Semana Grande | Toros

Soberbia faena de Joselito Adame

Manoletina límite. Luis David se adorna con riesgo en los compases finales de una de sus faenas. / FOTOS ARIZMENDI
Manoletina límite. Luis David se adorna con riesgo en los compases finales de una de sus faenas. / FOTOS ARIZMENDI

Primera corrida de toros que lidiaba en sus solo diez años de historia El Parralejo

BARQUERITO

Aplaudieron en el arrastre a dos toros, primero y tercero de la corrida de El Parralejo. Al uno, por su nobleza y fijeza. Al otro, que se blandeó y pegó trallazos en el caballo, por la manera de humillar, y de hacerlo con un punto de temperamento. Al quinto, que no se empleó en el caballo de pica, le dieron la vuelta al ruedo en el arrastre. Las vueltas de toro se dan en sentido inverso a las agujas del reloj. A este quinto toro, el de son más templado en la muleta, se la dieron al revés. La falta de costumbre.

Era la primera vez que la ganadería de El Parralejo lidiaba una corrida de toros. Ni siquiera en plazas de segunda o tercera se había hecho la prueba. Muchas novilladas en plazas tan contrastadas como Pamplona y Valencia. El hierro tomó antigüedad en Madrid hace dos años. Con una novillada, desde luego. Pasó el examen de Sevilla con éxito. Ganadería de procedencia Jandilla y Fuente Ymbro. De primera mano. Una garantía.

La corrida del estreno, de estilo y remate diversos, dio mucho juego. La variedad fue parte de su gracia y su misterio. Hubo, entre otros protagonistas, un cuarto toro descarado y casi cornalón. Soberbia arboladura que, a toro levantado y algo distraído -la cara arriba al soltarse, la mirada desparramada por las gradas de Illumbe-, parecía todavía más de lo que era, y era mucho. Escupido del caballo en la primera vara, geniudo cuando quiso pero no pudo blandearse en la segunda -excelente puyazo del joven Óscar Bernal-, bramó en banderillas y tomó la muleta con sorprendente son. Detrás de la muleta, pero no escondido tras ella, estuvo Joselito Adame. Y la firma de una faena de méritos y calidades más que notables.

Se saldó con un sonado éxito. Variedad, calidad, personalidad. Un toro de vuelta al ruedo

Por descarado, parecía que el toro no iba ni a caber en el engaño. O que no iba a haber manera de enroscarse con tales agujas. Pues las dos cosas: empapado el toro en la muleta en una prolija faena de no menos de medio centenar de muletazos, ninguno de trámite, y el ajuste severo y preciso, no solo el imprescindible. Tanta precisión se tradujo en una faena de lúcidos aciertos al escoger terrenos y mano, y al medir tandas de templados muletazos bien cosidos siempre y sin perder tiempos ni pasos.

Siendo larga, fue faena de rico ritmo. La apertura de toreo al paso fue una delicia. El toreo en redondo, más abundante que al natural con la zurda, fue cadencioso. Ni un enganchón. Ni una embestida que no viniera aquilatada. La manera de cogerle Joselito el aire al toro y de tenerlo en la mano tuvo acento magistral. El mayor de los dos hermanos Adame, los dos en este cartel de estrenos, acabó toreando con los vuelos y a cámara lenta. Algo impropia una tanda de espaldinas antes de la igualada, pero, a cambio, una exquisita salida de la cara del toro en prueba de torería.

Y un final sorprendente: sin espada, solo el engaño en la mano y a pies juntos, una tanda fantástica rescatada del repertorio mexicano clásico. Todo pasó con fluidez llamativa. Pero al toro, pendiente de las gradas, le costaba igualar y fijarse a última hora. Y entonces Joselito decidió recibirlo con la espada y no cruzar. Una estocada de recurso, sorpresa para todos, pero estocada sin muerte. Si llega a doblar el toro, se cae la plaza. Herido de muerte, se encogió el toro. Sonó un aviso. Al segundo intento con el descabello y casi a pulso lo despenó Joselito. En tarde de todo vale, no hubo apenas petición de oreja para esta singular faena. Y se olvidaron de aplaudir al toro en el arrastre. Fue de esos toros que los toreros se apuntan en la memoria. Para la vuelta al ruedo de Joselito sí hubo clamores y reconocimiento.

Si quería la mayoría orejas, orejas hubo. Cuatro. Para la primera faena de Joselito se reclamó una segunda. Y para la última de la tarde, la segunda del Adame pequeño, Luis Carlos, se pidió también la segunda. Y hasta para el segundo de los dos trabajos de López Simón con el toro de la vuelta al ruedo. Tanta pasión fue índice de cómo la corrida le llegó a la gente. Lo mismo la noble entrega del primero de la tarde, traído y llevado por Joselito con mucho primor, que el temperamento belicoso del bravo sexto, que se enceló en el caballo mejor que ninguno, y apretó en banderillas y después de banderillas más que cualquiera de los otros cinco. El son tan apacible del quinto fueron embestidas de vals, y eso siempre gusta. Si el segundo no se hubiera casi desangrado en un primer puyazo durísimo, y si ni hubiera escarbado tanto, habría subido al podio con los otros toros de nota.

A orejas, dos y casi tres, y a la manera de llegar a la gente nadie ganó al Adame menor, que supo bajarle la mano al tercero y no dejarse ganar la partida, que no fue sencilla. Ni entonces ni en el toro del cierre, con el que costó encajarse. Momentos de repertorio popular -el quite del Zapopán, circulares cambiado en cadena, tandas rehiladas, gestos al tendido- pero la base del querer, el poder y el saberse estar. Y pasar con la espada con valor, ciencia y fe. Dos faenas, además, bien medidas, pensadas y resueltas.

Demasiado encima y antes de tiempo López Simón con el segundo toro, tan aplomado. Y descalzo, despacioso con la izquierda, inagotable, suelto, algo machacón, la muleta arrastrada por norma, y a veces en exceso, con el quinto. Faena interminable, como suele suceder cuando un torero siente que algo se queda dentro, pero sin saber del todo qué.

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