Un encierro bajo las Perseidas

Uno de los porteadores del toro de fuego corre junto a su monosabio por la calle Miramar de camino al Boulevard. / JOSÉ MARI LÓPEZ
Uno de los porteadores del toro de fuego corre junto a su monosabio por la calle Miramar de camino al Boulevard. / JOSÉ MARI LÓPEZ

Media docena de toros de fuego, acompañados de sus monosabios, protagonizan las carreras que iluminan las noches de fiesta

ELENA VIÑAS

Mientras la arena de La Concha se convierte en una platea donde centenares de personas aguardan el arranque de los fuegos artificiales, a pocos metros, al cobijo de las cabinas de la playa, una docena de jóvenes se preparan para su actuación. Ropa cómoda, calzado deportivo y algún que otro truco fruto de los años de experiencia... «Hay quien se pone una toalla en los hombros o algo a modo de hombrera. Yo también solía hacerlo, aunque ya hace mucho que no llevo nada», señala Jon Erauskin, quien cumple 25 años formando parte de la cuadrilla protagonista de ese encierro que se sucede cada noche de Semana Grande.

«En realidad llevo 24, porque un año me tuvieron que operar a consecuencia de una lesión y fallé. Mi hermano tuvo que sustituirme entonces», apunta el más veterano del grupo, convertido hoy en día en el «mayoral», apodo que recibe el considerado como el jefe de Zezensuzko Taldea.

Su alternativa se produjo de manera prácticamente casual. Compatibilizaba los estudios con el remo en el club de Pasai San Pedro, cuando le propusieron probar suerte para sacarse «unos durillos». Fue así como pasó de las tostas de la Libia a una actividad que parece solo apta para deportistas. «Hay que estar en forma, porque los toros pesan lo suyo y más teniendo en cuenta que corres con ellos sobre los hombros. Por eso, entre los que salimos hay futbolistas, remeros...», indica Erauskin.

Ajenos a las primeras explosiones que abren el espectáculo pirotécnico, los doce abandonan los vestuarios para comenzar el calentamiento bajo los arcos del arenal. Es momento de hacer estiramientos y pequeñas carreras, en las que se afana especialmente la mitad del grupo. «Aquí es donde se nota quiénes salimos de toros y quiénes de monosabios, los pastores que van ayudándonos y protegiéndonos», señalan.

No es el único detalle que les delata. Los llamados a ejercer de lazarillos de los astados visten de azul marino, con gerriko y txapela de color rojo, sin olvidar el bastón con el que habrán de ir abriendo paso a los miuras de fuego entre los innumerables espectadores para evitar percances como el del año pasado, cuando una persona empujó a uno de los porteadores, derribándolo. «Tiraron a Gorka y tuvo que ir a urgencias, porque se hizo daño en un brazo. El día después, uno de los monosabios tuvo que sacar el toro», recuerdan.

Cada porteador va acompañado de un monosabio o pastor, que le protege y ayuda

Los toros de fuego salen de la calle Miramar para, rodeando Alderdi Eder, llegar al Boulevard

Con la traca final, el grupo encamina sus pasos hacia los jardines de Alderdi Eder. La zona permanece aún cerrada al público por motivos de seguridad y tanto los encargados de portar los astados como aquellos que ejercerán de guías avanzan en un silencio más inquietante aún si cabe tras la sinfonía de estallidos. En el cielo solo brillan las Perseidas.

Pesan entre 15 y 30 kilos

La pregunta es inevitable: ¿están nerviosos? «El primer día, sí -confiesa Jon Erauskin-, pero luego ya te afecta más el cansancio y el dolor que los nervios, sobre todo porque cada día llevas un toro diferente. Están numerados y vamos pasando de uno a otro. Los más nuevos son los más pesados. Se nota que el que los ha hecho no sabe lo que es llevarlos y menos aún, correr con ellos. Puede que estéticamente sean más bonitos, pero pesan el doble».

La manada les aguarda en una caseta acristalada habilitada este año frente a la calle Miramar. Ante la mirada curiosa de niños y adultos, colocan los ejemplares en fila en el exterior. Primero, los más antiguos. A continuación, los últimos en incorporarse a esa ganadería a la que los donostiarras pondrán nombre mediante un proceso de participación ciudadana. La estructura interior es de madera. El armazón exterior que le da forma al toro es de fibra de vidrio. «Pesan de 15 a 20 kilos. Los nuevos, de 25 a 30 kilos».

El grupo al completo se prepara para su salida dispuesto a extremar las precauciones. Todos sus integrantes tuvieron que realizar hace unos años un curso de formación para portadores de toro de fuego en la Academia de la Ertzaintza de Arkaute, aunque en el encierro que a punto está de comenzar el máximo cuidado lo ponen en no resbalarse. «El peligro está en caerse, porque vas entre cuatro maderas. No ves mucho. Cuando vas corriendo, apenas unas sombras», aseguran.

Néstor Alkorta, de la pirotecnia Astondoa prende la mecha de pólvora de cada uno de los miuras, dando el pistoletazo de salida a las carreras que arrancan de la calle Miramar para, bordeando Alderdi Eder, llegar al Boulevard. «A partir de ahí, cada uno realiza las vueltas que quiera. Va a un lado, a otro... La forma de correr va cambiando lógicamente según avanzan los años. Este año llevamos la carga de siempre, pero el recorrido es algo más corto, así que llegamos al Boulevard y como nos queda más carga, estamos haciendo más cruces», señalan.

En poco más de cinco minutos, la animación se apagará como las chispas que arrojan. «De lo que se trata es de hacer a la gente vibrar como en un encierro, pero sin el peligro que puede tener uno real», declara Jon Erauskin. Y ellos lo logran cada noche de fiestas.

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