La jornada, de bache en bache

Los conductores de Donostibus denuncian el estado del asfaltado de la ciudad

La jornada, de bache en bache
Aingeru Munguía
AINGERU MUNGUÍA

Conducen durante siete horas y media vehículos de 18 metros de largo con decenas de ocupantes que les clavan sus miradas pidiendo explicaciones por los botes que va dando el autobús. El estado de las calzadas preocupa a los conductores de Donostibus quienes aseguran haber reclamado al Ayuntamiento medidas desde el pasado verano que no terminan de llegar. «Las actuales actuaciones de parcheo no solventarán los problemas», afirman. «Se tienen que tomar en serio este tema por los trabajadores, por los usuarios del transporte público y por los vehículos». El estado del firme no es el único motivo de queja. «En las paradas tenemos que calcular dónde detenemos el coche para que contenedores, farolas, árboles o bancos no coincidan con la puerta por donde salen los viajeros ¿Es esto normal?», se preguntan.

Nos reunimos con el presidente del comité de empresa de Donostibus, Jesús Mur, la también miembro del consejo de administración y conductora Beatriz Sánchez y un chófer y miembro del comité de Salud Laboral de la compañía que quiere mantener el anonimato, todos ellos del sindicato UGT. Hace unos días, el alcalde explicaba, ante las quejas de la ciudadanía sobre el estado de las calzadas, que las labores de parcheo llevaban varias semanas detenidas por la lluvia. El problema para los profesionales del transporte de viajeros no es tanto el momento en que se hagan estos trabajos sino la forma y el diseño de los mismos. «La brea, cuando la ponen, la ponen fría y se levanta fácilmente. A los cuatro días estamos igual», explica Beatriz Sánchez. En su opinión, habría que olvidarse del bacheado y actuar más en profundidad para que las soluciones perduren en el tiempo. «Hay que rascar y hacer paños de asfaltado 50 metros como mínimo para que quede bien la calzada». Echar simplemente aglomerado en los agujeros no es suficiente para recuperar una circulación en condiciones en puntos como «Martillun, en Lau Haizeta», la avenida de Tolosa, el encuentro del paseo de los Fueros con Etxaide, la calle San Martín, la avenida de la Libertad «sobre todo en el encuentro con Hernani», el tramo «entre la Policlínica y Sanitas», o la calle Zubieta.

En el Antiguo hay 37 tapas de alcantarilla en 900 metros justo por donde pasa la rueda del autobús

Son algunas de las zonas incluidas en una lista que la representación de los conductores de Donostibus trasladó al Departamento de Movilidad el pasado verano sin obtener resultados. «Hemos utilizado todas las vías y mecanismos posibles, se han hecho reuniones con Movilidad (la última, a finales de enero), se ha hablado con la empresa. Está en tan mala situación el asfaltado que nos vemos obligados a salirnos del carril bus y a ocupar dos carriles con el riesgo de accidente que esto conlleva», explica con enfado la conductora. Los chóferes, desde su posición, son espectadores privilegiados de lo que ocurre en las calzadas. «Hemos visto varios percances de motos, accidentes que tienen por intentar esquivar un bache». Además de sufrir en primera persona el mal estado del firme, los conductores son el primer receptor del malestar de los viajeros: «Me pasó hace 15 días. Conducía en la línea de Amara el autobús articulado más moderno de la compañía y una mujer me preguntó si el vehículo tenía muchos años por las vibraciones que sentía. Le dije que estaba con el último vehículo de este tipo adquirido por la empresa. ‘No me lo puedo creer’, me soltó», explica Sánchez.

