La otra cara de los gigantes

El taller Eskuartean ha restaurado las figuras de la comparsa donostiarra

La otra cara de los gigantes
AMALIA IBARGUTXISAN SEBASTIÁN

Gigantes y cabezudos llevan siglos recorriendo las calles que atraviesan la geografía vasca, bailando al ritmo de la música festiva. Itzurun, la comparsa formada por 8 gigantes y 13 cabezudos de Donostia, lleva custodiando a estas figuras desde el 8 de agosto de 1982, cuando por vez primera la comparsa salió a celebrar las fiestas de la ciudad. Poco después ya se habían convertido en elementos emblemáticos de la Semana Grande, sacando a la ciudadanía a las calles. Este año, los gigantes se plantan ante las fiestas con caras, manos y vestuario renovados en el taller pamplonés Eskuartean.

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Es el último cambio que han vivido, pero no el único. Los cabezudos originales no eran como los que forman la comparsa actual. Eran animales que simbolizaban las fiestas. Había toros, caballos, leones y osos. También caballitos de mar y un ave fénix, representación de los trece incendios que redujeron a polvo la capital guipuzcoana. Sin embargo, tenían un defecto: eran demasiado pesados como para correr con ellos. Por eso, una vez deteriorados, se crearon unos nuevos, basándose en vez de en animales, en las fiestas que forman parte de la agenda de la ciudad. Hay, por ejemplo, tamborrero, cantinera, una iñude y un artzaia. Cuando estas no aguantaron más, se hicieron réplicas, que son las que se utilizan en la actualidad. Los ocho gigantes representan, por parejas, a Álava, Navarra, Gipuzkoa y Bizkaia. Todas estas figuras han pasado por las manos de Imanol Urabayen y Christian Azcona, del taller navarro Eskuartean, especializado en la creación y restauración de este tipo de elementos festivos e imaginería religiosa.

De Sevilla a Pamplona

Cabría esperar que la trayectoria profesional de ambos hubiera empezado en una facultad de Bellas Artes, pero no es así. Imanol y Christian son técnicos en Vaciado y Moldeados Artísticos por la Escuela de Artes de Sevilla, «la escuela madre del arte de la escultura». Aunque no es su especialidad, gracias a este periodo que ambos pasaron tanto estudiando como trabajando en el taller sevillano, «alguna vez también nos ha tocado restaurar imaginería religiosa. Títeres, máscaras, zaldikos y gigantes son más 'lo nuestro'», aseguran. Llevaban ya unos años arreglando figuras de comparsas, explican, «como hobby, en nuestros ratos libres. Cuando empezamos a recibir pedidos más grandes y menos puntuales, nos planteamos profesionalizarnos. No fue algo que buscásemos realmente, pero hemos llegado hasta aquí».

En su taller entran gigantes y cabezudos «de toda Euskal Herria. Se nota porque dependiendo del territorio, hay pequeñas variaciones. En Navarra son desproporcionados cuando descansan en el suelo y proporcionados cuando se levantan. Son bastos, de cabeza ancha. En Gipuzkoa son más finos, más caricaturizados. En Álava son anchotes, similares a los de la cuenca de Pamplona».

«No hay que perder tradiciones, pero se pueden mejorar los materiales»

«La restauración de una pareja de gigantes requiere tres meses, la de un cabezudo, uno»

El trabajo en el ámbito de las fiestas populares no es regular, hay épocas de más y menos trabajo, aunque a Eskuartean los meses más movidos suelen llegar en época festiva: en verano. «Hay muchas comparsas que solicitan trabajos de mantenimiento. También hacemos grandes restauraciones, trabajos más concretos».

La pareja de restauradores asegura que trabaja con mimo todas las figuras que pasa por el taller. «Se empieza por la valoración de las figuras y se traza un proyecto. Después se decide qué hay que hacer. Hacemos bocetos de las figuras, de cómo creemos que deberían quedar y trabajamos con los dueños hasta llegar a un acuerdo. De ahí pasamos a las manos. A veces hay que quitar la pintura, arreglar las grietas y volver a pintar. Otras, basta con retocar la pintura envejecida». Los de la comparsa de Donostia habían pasado muy pocas veces por restauración y tenían una capa de pintura que no era compatible con el material de las figuras. La han retirado y la han repintado con óleo. «Un lavado de cara», asegura. Otro aspecto «relativo» en su trabajo es la duración del mismo. Una restauración superficial les puede llevar una semana, una más a fondo, entre uno y dos meses. «La pareja de gigantes requiere tres o cuatro meses, un cabezudo alrededor de uno». Los materiales también afectan a estos tiempos.

Los gigantes de finales del siglo XX se fabricaban en serie. Después artesanos se encargaron de su creación, utilizando cartón-piedra. También escayola. Estas técnicas conllevan más trabajos de mantenimiento, ya que «son más frágiles ante un golpe y la estructura es más vulnerable a la humedad». Defienden que «no hay que perder la tradición, pero se puede mejorar». Por eso, ahora trabajan con resina de poliéster y fibra de vidrio, que ofrecen «más resistencia, una mayor durabilidad y el mantenimiento es menor, como las de la comparsa de Donostia».

Calidad, belleza y utilidad

Para ellos, un gigante debe cumplir con tres cualidades. Belleza, calidad y funcionalidad. Esta última es la que acaba determinando el futuro de la figura. «No hay que olvidar que el que lleva a los gigantes es también dantzari, por lo que se necesita poder bailar con la pieza. Si pesa demasiado, no vale», explican.

«Es una pieza artística, pero no para exponer en un museo. Un gigante tiene que ser resistente, bonito y te tiene que permitir bailar. Si no se cumplen estos tres estados, no es bueno». Por eso, defienden que además de formación, el restaurador tiene que tener experiencia como gigantero, «vivir el trabajo al que se dedica».

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