La Oreja brindó un arranque inmejorable

Actuación triunfal del quinteto donostiarra ante miles de espectadores que abarrotaron la explanada de Sagüés

JUAN LUIS ETXEBERRIA

Arrancaba la Semana Grande donostiarra con un programa ideal para el parrandero local medio: víspera de festivo, un anticiclón sobre nuestras cabezas, un cañonazo inicial sin más incidentes que el olvido de una visera para taparnos del sol, unos fuegos artificiales que sorprendieron a los ya curtidos y un concierto en la zona de Sagüés.

Una actuación que en este inicio resultó bastante especial, ya que el estreno de esta zona musical corrió a cargo de nuestro grupo más internacional: La Oreja de Van Gogh. Con una cantante que en plena eclosión del concierto se llegaría a vestir el pañuelo de fiestas. Más de un responsable debió bordear la hiperglucemia viendo la perfección koxkera del programa.

Se buscaba el llenazo en la zona, y se consiguió con creces. Riadas de personas dirigieron sus pasos hacia esta zona de Gros. Uno podía simplemente dejarse llevar, como en una de esas cintas que hay en aeropuertos de gran tamaño, sabiendo que iba a llegar a la puerta correcta. Sin una carrera más rápida que la otra, sin un empujón mal encarado, sin agobios pero sin mucho hueco.

«Ni siquiera alcanzamos a ver el final de la zona de asistentes», confesó Leire

Se buscaba el llenazo y se consiguió con creces. Riadas de personas se dirigieron a Sagüés

El quinteto entremezcló sus grandes éxitos con temas de ‘El planeta imaginario’

No me pidan números concretos. Sólo les puedo decir que había mucho plan familiar, grupos de chicas canturreantes, madres que se sacaban selfies con sus hijos y carritos de niño intentando un slalom imposible. Un mundo que bien podría haberse encajado en un par de campos de fútbol, la medida no oficial más empleada en estos conteos. Ya lo dijo la cantante Leire Martínez en un momento de la noche: «Ni siquiera alcanzamos a ver el final de la zona de asistentes».

Espectadores que agradecieron las pantallas de apoyo colocadas a ambos lados del foco principal, con imágenes que recogían los movimientos de los protagonistas. Algunos hasta preferían fotografiar dichas representaciones, buscando un recuerdo en el que ‘Los Cinco de Donostia’ no salieran muy canijos.

El escenario era todo lo coqueto que se puede ser en estas citas: alfombras extendidas a lo largo y ancho del suelo. Percheros antiguos y taburetes similares a los del bar Alboka de Donostia. Con muchas lámparas caseras al fondo. Y focos gigantes de cine, que atenuados dieron la claridad justa para que los cambios de instrumentos entre canción y canción no fueran tan visibles.

‘Santa Clara’ colectivo

También hubo canciones, claro. Arrancaron tirando de épica con ‘Estoy contigo’, tema incluido en el CD ‘El planeta imaginario’. Sí, como aquel programa televisivo de los años 80, aunque estos chicos se refieren a la privilegiada burbuja en la que viven, esa que les permite ofrecer decenas de conciertos al año.

Un universo al que nos invitan antes de atacar la canción ‘El último vals’, aquel primer single del disco ‘A las cinco en el Astoria’. El ‘Astoria’ de este título, callarse y dejar que la gente grite ‘Santa Clara’ cuando le llega el turno en la canción ‘Inmortal’, ‘El 28’ que cerraría el segundo bis de la noche del sábado, ‘20 de enero’... Los críticos con la concesión del Tambor de Oro a esta banda, si los hubo, tienen poco tablón al que aferrarse.

‘Cuídate’ fue el primero de los grandes éxitos, con esa mezcla de pop, reggae y aires latinos que se escucharía en más ocasiones la noche de autos (‘Cuando menos lo merezca’, ‘Te voy a escribir la canción más bonita del mundo’). También hubo momentos para los dramas. Algunos pequeños y diarios como ‘Intocables’. Otros tremendos, como ‘11 de marzo’, el tema dedicado al fatídico día que la banda interpretó a piano y voz enfatizando la emoción de la letra.

La noche discurrió, con un sonido mejorable, entre canciones conocidas (‘El primer día del resto de mi vida’, ‘Dime dónde has ido’, la épica rock de ‘Muñeca de trapo’, ‘Cuenta conmigo’), viajes astrales de theremín (‘Europa VII’), piñatas rockeras (‘Diciembre’), experimentos techno a favor de la diversidad (‘Cometas en el cielo’) y otros (‘Rosas’) en los que la gente le cantó cuarto y mitad de estribillo a la voz principal. Con muchos móviles al aire empleados como los antiguos mecheros. Es el futuro, queridos. Adiós tabaco, hola ‘smartphone’ baladista.

Y así, con el ‘Give a little bit’ de Supertramp sonando en el ambiente, el grupo se despidió emocionado de su ciudad. Y nosotros, con la misma calma inicial, fuimos abandonando el lugar. Con la sensación de haber asistido a un inmejorable arranque de fiestas.

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