Los conductores padecen en primera persona la situación porque, «aunque tenemos unos muy buenos asientos», conducen durante siete horas y media con una media de 125-150 kilómetros de recorrido diario (el autobús hace unos 300 km cada jornada) «y eso repercute en la espalda». Jesús Mur explica que los continuos baches obligan a los chóferes a «estar corrigiendo continuamente la dirección». Y eso que tienen muy poco margen de maniobra ante lo estrechos que son los carriles bus. «Muchas veces no podemos salirnos del carril para evitar los baches, nos los tenemos que ‘comer’ todos». Entonces quien realmente los sufre son los viajeros, bien los que van de pie o los que están sentados: «El confort se resiente mucho» admiten. Los usuarios se quejan «y parece que la culpa del estado de la calzada es del conductor. Hay gente que te increpa y te dice que ‘llevas personas’, que el autobús ‘no es un carro de bueyes’. No se dan cuenta de que tenemos muy poco margen para que un autobús articulado, que no es una moto, evite un bache».

En último lugar, los que padecen el mal estado de la calzada son los propios vehículos que «tienen una amortiguación neumática que se autorregula cada minuto y medio y eso el coche lo sufre mucho. Se le hace trabajar más», explica el delegado de Salud Laboral.

«Hacen oídos sordos»

El malestar entre los conductores es evidente. Consideran que la situación de las calzadas se ha agravado en los últimos años y que el Ayuntamiento «hace oídos sordos» a sus peticiones. «En septiembre nos pidieron que les dijéramos dos o tres acciones prioritarias, de actuación inmediata. Se las llevamos subrayadas y marcadas. Aún están ahí sin hacer», afirma Sánchez.

Otro de los asuntos que contribuyen a una molesta circulación son las alcantarillas. El desnivel de las tapas de registros respecto al asfalto y su caprichosa ubicación en la zona de rodadura de los autobuses hace que se confundan con nuevos baches. Los conductores no entienden cómo en una zona como Resurrección María de Azkue y la avenida de Zarautz (Antiguo), por donde pasa el autobús de la línea 5, hay colocadas 37 tapas de alcantarilla en 900 metros. «Si las movieran un metro al centro del carril las evitaríamos pero tal y como están colocadas no las ‘comemos’ todas», se queja la conductora.

«Los viajeros nos miran mal como si nosotros tuviéramos la culpa de cómo está la calzada»

Un capítulo aparte es la situación de las paradas de autobús. Los trabajadores de Donostibus denuncian la contradicción de contar con los autobuses más modernos, con todas las características para ser accesibles para todo tipo de personas (plataforma baja, rampas automáticas, sistema de arrodillamiento) y luego tener que dejar a los viajeros con un contenedor en la puerta o a un metro de la acera. «Nos colocan paradas en curva donde los viajeros se bajan a la calzada en vez de a la acera, por ejemplo en la rotonda de la Policlínica o en Zorroaga, donde van muchas personas mayores. Cada vez que una persona mayor salta del autobús porque no podemos pegar el vehículo a la acera nos da miedo. Si se va a suelo ¿quién sería el responsable?», se pregunta el delegado de prevención laboral llevándose el dedo a su persona. Los conductores explican que el vehículo hay que detenerlo en teoría en el poste donde está ubicada la parada, algo que no es posible en muchas ocasiones porque «abriríamos la puerta para que se bajen los viajeros ante un árbol, un banco, una farola o un contenedor». Los chóferes no entienden que el transporte público no sea una prioridad a la hora de diseñar estas zonas, por ejemplo en barrios nuevos como Riberas de Loiola donde «tenemos cuatro paradas y las cuatro con dificultades para que bajen los viajeros». Y es que los conductores se han tenido que poner serios con su propia empresa porque hasta los postes con los paneles de información de llegada de los autobuses se han colocado en alguna ocasión sin tener en cuenta que entorpecían la bajada de viajeros (se tuvo que modificar la ubicación del de la parada de la calle Easo).

Los representantes de los conductores afirman querer solucionar problemas «no abrir una guerra con el Ayuntamiento», pero para ello «hay que creerse que el transporte público es la prioridad. No se pueden poner pegas a quitar un árbol o a trasladar unos metros una parada para evitar una curva», explica Mur. «Hay que intentar buscar soluciones al transporte público porque estamos trasladando a muchos usuarios cada día y hay que dejarles de la mejor manera posible en las paradas. Presumimos de que tenemos todos los coches accesibles pero las personas se las ven y se las desean a la hora de bajar del autobús. No puede ser».

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