Una pastelería de leyenda en Donostia

1930. Paulina González y Alfred Gröschel, junto con las camareras presentando los roscos de reyes./FONDO COMERCIOS DONOSTIARRAS
1930. Paulina González y Alfred Gröschel, junto con las camareras presentando los roscos de reyes. / FONDO COMERCIOS DONOSTIARRAS
Comercios donostiarras

'Garibay Tea Room' marcó una época en la repostería de la ciudad a comienzos del siglo XX

A buen seguro que el pasado fin de semana en muchas casas donostiarras se degustó, siguiendo la tradición, el tradicional rosco de Reyes, que tan magníficamente se elabora en las pastelerías de nuestra ciudad. Por ello, y como homenaje a todas ellas, traemos la historia de 'Garibay Tea Room', que fue un ejemplo del buen hacer repostero de principios del siglo XX.

Adrián de Loyarte, en uno de sus libros, nos relata el origen de esta pastelería. «Es principio de siglo. El austriaco Otto Kern tenía el hotel (Villa Bellegarde, Arcachon) donde por primera vez se vieron la reina Mª Cristina y Alfonso XII. Pero estalla la guerra del año catorce y Otto Kern llega a San Sebastián. Se establece en la calle Garibay, 23. Funda una casa de tés, que más tarde se traslada a la calle Andía. Elaboraba tan deliciosos pasteles, que habiendo empezado por vender un solo día a la semana -los sábados- en poco tiempo se vio obligado a poner a la venta todos los días».

1914
Inaugurado en c/Garibay 23, hacia 1914 por Otto Kern.
1920
En torno a ese año (la fecha exacta se desconoce) se traslada a c/Andía 5, dirigido por Alfred Gröschel.
1947
Araceli y Alfredo Cañada se ponen al frente.
1964
Cierran.

Otto Kern denominó a su establecimiento 'Garibay Tea Room', nombre que seguiría ostentando aunque posteriormente cambiara su ubicación a la calle Andía nº 5, donde permanecería hasta su cierre. Pronto, la pastelería se convirtió en centro de reunión, especialmente en la época estival. En 1922 le traspasó la pastelería a Alfred Gröschel, que ya trabajaba en Garibay Tea Room de la calle Andía. En el elegante local de Garibay, se instalarían dos prestigiosos establecimientos: primero el Café Iribas y desde 1944 la Pastelería Otaegui, que en 2006 vendería el local a Ibercaja, que ha mantenido y restaurado los murales cerámicos originales.

Gröschel, también de origen austriaco, aunque nacido en Dresde (Alemania), había llegado muy joven a Donostia, quizás también durante la Primera Guerra Mundial. En nuestra ciudad conoció a la burgalesa Paulina González que era la doncella de la princesa Kastrioti, que residía entonces en Villa Alcolea (luego clínica Martín Santos). La princesa apoyó a la pareja siendo su madrina de boda y ayudándoles a establecerse.

Maite Gröschel, hija de Alfred, nos contó una bonita anécdota que se ha transmitido en su familia. «Mi abuelo Anthon Gröschel, padre de Alfred, orgulloso de que su hijo regentara la prestigiosa pastelería vino desde Austria a visitarle. Un día en que éste se encontraba en la puerta del Tea Room paró frente a la pastelería un coche de caballos. El cochero abrió la portezuela bajando una elegante señora que entró en el local. Mi abuelo le saludó de la única forma que sabía, en alemán, con su inconfundible acento austriaco, diciéndole 'GrüsGott' (A la paz de Dios). Sorprendida la señora, le preguntó en su mismo idioma si era austriaco, y contestándole afirmativamente, le dijo que ella también lo era y se pusieron a conversar. Al aparecer Alfred se quedó atónito al ver a su padre charlando amigablemente con la mismísima reina Mª Cristina».

En 1947, tras la muerte de su mujer, Gröschel traspasó la pastelería al aragonés Alfredo Cañada que, junto a su hermana Araceli, la regentaría hasta su cierre en 1964.

La pastelería como arte

La pastelería que elaboraba Cañada seguía las normas de Kern y de Gröschel, pero según Loyarte, superándolas: «Cañada hizo de la pastelería un arte, del arte un símbolo y del símbolo una vida». Mª Luisa San Agustín y Mª Carmen Izaguirre, que trabajaron en este establecimiento, nos han relatado orgullosas que «no ha habido en San Sebastián una pastelería y salón de té como el Garibay Tea Room, tanto en lo que respecta a la calidad y a la finura de toda la repostería que se elaboraba, como por la elegancia y buen gusto en la decoración de sus salones».

El local tenía dos escaparates en los que se exhibían las tartas ornamentadas, pasteles y pastas. El salón de té era muy amplio con sillas de terciopelo y mesitas con búcaros de flores frescas, una gran araña de cristal e iluminación indirecta. Adornaban el salón grandes jarrones con flores naturales y centros con frutas de cera, diseñados personalmente por doña Araceli, que traía nuevas ideas de sus viajes a París, Tánger, etc. Entrando a la izquierda estaba el mostrador con la caja y las vitrinas donde se exponían objetos de regalo, además de la inmensa variedad de bombones y pastas de elaboración propia. Al fondo del salón se hallaba la cocina donde se preparaban los canapés, chocolates, cafés y tostadas que se servían en las mesas. Del fondo partía una escalera que subía al entrepiso donde otra gran sala se abría a modo de balcón sobre el salón.

En 1964 Alfredo se ordenó sacerdote siendo capellán de la Fundación Goyeneche. A finales de aquel año el salón de té cerró sus puertas definitivamente tras cincuenta años de ejemplar trayectoria.

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