos tres semanas antes de Navidad y después, un mes. Es un tiempo que aprovechamos para repasar la atracción», indica, refiriéndose a la estructura con forma de hotel «con caída libre» no apto para quien tenga fobia a los ascensores.

«Esto es duro»

Juan Carlos no oculta que la suya es una vida «dura», como la del resto de cuantos viajan de fiesta en fiesta. «En verano me acompaña la mujer y los dos niños, pero cuando en septiembre comienzan al cole, me toca andar solo. Menos mal que ella proviene también de familia de feriantes y lo entiende. De cara a la galería todo parece feliz, pero esto es duro. Te pasas el día en la calle y notas cómo la gente no te valora, pese a ser una profesión tan digna como cualquier otra, por no hablar de los pagos que tienes que hacer y del riesgo que corres, porque juegas con la vida de la gente», argumenta.

«Conoces mucha gente y pasas buenos ratos. Los feriantes somos como una familia»

Los sinsabores de este trabajo los conoce como nadie Elías Rodríguez, un joven bilbaíno que viaja por buena parte de la geografía vasca con las atracciones que regenta su suegro. «Vendo los mejores globos de helio de las fiestas en El Dragón», asegura. Su jornada laboral arranca a media mañana y se prolonga hasta la una de la madrugada. «Para cuando llegas a la caravana y te acuestas son más de las tres», apunta.

Su vida nómada arranca en febrero, coincidiendo con los Carnavales, y se prolonga hasta septiembre. A partir de entonces, subsiste con lo que ha ahorrado a lo largo del verano. «No trabajas, pero tienes que comer, pagar el piso y el resto de gastos normales», manifiesta.

Platón, un joven nacido en Georgia, prefiere pensar en los alicientes de su trabajo. Cuando hace diez años llegó a Vitoria para trabajar en la empresa de construcción de su tío, no imaginaba que su vida daría un giro de 180 grados y acabaría ocupándose de una noria destinada a los más pequeños de la casa. «La empresa se cerró por la crisis y empecé a trabajar aquí. Estoy contento, porque conoces mucha gente y pasas buenos ratos. Los feriantes somos como una familia», declara.

Elías, vendiendo los «mejores» globos de helio ante El Dragón.

No descarta que en el futuro vuelva a cambiar de profesión. «Pero ahora soy feliz así. Quién sabe lo que pasará más adelante», concluye.

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